A Fondo

Estamos en el horno, bien rostizados

Martes 24 de Junio de 2014

Javier Aragón / De la Redacción de UNO
 

 

Es bueno analizar en estos tiempos donde todos hablamos del mundial, los ejemplos que debemos imitar, o al menos concientizar con políticas de Estado que permitan cuidar el medio ambiente y bajar los graves decibeles de violencia enquistados en la sociedad y en los deportes.

 

Cada vez que juega Japón, la mayoría de los comentarios no pasan por el juego colectivo o la individualidad de alguna superestrella del fútbol, sino de la hinchada nipona, que cada vez que terminan los partidos “juntan” su basura del piso y las butacas y las arrojan en los cestos de los estadios.

 

En la Argentina, en Paraná o en cualquier ciudad los estadios son mugrientos, los baños llenos de orina y materia fecal, húmedos por donde se los mire. Y en las plateas o populares hay de todo menos orden y limpieza. No es que no se limpia, sino que la “manada” de simpatizantes que suele ir a descargarse a las canchas, rompen y ensucian por el solo hecho de no cuidar al club de sus amores. Es evidente que en la casa no son así, porque las esposas los pondrían en su lugar.

 

Además es evidente que de Japón estamos bien lejos, no solo en el mapa, sino también desde el punto de vista cultural.
¿Por qué no aprovechamos la libertad de otra manera, cuidando y protegiendo lo que al otro le cuesta?

 

Además de ser fortalezas las canchas de fútbol, compuesta de alambrados perimetrales, pozos divisorios con agua y estructuras de hierros similares a las de las cárceles, parece lejana la posibilidad de que los hinchas del fútbol puedan estar con simpatizantes de otros equipos sin tejidos y sin esquemas de seguridad para que no ingresen a los campos de juego, tal como ocurre en Europa u Oriente.

 

Vergüenza ajena

 

Dentro del esquema futbolero que todos vivimos, el fin de semana se registraron en canchas de Paraná incidentes en partidos de niños que participan de las ligas de inferiores. En Sportivo Urquiza se suspendió un partido el domingo porque los padres de los dos equipos de escuelas de fútbol de Paraná se “agarraron mal”. Los padres comenzaron a exigirles a sus hijos que fueran poco más que Messi y Maradona juntos.

 

Lamentablemente estos mayores perdieron el rumbo, por no entender que los pibes deben entretenerse y formarse en un medio de caballerosidad y respeto por el otro. Lo mismo ocurrió unos días antes en Crespo.

 

Hay que romper el mito de que los padres que mandan sus hijos a las escuelas privadas serán mejores personas que los que van a los clubes de barrios. Los que participaron de los hechos de violencia son profesionales y hasta hombres de las fuerzas de seguridad que no se pusieron colorados a la hora de mostrarle a sus hijos lo peor que somos como seres humanos, a ensuciarlos sin inconvenientes en el momento de alegría.

 

Lo que hay que diferenciar, que esta violencia que se mama y retroalimenta en el fútbol, no se repite en otras disciplinas deportivas. No he escuchado que un partido de vóley, hockey, o las competencias de natación, tenis, sóftbol se deban “parar” por las peleas de adentro del campo de juego como por los de afuera.

 

En este marco, sería más que importante no solo que los clubes apliquen en la práctica lo que en la teoría existe: el derecho de admisión que en el caso de Patronato en la zona, por ejemplo, jamás se aplicó pese a los problemas conocidos por todos de inseguridad y de organizaciones delictivas que se metieron en la hinchada. Sería más que atinado que desde el Estado, clubes y organismos impulsen entre todos un programa que reduzcan lentamente la violencia.

 

Hoy se ha naturalizado que desde las tribunas se putee a los árbitros, jugadores o policías o les arrojen todo lo que tienen. En este aspecto, la dirigencia y hasta el propio periodismo especializado en deportes hacen la fácil: tirar para afuera la pelota, en vez de atacar o ponerse los pantalones largos para denunciar y cuestionar a los violentos.

 

Hay que decirlo con todas las letras, sin temor: los delincuentes que se encuentran en el fútbol son protegidos por la dirigencia que de una u otra manera le conviene tener a su disposición “mano de obra barata” para todo, y cuando decimos todo es todo...

 

Luego se rasgan las vestiduras para hacernos creer que están trabajando en la limpieza de las estructuras mafiosas enquistadas en los clubes, cuando en verdad cambian algo para no cambiar nada.

 

 

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