Domingo 07 de Abril de 2013
Vanesa Erbes/ De la Redacción de UNO
verbes@unoentrerios.com.ar
La primera sensación que uno tiene al llegar a La Habana es la de estar en un museo. Los automóviles de las década de 1950 pululan por las calles, en un estado de conservación que despertaría la envidia de cualquier coleccionista. También la arquitectura, imponente y llena de detalles, responde al estilo sofisticado de otras épocas.
Hay cosas que son típicas de la isla, como el ritmo de la salsa, el ron y el tabaco de excelente calidad, así como las paradisíacas playas a las que solo tienen acceso los extranjeros, ya que los nativos, según ellos mismos explican aunque mostrando su desacuerdo, tienen vedada la llegada a ciertos lugares “para preservar la tranquilidad de los turistas”.
Cada espacio parece cargado de memoria y hay sitios que resulta ineludible visitar. Entre ellos el Malecón, la extensa costanera de roca que se extiende a la vera de la ciudad capital; también el
Memorial frente al cual se erigen el monumento al Che Guevara y a José Martí, en las inmediaciones de la Plaza de la Revolución donde se selló hace más de medio siglo este acontecimiento histórico a partir del cual comenzó a escribirse el capítulo más contundente de la Isla, al establecer el régimen que desafió a las arrolladoras conquistas del Imperialismo.
El precio fue alto: el embargo comercial, económico y financiero de los Estados Unidos contra Cuba, conocido popularmente el bloqueo, se impuso en 1960 y desde entonces el pueblo se acostumbró a prescindir de montones de mercancías, muchas veces inútiles, que el consumismo impone a través de la publicidad y de las ofertas en los grandes mercados, aunque también debieron resignar los avances tecnológicos y las comodidades que el capitalismo brindó en su devenir.
Si hay algo por lo cual admirar a esta cultura es por su capacidad de resistencia, sobre todo cuando el modelo resultó adverso frente al desdibujamiento del mapa político en los albores del final de la
Guerra Fría: “Antes nos ayudaba la Unión Soviética, pero cuando cayó, en 1990, la gente pasó mucha hambre. Freían el fruto de la toronja y con eso armaban una comida, o se alimentaban ingiriendo pasta de dientes. No había jabón para bañarse. Fue una época muy dura, donde el pueblo se movilizó y pidió que se vaya Fidel (Castro), pero él apareció en medio de la manifestación y la gente se calmó”, contó Rafael, un guía de turismo de hablar pausado y mirada firme que, como la mayoría de los cubanos, posee título universitario, ya que el acceso a la educación es uno de los derechos más respetados en este contexto: es licenciado en Ciencias Sociales. Estudió en Rusia, una región con temperaturas bajo cero, un clima muy diferente al que está acostumbrado.
“Luego nos ayudó Hugo Chávez. En estos días todos lloramos su partida”, dijo en alusión al presidente de Venezuela recientemente fallecido. “Trabajo como guía porque puedo ganar más dinero. Acá el turismo se abrió en esa época para poder paliar la situación”, explicó. Como él, en este proceso muchos se la rebuscan para incrementar sus magros ingresos: según ellos mismos revelan, el sueldo de un cubano que trabaja para el Estado oscila los 20 dólares.
Así es que en las calles de La Habana y de muchos poblados donde llegan los viajeros, sobre todo desde Europa, se ofrecen los servicios de taxis aggiornados a las posibilidades que existen: bicicletas con sillas dobles detrás del asiento del conductor, que con la sola fuerza de sus piernas transporta a algún extranjero por un precio módico; o los “cocos”, una especie de motocicletas con carrocería donde también caben dos acompañantes.
En correlación con el dualismo de la realidad, allí existen dos monedas: el CUC para los turistas, con un valor equivalente al dólar; y el CUP, el dinero nacional con el que deben manejarse los nativos de la Isla, cuyo valor nominal es notoriamente más bajo.
En las urbanizaciones de las provincias también el tiempo parece detenido. En los campos se ara con bueyes. La tierra se prepara para cultivar lo necesario para la economía doméstica o el abastecimiento en pequeñas escalas. Se siembran hortalizas, maíz, yuca, café, tabaco y frutas de estación. Se cosecha a mano y los pesticidas y funguicidas son de origen natural.
El café se tuesta de manera artesanal y se muele con mortero.
Las hojas de tabaco, cuando llega la época, se cortan con machete y se las cuelga prolijamente hilvanadas en secaderos hechos con paredes y techo de paja. Luego la producción es vendida al Estado, que se encarga de procesarla hasta convertirla en los tradicionales habanos que la mayoría de los turistas requieren.
Otra de las llamativas actividades que proliferan en este país es la de los alquileres de casas particulares. Desde hace algunos años, muchas familias comenzaron a ofertar habitaciones de sus
propias viviendas para poder lograr un ingreso extra y más tarde el Gobierno legitimó el negocio, por el cual se deben tributar unos 150 dólares por mes más el 10 por ciento de las ganancias. Para
quien visita el país, esta es una novedosa forma de hospedarse evitando la frialdad de los hoteles, con la posibilidad de mantener un contacto más fluido con la gente oriunda del lugar.
En este marco, conocer sus costumbres y modos de vida de una manera más cercana se torna accesible. Así uno se entera qué detractores del régimen hay entre los propios cubanos, y también
férreos defensores de este sistema que se dice “socialista”.
Sin embargo, siendo forastero es casi imposible tomar partido: juzgar a partir de los modos de vida a los que cada uno está habituado sería un acto de injusticia, ya que si bien es cierto que quien vive
en la Isla debe resignarse a una vida carente de lujos, la ausencia de las denominadas villas miseria, de muertes inaceptables por falta de atención en el ámbito de la salud o por desnutrición y la falta de acceso a la educación también forman parte de una cultura que lucha por mantenerse indemne ante la voracidad del capitalismo salvaje que excluye y desestima las necesidades de quien no es capaz de subsistir a la competitividad de este sistema