El mundo de los ciberespejos
Las redes sociales no son malas ni buenas en sí, sino que son como una especie de espejo que muestran las aristas individuales y sociales de quien las usa.

Lunes 19 de Mayo de 2014

Vanesa Erbes / De la Redacción de UNO
verbes@unoentrerios.com.ar

 

En las redes sociales pasa de todo: hay cruzadas solidarias, búsquedas de personas o animales extraviados o robados, acosos, romances, divorcios, amistades, compraventas y transacciones varias, instantáneas de la vida cotidiana que se comparten con el resto. Las posibilidades son tantas, que no resulta posible enumerarlas en esta página.

Con adeptos y detractores, cada día se suman más usuarios a los ciberespacios. Y a pesar de que a la par proliferan las sospechas y acusaciones, pasaron a formar una parte importante y casi ineludible de nuestras vidas.
 

Facebook, por ejemplo, es un lugar de exposición donde se exhiben bondades y miserias humanas a cada rato, donde se expresan estados de ánimo y sentimientos. Sin embargo, se trata de un sistema que otorga la potestad de elegir a quién mostrárselas, brindándole al usuario la posibilidad de no aceptar, de eliminar y hasta de bloquear a aquellas personas con las que no se quiere interactuar. Es un lugar en el que uno puede elegir.

 

Para muchos, este sitio abre infinitas oportunidades; pero para otros, limita. Hace unos días circulaba en las redes sociales un video de una persona joven, un hombre, dando cuenta de su relación con Facebook. “Tengo 422 amigos. Aún así, estoy solo. Hablo con ellos cada día, sin embargo, ninguno me conoce realmente”. Enseguida aparece un cartel que dice “Levanta la vista”.

 

El video sigue, con una contundente explicación de porqué “nos estamos volviendo antisociales y no podemos encontrar satisfacción en mirarnos los unos a los otros y mirar los ojos de alguien”, y afirma: “Somos una generación de idiotas, de teléfonos inteligentes y gente tonta”.

 

Sin embargo, como usuaria que se encuentra cómoda en este medio, disiento con esta premisa. Me atrevo a sostener que los ciberespacios son sitios de encuentros tan válidos como una plaza, un bar, un local bailable o la casa de alguien. Allí se conforman comunidades según intereses y se impulsan iniciativas que pueden cobrar forma y trascender luego en el contacto cara a cara. Forman parte de nuestras vidas casi de manera inevitable y le confieren un posicionamiento en el imbricado tejido social a quienes las usan y a quienes optan por no hacerlo.

 

Se dice que allí uno no se muestra tal cual es y creo que es al revés; es ahí donde una gran mayoría puede expresarse sin las inhibiciones que genera una cultura plagada de condicionamientos. Ahí el pibe de gorrita, o la chica de cabellos violetas llena de tatuajes, se pueden sentar a chatear con sus pares sin que su estética los subordine a un montón de miradas cargadas de prejuicios y se lo señale por su aspecto o su color de piel. Allí alguna persona que por problemas motrices o de salud o de otra índole no puede trasladarse encuentra el lugar y la forma de poder charlar con alguien.

 

Hay que tomar recaudos, eso no se discute, pero no todo es malo en las redes sociales. Es un sitio en el que se comparte, se generan pasiones, se crece, se intercambia.

 

La satisfacción o la utilidad que cada quien le dé a este espacio está íntimamente ligada a su subjetividad y en algún punto se condice con lo que cada quien lleva adentro, en su mundo interior. Seguramente quien sostiene ciertos valores solidarios o fraternales en el bullir de su cotidianeidad los va a poder reproducir en este ámbito; quien es violento en cualquier parte, seguramente también lo será en sus muros de Facebook; quien necesita llamar la atención burlándose o denigrando a otra persona en un grupo creado en este ámbito, posiblemente no va a resolver de ese modo su complejo de inferioridad y su cobardía de esta forma y se va a seguir amparando en la pseudoimpunidad que los comportamientos masivos otorgan.

 

Las redes sociales no son malas ni buenas en sí, sino que son como una especie de espejo que muestran las aristas individuales y sociales de quien las usa. Habrá que hacerse cargo y no echar las culpas afuera por cultivar conductas antisociales per se, por sentirse solo o por no tener la capacidad de poder mirar a los ojos a los demás.