Marcelo Medina/ De la Redacción de UNO
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El linchamiento no es la solución
Si la respuesta ante algunas conductas delictivas es la violencia, vamos a tener que ir preparándonos para más violencia y más sangre. Estoy casi seguro que el accionar de los vecinos de las ciudades de Rosario y Santa Fe, que atacaron a jóvenes que supuestamente habían cometido un delito, traerá más muertes, más sangre, y profundizará la inseguridad en esas dos ciudades. El linchamiento no es la solución, al contrario, hará más agresivos a los ladrones que ante la primera señal de peligro reaccionarán con extrema violencia y no dudarán en matar.
A una semana del crimen de David Moreyra en manos de vecinos del barrio Azcuénaga, en la zona oeste de Rosario, el intento de linchamiento a jóvenes acusados de robo se repite en la provincia de Santa Fe con preocupante efecto contagio. En el barrio Echesortu de Rosario unas 20 personas le dieron una paliza a un joven que le había arrebatado la cartera a una mujer: patadas en la cara y en el cuerpo. La policía lo salvó de una muerte casi segura.
Entre los argumentos que se esgrimen se dice que “la gente está cansada”, entonces si hay agotamiento hay que movilizarse ante las autoridades y reclamar para exigir más patrulleros, aunque lo mejor sería aportar ideas para que las fuerzas de seguridad desplieguen sus recursos con más eficacia y así optimizarlos.
Hace poco, un grupo de vecinos de la zona oeste de Paraná comenzó a levantar firmas para pedir más presencia policial en las paradas de colectivo. El planteo no era nada de otro mundo. Sin embargo, muchos vecinos no firmaron porque manifestaron que no quieren tener problemas con la policía. Me pregunto y pregunto, ¿qué problema o consecuencias puede traer aparejado firmar una nota pidiendo seguridad? Al contrario traerá una o varias soluciones. La solución no es matar a nadie.
La paráfrasis de la reconocida sentencia bíblica que dice “ojo por ojo, diente por diente” es la que la redefine y alerta que, “ojo por ojo y el mundo se quedará ciego”. La solución, primero que todo es política. Sin educación y sin empleo genuino no habrá un tránsito normal, quiero decir, con los índices de delito comprendidos en los parámetros lógicos que se pueden esperar de vivir en sociedad y dentro del sistema capitalista que prefirió privilegiar la valorización financiera del capital –con la destrucción del Estado de Bienestar y millones de puestos de trabajo– a la que generaba el modelo productivo industrial. Después viene que la policía detenga al sospechoso de cometer un delito, que los jueces lo procesen y un tribunal lo condene a prisión, si es que se logra destruir con certeza el principio de inocencia que poseemos todos los ciudadanos.
Seguro que tras leer el párrafo anterior usted, estimado lector, se acordó de mi madre. Aún así, creo que debemos exigir que el sistema funcione por el bien de todos, porque hace pocos días escuché en una reunión que la solución era el linchamiento. La persona que, a modo de metáfora negra, pedía que se volviesen a instalar los cadalsos en nuestro país (sería como trasladarnos a las épocas del lejano oeste en las que prevalecía el cowboy que podía sacar su Colt más rápido) utilizó con reiteración la palabra solución, para terminar con una situación grave y que preocupa mucho. Habría que recordar en qué terminaron los proyectos de “solución final” que se han dado a lo largo de la historia. No solo no “solucionaron” nada, sino que dejaron sangrientas huellas en el imaginario colectivo.
Reitero, la solución, si es que existe una, es política, y si es política nos comprende a todos. Para que quede más claro aún, el problema no se resolverá con más violencia, al contrario, la recrudecerá y nos hará peores como sociedad. Solo dentro de los límites que ordena la Ley, dentro del reconocimiento de que el delincuente es un hombre que cometió un delito y no un monstruo a ser exterminado, aun si mató, solo así podremos decir que somos mejores que los que delinquen y sentirnos autorizados a exigir Justicia. Porque ¿qué nos diferenciaría de los asesinos si reaccionamos como ellos amparados en la frágil “legitimidad” que nos daría “saber” que ellos cometieron un delito y nosotros solo nos defendimos de su accionar?
El principio de presunción de inocencia no es una concesión que el sistema creó para beneficiar “a los delincuentes” sino que es un principio que rige para todos los ciudadanos. Que un grupo de irascibles y “cansados” ciudadanos decida hacer justicia por mano propia en una ejecución sumaria, es un mal síntoma que exhibe que no solo el sistema político, judicial y de seguridad están en cuestión, sino que los valores que insuflan aliento vital a una sociedad han sido reemplazados por la entronización de la venganza y la muerte como sustitutos de la Justicia y la Vida.













