Miércoles 14 de Mayo de 2014
Luciana Actis/ De la Redacción de UNO
lactis@unoentrerios.com.ar
En 1943, mientras los hombres estaban combatiendo en la Segunda Guerra Mundial, el béisbol estuvo a punto de desaparecer en los Estados Unidos. Era tanta la necesidad de poblar las tropas, que hasta los jugadores de las ligas profesionales eran convocados por los representantes del Tío Sam.
Fue por eso que los managers tuvieron que recurrir a su último as bajo la manga, y el deporte terminó siendo salvado por un grupo de mujeres dispuestas a dar un batazo firme en el momento justo. Fue así que se creó la All American Girl Baseball, la primera Liga Profesional de Mujeres. Una liga que respetaría los reglamentos de béisbol masculino, a excepción de los uniformes, que debían mostrar más piel.
A pesar del machismo imperante en esa época, las mujeres se ganaron cierto respeto en el deporte durante la guerra, ya que los estadounidenses estaban sedientos de ir a los estadios y distenderse en una época más que tensa. Sin embargo, al finalizar la guerra, los diamantes se fueron despoblando de público para la liga femenina –que no terminaba de convencer a los fundamentalistas de la testosterona– y esta desaparecería en 1953, para volver a resurgir varias décadas más tarde y con otro nombre.
Salvando las distancias, las épocas, el contexto internacional, y las idiosincracias, en Argentina pasa algo similar con el deporte más popular. Días atrás se estrenó el filme Mujeres con pelotas, de Ginger Gentile y Gabriel Balanovsky. Se trata de un documental sobre fútbol femenino en la Argentina, “un país futbolero donde la mitad de la población está excluida”, según señalan ambos directores.
Las protagonistas avanzan en el campo de juego y toman su derecho a jugar al fútbol en un terreno totalmente hostil y regado de prejuicios. El punto de partida es un grupo de chicas de la Villa 31, de Buenos Aires, que lucha por formar su propio equipo. Con perseverancia y valentía ellas recorren un camino lleno de obstáculos que, finalmente, les permitirá cumplir el sueño impensado de participar en el Mundial de los Sin Techo, en Brasil.
En su derrotero, las jóvenes tienen que afrontar preconceptos de padres que consideran que el deporte no va con los roles que la sociedad impone a las mujeres, con colegas hombres que las corren de las canchas y no las dejan entrenar, con espectadores que las acusan de marimachos y otros, más benévolos, que opinan que mejor deberían dedicarse al vóley.
Además, el documental cuenta con testimonios de mujeres que juegan en otros equipos de Argentina, que sin importar si se trataba de Boca Jrs. o de un club de barrio, enfrentaban las mismas dificultades derivadas del machismo: las burlas, la falta de financiamiento, y en general la falta de desarrollo que ha tenido el deporte en la población femenina, pese a estar en el país de Maradona.
Entre los testimonios, hay algunos detractores. Uno de ellos es el del periodista deportivo Gastón Recondo, quien señala que el fútbol femenino no puede compararse al masculino, que nunca podrán estar en igualdad por “cuestiones genéticas” y que no permitiría que su hija practique el deporte de Messi. Una serie de prejuicios que no tienen asidero en la razón.
Y digo que Recondo habla por hablar porque he sido testigo de que las mujeres pueden disputar un buen picadito. Recuerdo que en mi adolescencia jugaba en un equipo de fútbol mixto que se juntaba todas las tardes en la cancha del barrio, lindero a la villa 351. Mi participación en el equipo no es algo memorable –reconozco que era bastante pata dura–, pero quiero rescatar a dos hermanas, Laura y Jésica, cuyo estilo de juego dejaba boquiabiertos a los varones. A pesar de que los chicos evitaban hacerles pases, ellas, en sincronía la una con la otra, interceptaban la pelota y convertían la mayoría de los goles para el equipo. Recuerdo un “sombrerito” que Laura hizo para evitar a un contrincante, para luego tirarle un centro a su hermana, quien -finalmente- lo transformó en golazo. Tan increíble fue, que los mismos compañeros del equipo se sintieron humillados, y suspendieron el partido, acusándolas de no pasar la pelota.
Yo no sé si su “genética” era especial -semejante a la de los hombres, según el decir de Recondo- o simplemente amaban jugar al fútbol. De lo que estoy segura es que el deporte se está perdiendo a varias estrellas porque a muchos no les gusta que las mujeres manejen la pelota.