Lunes 01 de Septiembre de 2014
Alfredo Navarro / De la Redacción de UNO
anavarro@uno.com.ar
El domingo falleció un futbolista camerunés de 26 años, que hacía pocas horas había sido padre, en Argelia.
Albert Ebossé era el goleador del JS Kabylie de ese país, había marcado el gol con que su equipo perdió 2 a 1 en su estadio, lo que desató la furia de los hinchas locales, que no tuvieron mejor idea que lanzar piedras hacia los jugadores una vez terminado el partido, camino al vestuario.
Uno de los proyectiles dio en la cabeza de Ebossé, que murió en la ambulancia, cuando se disponía su trasladado al hospital con un traumatismo craneoencefálico.
La noticia recorrió el mundo y no es para menos, porque el fútbol es un deporte, pero al parecer siempre hay “gente” que se empeña en que este entretenimiento deje de ser un espectáculo y se convierta en una barbarie, al punto de quitarle la vida a una persona, como también sucedió en Brasil hace pocos días con el fallecimiento de un hincha del Palmeiras por agresión a manos de unos “hinchas” del Corinthians.
Trasladándolo al plano local y sacando un poco el pie del acelerador, ¿por qué los hinchas pasan de darle al equipo el mejor recibimiento que se le puede brindar cuando sale al campo de juego, al “dale, corré hijo de puta!” porque se pierde una pelota y a despedir con silbidos al cuadro de nuestros amores porque encima de que jugó horrible, perdió?
¿Qué le duele más al hincha argentino? ¿Perder el partido o la cargada que viene después, afiches incluidos? ¿Qué nos duele más: haber descendido a la B, que digan que somos de otra nacionalidad, que somos pocos, que somos amargos, que no llenamos nuestra propia cancha y no tenemos aguante? ¿Qué es tener aguante en el fútbol argentino?
¿Qué derecho tiene uno como hincha a comportarse como se comporta en una cancha? Las puteadas que se lanzan por segundo son más grandes que las Cataratas del Iguazú. Algunos aconsejan y mandan a descargar toda esa frustración que llevamos encadenada en el alma y darle libertad en la tribuna para volverla a encerrar cuando se da el pitazo final.
Otros son peores, se convierten en rottweilers embravecidos que se te vienen encima y frenan solo ante un alambrado ladrando barbaridades al primero que se le cruce: árbitro, jugadores, técnico, dirigentes, el que venga. A alguien le tienen que descargar su bronca, porque el equipo perdió, porque no les gusta que los carguen. Pero sí les encanta cargar, reírse y gozar de la derrota ajena, gastarlo hasta dejarlo chiquitito al otro.
La pregunta sonará estúpida, pero ¿quién decidió que fueran así las cosas? ¿Será que habrá que enseñarle a la gente a comportarse en un estadio de fútbol? ¿Una materia más en las escuelas?
El argentino no puede ver un partido de fútbol como un japonés, no está en nuestra idiosincrasia esa manera de comportarse (como un nipón) en nuestros ‘templos’. No es nuestro estilo. Hay que saltar, hay que gritar, hay que alentar pero tampoco nos vayamos al extremo de involucionar y transformarnos en peores que animales que destrozan todo a su alrededor porque nuestro equipo perdió un partido, aunque fuera por una goleada catastrófica. Ya está. Nada va a cambiar el resultado. El destrozar todo a nuestro alrededor, el agredir al otro no le va a devolver a nuestro equipo los puntos. ¿Dónde está el amor incondicional que decimos sentir por los colores, si después somos los propios hinchas los que los traicionamos?
Por lo que se ve, el fútbol es un fiel reflejo de lo que ocurre en las sociedades. Sociedades violentas, fútbol violento. Lamentablemente Albert Ebossé es otra víctima inocente que se apila en el panteón de los que mueren a causa de la violencia. Y por más que uno se pregunte si hay solución para esto, ella seguirá su curso, en Argelia, Argentina, Brasil o donde la pelota siga rodando. La cuestión es saber si existe alguna solución o remedio para esta malaria y si hay interés en erradicarla. Desde lejos no se ve.