El homofóbico tapado, mal de época
El homofóbico le teme al homosexual. Por eso le gusta decir en voz alta que una vez un maricón le dijo una grosería, y él lo corrió con un palo. Y casi siempre es mentira, pero lo dice para asustar, por las dudas haya un maricón escuchando.

Miércoles 04 de Diciembre de 2013

Paula Eder/ De la Redacción de UNO

Alexis y Karen (la primera pareja transexual en casarse y concebir un hijo) todavía no habían llegado al Registro Civil y ya contaban con un importante número de vecinos que desde media mañana se acomodaron en la plaza principal de la ciudad de Victoria para verlos llegar.

Fui a lo fácil, debo reconocer: tres señoras mayores conversando en voz baja y muy bien ubicadas frente a la puerta principal del edificio. Las noté molestas, esquivando la mirada, hasta que una de ellas tomó la palabra, y fue contundente. “Son seres humanos como cualquiera, querida. Por favor, no entiendo qué hacen acá. El mundo ya cambió mucho, al final a los jóvenes les cuesta más que a una”. Creo que le pedí perdón, no me acuerdo, pero miré la plaza, repleta de cámaras y micrófonos persiguiendo viejas y sentí mucha, mucha vergüenza.


Después vi dos hombres. Sus camisas recién planchadas, los zapatos de ir a misa y la expectativa con la que perdían la mirada hacia el fondo de la calle San Martín, me hizo suponer que estaban invitados a la ceremonia. “¿Invitados? ¿a esta farsa? jajaja ¡no, querida! Nosotros venimos a agradecer los servicios prestados”. Sorda o incrédula, tuve que pedirle que repitiera. Estiré el brazo y le acerqué el grabador a la cara, como una espada, pero el hombre redobló la apuesta, y levantó la voz fue como si hubiese extraído esas líneas del peor sketch de Hugo Sofovich: “A ver, nena. A este tipo, porque es un tipo, ¿entendés? por más taco que use, ¿sabés como le decimos acá? No querés saber, pero nosotros somos gente muy agradecida y por eso estamos acá, para agradecer los servicios prestados”, le siguió una carcajada bestial.


Me quedé pensando en él, en lo triste que debió ser su vida hasta ahora y en el plato de tostadas intactas que esa mañana su mujer había preparado para compartir con él, que prefirió vestirse con sus mejores ropas e ir a la plaza del pueblo, a reírse de la felicidad de otros. Y pensé que este hombre es -en bruto- lo que son muchos, aunque quieran disfrazarse de otra cosa.


El homofóbico tapado habitualmente repite, cual mantra, que tiene muchos amigos gays. Aparentemente, espera un premio Santa Clara de Asís por esto. Esta clase de homofóbico cree que ser amigo de un homosexual es una hazaña descomunal tal como lo es rescatar un gatito bebé atrapado de la copa de un ombú a punto de desplomarse.


Si ese argumento no funcionara, el homofóbico tapado además intentará probarle al mundo su gran apertura mental con un as bajo la manga que guarda desde el verano de 2010: una foto con Flor de la V que se tomó a la salida de la excelsa Qué gauchita mi mucama en Villa Carlos Paz. (Nota: el homofóbico tapado aceptó a Flor de la V desde que se ve por un canal de aire).


Otra afirmación recurrente es “a mí no me molestan los gays mientras no se metan conmigo”. Aunque sea un auténtico fundamentalista de las ojotas con medias, y luzca sin pudor un ombligo tupido y espeluznante, parecido a un pozo negro, este tipo de homofóbico tapado se considera irresistible para toda la comunidad homosexual, por lo que siente necesario comunicar al colectivo LGBT que no tendrán chance con él, pero que -siempre y cuando se respeten sus reglas- él podría compartir un asado o incluso un mate con ellos.
 

El homofóbico le teme al homosexual. Por eso le gusta decir en voz alta que una vez un maricón le dijo una grosería, y él lo corrió con un palo. Y casi siempre es mentira, pero lo dice para asustar, por las dudas haya un maricón escuchando. Lo ataca porque teme y le teme porque es libre.
 

Detrás de cada homofóbico tapado que tolera con reservas, hay un nene que escucha que a su madre, desde el techo, le gritan puta. Y un respetable padre de familia que abusa de su empleada doméstica mientras su esposa está en pilates. Por cada intolerante que se jacta de ser capaz de golpear a un hombre que lo mire demasiado, hay una nena de 13 años que camina por la calle llorando porque un cincuentón le recordó, en pleno centro, que tiene una cola que hace dos meses no tenía.
 

Y vuelvo a pensar en el hombre del principio, y entiendo su resentimiento hacia Alexis y Karen. Quién sabe hace cuánto no siente estallar el pecho de amor.