Gracias por venir

Lunes 15 de Septiembre de 2014

Paula Eder / De la Redacción de UNO
peder@uno.com.ar

 

 

 

Llegué a Retiro a las 7.30 de la mañana y sin paraguas. Todavía un poco dormida -y totalmente resignada ante mi incapacidad de anticiparme al clima - me puse la capucha y la mochila por delante. En la vereda compré una promoción de alfajores de fruta y así me fui desayunando en el 106.
Comer en el colectivo es un truco que utilizo para que nadie note que soy del interior, que estoy muerta de miedo y lo fácil que es robarme. Creo que si alguien me hablara, aunque más no fuera para preguntarme la hora, le entregaría todas mis pertenencias y me echaría a correr sin más. 
A pesar de las bocinas incansables, las luces, de lo brutal del ruido y la publicidad callejera que asalta en cada rincón, arriba, abajo, a donde mirés, Buenos Aires casi siempre es triste. La capital del país es una metáfora de Silvia Süller. Con el último alfajor, llegando a destino, me pregunto por enésima vez si podría vivir en este lugar.
Es viernes, pero la ciudad de la furia se despertó con cara de domingo. Un poco menos furiosa y un poco más nostálgica. Gustavo Cerati había muerto 24 horas atrás y desde la noche anterior la TV llenó sus huecos con fanáticos desgarrados en la puerta de la Legislatura porteña. Quizás haya sido la costumbre de ver los grandes acontecimientos por televisión, pero me llevó un rato darme cuenta que eso que estaba viendo en la pantalla, ocurría a unas cuadras de donde yo paraba.
Afuera, el agua. Dudé una vez, dos veces. Y entonces la tele comenzó a mostrar a Lilian Clark en el balcón, agradeciendo entre lágrimas el último tributo de los fans a su hijo. “Me verás volar/ por la ciudad de la furia/ donde nadie sabe de mí/ y yo soy parte de todos”, coreaba la multitud y la mujer acompañaba la letra con los labios calmos, prudentes, como resistiendo la caída del último beso.
Junté monedas para el colectivo y unos minutos después estaba de nuevo en la calle, preguntándole al encargado de un supermercado chino cómo llegar al centro. No entendí muy bien. Dos cuadras más adelante subí a un taxi que, sin que se lo pidiera, me dejó a unas cuadras. Ahora sí llovía como si el cielo hubiera aguantado la lluvia durante años.
Cuando llegué, todavía quedaban algunos abrazos en la calle. Y algunas canciones desafinadas. “Nosotros no somos fanáticos, somos más que fanáticos. Acá hay agradecidos. Agradecidos por la música, Gustavo me acompañó en los momentos más importantes de mi vida y lo mínimo que podemos hacer es mojarnos un poco para despedirlo”, escuché decir a un tipo que parecía cuidar algunos tesoros de los 80 que improvisaban un altar en el asfalto. Según la policía pasaron más de 20.000 personas a lo largo de la noche, y es probable porque todavía había rastros de una multitud.
En algún momento decidí que ya no había mucho por hacer ahí y me fui, esta vez caminando. Entonces pude percibir el fenómeno. Escuché las canciones eternas sonando en las radios, las tapas de los diarios en cada esquina, los televisores en las vidrieras y los músicos callejeros del subte. Toda una ciudad rindió su homenaje al hombre leyenda, como una escena improvisada, pero perfecta.
Un rato después el acompañamiento hasta el cementerio de la Chacarita se percibió el gran parte de la capital. A mí me sorprendió todavía mojada y fumando un cigarrillo en el balcón. Bocinas, canciones, aplausos, miles de cabezas asomando por las ventanas de los edificios. El cortejo fúnebre avanzaba lento por la avenida y bajo mis ojos. Me acordé de lo que sentí la primera vez que escuché el solo de guitarra Lago en el Cielo y me temblaron las piernas. Y así estuve, inmóvil  hasta que el ruido las bocinas se volvió a alejar. Gustavo: gracias por venir.