Domingo 11 de Mayo de 2014
Pocas relaciones están fundadas en un amor tan puro y generoso como las que se establecen entre abuelos y nietos. Quienes ya transitaron un buen trecho de sus vidas, pueden dar cuenta de ambos roles, aunque la mejor expectativa de vida de los adultos mayores ha permitido que las últimas generaciones puedan disfrutar más de esos tesoros familiares.
Cada uno puede dar testimonio de lo maravilloso que envuelve a esas experiencias de vida. Ningún lugar se disfruta más que la casa del abuelo; a nadie se lo escucha, ni tampoco nadie nos oye con mayor atención que a ellos; no hay como la cocina de la abuela, ni mejores abogados defensores de nuestras travesuras; sus historias son las mejores narraciones contadas; sus mimos y caricias, la mejor sanación. Los abuelos son el legado de amor de cada familia, que logran traspasar y perpetuar valores.
Sus palabras, sus consejos, sus enseñanzas que brotan con naturalidad, atraviesan todas nuestras vidas. Y desde sus experiencias aportan claridad u orientación.
Desde hace un tiempo se instauró, con ánimo comercial, el Día del Nieto. Locales como las jugueterías en la Peatonal San Martín, colocaron carteles alertando a los abuelos para que sus nietos tengan hoy un regalo, que seguramente será bienvenido en los niños: sin embargo, la sola presencia y estar un rato con ellos, será su mayor alegría y felicidad.
De un tiempo a esta parte, abuelos y nietos comparten más momentos, que no solo son los del disfrute, sino más bien para auxiliar a los padres.
No extraña, entonces, ver a los abuelos a la salida de la escuela. Como tampoco es difícil de comprender ese deseo permanente de los niños para que sean buscados por ellos: no dudan en elegir entre la cara de alegría sin tiempos ni prisas de la abuela, y la del padre o madre que mientras lo mira, está pensando en lo que le queda por hacer durante el día.
Como tantos otros, en ese disfrutar diario se lo puede ver a Rubén Cuestas. A veces, a personalidades de su talla, que recorren grandes escenarios y son aclamados por multitudes, cuesta verlos en esas acciones simples, mezclados como uno más en la turba de personas a la salida de un colegio.
“Me hice del compromiso de llevarla y traerla a Lucía, porque quiero tener un motivo para levantarme temprano”, contó Rubén, o simplemente El Negro. Y se justificó: “No lo hice con otros nietos, porque ella vive cerca de mi casa”, aunque rápidamente, acotó: “Es la más chiquita de mis seis nietos”.
De lunes a viernes, llueva o haga calor, Rubén recorre los kilómetros que separan su hogar, cercano al ejido de Oro Verde, hasta el Instituto Cristo Redentor.
“Ahora ya estoy para jubilarme”, dijo entre risas. Y remarcó: “Me hice el compromiso porque además es la más chiquita; hace dos o tres años que la llevo. Al principio iban los padres, y luego les dije que yo me hacía cargo”. Y contó un hecho que se repite a miles, cada día, entre los niños: “Ayer vino de la escuela para casa y preguntó ‘¿Abuela me puedo quedar a comer?’”.
“Me gusta ir a la casa de los abuelos, comer con ellos, ayudarlos cuando arreglan el jardín. La paso bien y es muy lindo que el abuelo me lleve a la escuela. Los quiero mucho, son muy buenos conmigo”, soltó con timidez Lucía, que cursa el 4º grado.
Expresiones
Rubén Cuestas tiene seis nietos. Facundo (26 años), Santiago (24 años) y Elisa (18 años), de su hijo Servando. Sasha (21 años) y Elisa (18 años), de su hija María de los Ángeles. Y Lucía, la más pequeña, de 9 años, de su hijo Lautaro.
–Usted ha sido recurrente en el recuerdo de la herencia familiar para su carrera artística.
–Mi abuelo y mi papá fueron la orientación para que los hermanos Cuestas sean folcloristas, cantores, lo que sea, porque mi abuelo, el padre de mi mamá (Augusto Rouge), tocaba el acordeón verdulera, chiquita. Al abuelo, un hombre muy bueno, descendiente de suizo-francés, nosotros le preguntábamos qué tocaba, y nos respondía ‘música’. Lo mismo mi papá. Y no se daban cuenta que era el tanguito montielero. Mi papá nació en la Aldea Cuestas, que hoy es Aldea San Rafael, cerca de Crespo, porque el abuelo de mi papá –Rodolfo Cuestas, de ahí su segundo nombre, Rubén Rodolfo Cuestas– fue lugarteniente del general Justo José de Urquiza. Entonces, luego de cada batalla, marcaban a caballo y como a tantos lugartenientes se le pagaban con tierras. Allí estaba la estancia Marcos Cuestas.
–¿Cambió algo de su percepción o de su personalidad con la llegada de los nietos?
–Hay más ternura. Por ejemplo, yo le hablo a mi nieta, que es regalona del padre. Le digo que su papá se fue a trabajar, que si no trabaja no hay comida o muchas cosas que vos querés que tu papá te traiga. Me escucha. Mi señora, que es maestra, también una vez escuchó gritos y dijo: yo no te grito, estamos hablando. Y ya está.
–Dicen que los nietos obligan a actualizar, a mantener activos a los abuelos. Por ejemplo, los hacen manejar las nuevas tecnologías.
–Tengo celular, computadora, pero hago un uso limitado. Tal vez es porque tengo a todos mis nietos acá. Igual, no me gusta comunicarme con mensajes, me gusta hablar personalmente. Creo, no sé, que están malenseñado Atlético los chicos, porque ahora tal vez se están escribiendo de una pieza a otra por Internet. No puede ser. ¿Y dónde está el afecto? Tal vez entre hermanos se escriben, o con la madre. No puede ser, no es lo mismo.
–Hoy los chicos tuvieron que cambiar los momentos y lugares de recreación. Usted aprendió a silbar en la laguna de Bajada Grande, pero hoy es distinta la realidad en la calle.
–Sí, se va perdiendo ese contacto con la naturaleza. Hay chicos que ahora no saben nada, por ejemplo si hablás de pisingallo, creen que es un bicho y es una frutita silvestre. Nosotros tenemos en casa mora y pisingallo, y esas cosas se van perdiendo...
–Y se van reemplazando por otras cosas.
–Claro, por ejemplo, en nuestra época no existían los sándwiches. Era desayuno, almuerzo, merienda y cena. Eso destruyeron, la convivencia familiar no existe, porque manotean un sándwich, manotean algo de la heladera cuando llegan y punto.
–Se vive muy apurado.
–Se vive muy apurado porque querés, porque hay horarios, hay que adaptarse. La familia de mi hijo mayor tiene sus hijos, mis nietos, grandes, y sin embargo se sientan a la mesa. Tienen un horario de almuerzo y cena. Hay que adaptarse a la mesa, así como tenés el horario del trabajo y de la escuela. En mi caso por ejemplo, cuando vivía en Buenos Aires volvía de madrugada de trabajar en las peñas; me levantaba tarde y comía después del mediodía. Un día, mi señora Beatriz, me dijo acá se almuerza al mediodía, me tuve que adaptar porque le estaba dando un mal ejemplo a mis hijos.
Porque le daba de comer a los gurises, yo me levantaba tarde, tenía que volver a cocinar, no es así. Entonces me hizo ver que un hogar tiene que tener el horario. Ahora viste, se sientan a la mesa con la televisión: ¿cuál es el diálogo?. Entonces, pasa que el chico dice `Papá vos sabés que... sshh’ por la televisión. O no? Te quiere contar lo que pasó en la escuela..., no hay diálogo, si se sientan, si se sientan en la mesa.
–¿Qué cosas hacemos mal los adultos o qué no estamos haciendo?
–Orientarlos. Yo creo que se ha tomado una postura de comodidad. Por ejemplo, mi papá estaba en condiciones de comprarme una bicicleta, pero mi mamá dijo que no porque era peligrosa. Mi papá estaba en condiciones de comprarme, no una bicicleta, una moto, un auto. Porque tenía un buen empleo, y sin embargo no la tuve. Ahora veo mal que los padres no tienen con qué y los llevan a comer a esos locales de comida rápida y ellos no comen porque no pueden. Le compran un sándwich, se gastan 50 o 60 pesos, pero como no les da el cuero por los sueldos, ellos se quedan sin comer. ¿No me digás que vos no vas a tener ganas de comer con la criatura? Pero estamos malenseñando, mal orientando, mal educando, a que sepa ubicarse dónde está viviendo. Le hacés vivir un mundo que no existe para vos.
–Tal vez sea porque entienden que así se los puede hacer felices.
–Claro, muchos padres dicen yo les doy a mis hijos lo que no me dieron a mí. Entonces, ¿vos estás enojado con tu mamá y tu papá porque no te pudieron dar? ¿Estás reprochando?, y... te dieron lo que te pudieron dar. Entonces vos estás mal enseñando porque a vos no te dieron y vos te rompés para mostrarle un mundo que no existe para algunos. Porque cuando hay plata, hay.