Canzonetta: “Lo último que vendería son los muñequitos Jack”

Diálogo Abierto. Fernando Canzonetta, coleccionista. Madre generosa. Muchos juguetes y un hobby heredado. El placer de buscar y poseer  
26 de abril 2014 · 11:14hs

Julio Vallana / De la Redacción de UNO


El entrevistado tiene un poder del cual no es consciente en toda su magnitud. Recibe a quien escribe y antes de cualquier formalidad en cuanto a la entrevista comienza a abrir cajas de las cuales surgen los muñequitos que acompañaban al chocolate, monedas relucientes, billetes de distintas latitudes y materiales, postales del Paraná antiguo, autitos de colección en sus envoltorios originales y cajas que lucen impecables, maquetas de aviones, centenares de sobrecitos de azúcar y bolígrafos –de las más variadas procedencias y sofisticación–, otro tanto de juguetes que descansan en un placar cuya capacidad ya está ampliamente excedida, todo lo cual transporta a quien observa a donde la imaginación o el recuerdo lo quiera llevar.


Llega el fotógrafo, cuenta de sus colecciones pasadas cuyo destino fue incierto a manos de un sobrino poco cuidadoso y lo que se ofrece ante sus ojos es un verdadero festival para captar con su lente. Fernando Canzonetta preserva, junta y colecciona muchas cosas, una especie de fórmula para viajar a los tiempos donde casi todo era juego, fantasía y diversión.

Una familia “nómade”
—¿Dónde naciste?
—En Paraná; mi viejo era el único hermano que nació acá ya que su padre vino de Italia.

—¿A qué zona llegaron?
—Mi viejo nació en Larroque, una hermana se fue a Gualeguaychú, otra a Crespo y un hermano a Buenos Aires. Mi papá vivió mucho tiempo con la hermana en Crespo y luego consiguió trabajo. Había estudiado para cura en el seminario, no se recibió, comenzó a trabajar en el puerto y luego entró al Ejército como civil –donde se jubiló. Era una persona muy tranquila –lo cual heredé– en contraposición a mi vieja –hiperactiva– y se complementaban bien. Era el más chico de los hermanos y, prácticamente, se crió con los hijos de los hermanos –así que soy el más chico de todos los primos. Es una familia chica porque mi viejo eran tres hermanos y él –pero están esparcidos. Por parte de mi vieja eran dos hermanos más. Una hermana vive en barrio Paraná XIII y un hijo a dos cuadras de acá, así que es con quienes más contacto tengo. Yo nací y viví siempre en Paraná.

—¿En qué barrio?
—Fuimos nómades porque mis viejos nunca pudieron comprar una casa así que andábamos de lugar en lugar: nací en calle Libertad, nos mudamos a 25 de Junio, a San Martín –antes de la peatonal, donde estaba Rigar’s–, Tucumán, Pellegrini, estuvimos como 20 años en calle Tejeiro Martínez –por el parque– mi viejo se jubiló, le hizo juicio a la Anses y no pudo disfrutarlo, ya que salió favorable –como todos los juicios al Estado. Gracias a eso pude comprarme esta casita.

—¿De cuál de esos lugares conservás más recuerdos?
—De calle 25 de Junio, donde jugaba en la calle con los vecinos, andábamos en bicicleta, jugábamos al fútbol, a la bolita, a las figuritas … fue en la década del 70 y estuvimos 10 años –toda mi infancia– y nos fuimos a calle San Martín –donde era un poquito más complicado jugar en la calle.

—¿De qué zona de Italia son los Canzonetta que llegaron acá?
—De la parte del Adriático –a la misma altura que Roma– en la región de Marchena, provincia de Montecassiano y la ciudad no me acuerdo… es la capital de la provincia. He contactado a algunos por Facebook y crucé algunas palabras; tengo una prima –hermana de mi viejo, de Crespo– que fue el año pasado y conoció a todos los parientes.

—¿Cómo era en tu infancia esa parte de calle 25 de Junio donde vivías?
—Tenía unos vecinos que se cruzaban a mi casa y yo a la de ellos, por los fondos –que eran grandes y con tapial de alambre. Volvíamos tarde a casa y tomábamos la leche donde estuviéramos –todas las tardes. Además era fácil salir a la calle y los viejos no se preocupaban tanto; no había celulares para ubicarte así que volvías cuando volvías. O se llamaba por teléfono a la casa del vecino para saber si estábamos ahí. Pero sino volvíamos solos. La mayoría de las casas de entonces han desaparecido aunque la mía se conserva igual, incluso con el mismo color blanco. Al lado siempre hubo una despensa –de los padres de unos mellizos con los cuales siempre jugaba– donde compraba figuritas, en la esquina había otros chicos con los que jugábamos y una bicicletería. Mi casa estaba entre Patagonia y Mendoza. Enfrente había una profesora particular donde me llevaban como ayuda escolar, y era amiga de mi vieja; a la vuelta había una especie de boutique –donde compraba mi vieja y pasaba todas las tardes–, más allá otra despensa –con las viejas cajas de lata para las galletitas, y balanza con pesitas, ya que la harina y la azúcar se compraban suelta.

—¿Dónde se escapaban como travesura?
—No era de irme lejos, era muy responsable, hijo único y mis viejos en ese sentido eran celosos, preferían que estuviera en casa o en la de un vecino. Cuando andaba en bicicleta me iba a dos o tres cuadras –a la placita del cementerio.

—¿Se conservaron las tradiciones italianas?
—No, mi viejo nació acá… mi tía de Crespo hablaba italiano –cocoliche– y estaba casada con un italiano –que fue uno de los fundadores de la Sociedad Italiana de allí.

Juguetes y más juguetes
—¿Jugabas a algo que se vinculara con lo que coleccionás actualmente?
—Con los juguetes. Al ser hijo único me hacían todos los gustos, entonces mi vieja toda la vida me compró juguetes. Había una juguetería donde está la galería del (Instituto del) Seguro –que ahora está a la vuelta– y mi vieja –que trabajaba en casa D´Agostino– tenía cuenta allí. La íbamos a buscar con mi viejo y comíamos algo en el bar “Japón” pero antes pasábamos por la juguetería y me tenían que comprar algo. Así que siempre tuve los mejores juguetes y las novedades; para todas las navidades mi vieja regalaba bolsas de juguetes –creo que en las iglesias. Hace unos años me dio la nostalgia y –gracias a Internet– comencé a recuperar y comprar esos juguetes que tuve.

—¿Te quedaron originarios de aquella época?
—Sí, tengo un diez por ciento de lo que tenía.

—¿Cómo era esa juguetería?
—Todos los juguetes que había eran importados y muy pocos nacionales. Las paredes y mostradores estaban llenos de juguetes. Siempre me compraban un autito de colección, un juego de mesa o un muñeco, llegué a tener una caja grandísima con autitos de colección, soldaditos con el fuerte. Lo que todavía tengo es la pista Scalextric, también los Rasti, un montón de muñequitos Jack –que también colecciono–, tengo cuatro o cinco autos de lata –ya que no había muchos de plástico– y algunos autitos de colección –una vez mi vieja regaló una caja llena, lo cual hasta hoy me lamento.

—¿Los Matchbox?
—Sí, y los Buby Boogie.

—¿Qué era lo que recreabas con tantos juguetes y cuáles eran los predilectos?
—Tenía varias fantasías: con los Rasti armaba casas. Tengo el más grande y podía armar muchas cosas. En una de las casas donde vivimos había un zaguán largo así que ponía los soldaditos en ese pasillo y le tiraba con las bolitas, y con los autitos jugaba carreras. Jugaba mucho tiempo solo y no tenía muchos amigos, y también me costaba compartir los juguetes.

—¿La fantasía era por la lectura o por la televisión?
—No era de leer mucho aunque sí historietas como Patoruzú, mucho de Disney como el Pato Donald, pero mucho más la televisión, en la cual miraba muchas series, dibujitos y El capitán Piluso. Recreaba eso: me acuerdo de Bonanza y las series de cowboys, así que como tenía soldaditos y el fuerte, jugaba con eso. También nos compraban pistolas a cebitas u otras que hacían ruidos, con las cuales en la calle jugábamos al policía y el ladrón, o a los cowboys con los amigos del barrio.

—¿Cuándo comenzó a haber juguetes más sofisticados en cuanto a la electrónica?
—La mayoría de los que siempre tuve eran a cuerda, a fricción y luego comenzaron a llegar los de a control remoto –con cable. Debo ser uno de los primeros que en Paraná tuve computadora –en 1982 o 1983– y mis compañeros de secundaria venían a casa a jugar con ella, y con otro chico que también tenía comprábamos en Buenos Aires los juegos en casetes.

—¿Fue una ruptura respecto de los juegos y juguetes anteriores?
—Sí, porque fue a los 12 años y ya iba a la secundaria, comenzó a gustarme la computación y la astronomía, así que fui dos o tres años a los cursos de la Asociación Entrerriana de Astronomía y compré algunos libros y un telescopio. Eso me llevó a que cuando terminé la secundaria me fuera a Córdoba a estudiar Astronomía pero, obviamente, por haberme ido a vivir solo fue un golpe muy fuerte y no aguanté ni un año.

—¿Era tu vocación?
—La mayoría de mis amigos se fueron a estudiar a Córdoba, así que los seguí y estuvimos en una pensión. Cada 15 días me venía a Paraná y como fue el Mundial del 86 miraba los partidos y no le daba mucha bola al estudio. Volví y me enteré que se inauguraba la Facultad de Informática en Oro Verde, comencé pero terminé en Santa Teresita, ya que iba de noche y me permitía trabajar.

—¿Qué conocimiento importante te quedó al haber pasado por la carrera de Astronomía?
—En ese año de Astronomía no vimos nada porque eran otro tipo de materias. Lo que vi fue el cometa Halley, apenas, una estela.

—¿Seguiste vinculado a esta actividad?
—Seguí yendo a la asociación y ahora soy un aficionado, pero estoy más dedicado a la computación, que es mi profesión.

Herencia de padre
—¿Cuándo comenzaste a coleccionar?
—El bichito me picó de grande. Falleció mi viejo en 2001 y coleccionaba estampillas, y en menor medida billetes y monedas argentinas. Mi vieja era cajera y siempre le traía lo último que salía, ya que cuanto más nuevo es, más valioso para la colección. Al fallecer me quedó todo. Lo de las estampillas lo seguí un tiempo pero no me atrajo, aunque seguí con lo de las monedas y billetes.

—¿Conocía las condiciones del hobby o era una afición de “entrecasa”?
—Las monedas y billetes, más que nada, las juntaba en tarros y sobres, y tenía álbumes de estampillas, que tenía guardados en el ropero.

—¿Conversabas con él sobre esto?
—De vez en cuando me mostraba, y cuando después que falleció descubrí todo lo que tenía. También encontré algunas cartas de otros coleccionistas de estampillas.

Buscar y comprar
—¿Y las otras colecciones?
—Fueron apareciendo de a poco: también colecciono muñequitos Jack, postales antiguas de Paraná, bolígrafos con marcas comerciales –que surgió hace 10 años porque viajaba mucho a Buenos Aires a congresos y exposiciones– y sobrecitos de azúcar de distintos bares, ciudades y países.

—¿Cuál fue la primera propia?
—Los muñequitos Jack, que tenía desde la década del 70, y luego comencé a comprar a principios de 2000 todas las colecciones que salían cada dos o tres años.

—¿Cuando eras chico y adolescente tenías ese sentido de coleccionar?
—No, solo quedaron guardados en bolsitas y luego las redescubrí en alguna de las mudanzas.

—¿Cuál es la satisfacción?
—Lo lindo es la búsqueda de lo que te falta, o ves algo que te gusta y que lo podrías tener. Hoy es mucho más fácil por Internet. En 2001 me suscribí a Mercado Libre, donde he comprado muchas cosas y vendido algunas. Me arrepiento de haber vendido juguetes de lata porque todavía no se me había despertado el bichito de coleccionarlos. Hoy son muy buscados porque no se fabrican más.

—¿Todas las colecciones te provocan lo mismo?
—A lo que más bola le doy es a las monedas y billetes, de los cuales tengo varios álbumes; lo otro cuando surge algo, lo busco. Los sobrecitos de azúcar y las biromes trato de no comprarlas, y si lo hago son grandes lotes. La mayoría de las veces me las regalan o les digo a amigos y conocidos que cuando viajen me traigan.

—¿Qué criterios utilizás en el caso de las que no son tan convencionales?
—Las de sobrecitos y lapiceras sólo las estoy juntando y por ahora no las clasifico, porque no tengo tiempo. Tampoco tengo tanto espacio como para exponerlas.

—¿Te están por echar de tu casa?
—Me han amenazado… (risas) En la pieza de arriba tengo un placard inmenso, del cual el sector de una puerta doble está lleno de juguetes –que ya no sé dónde meterlos. De lo que más investigación hago es de numismática, tengo catálogos, están clasificados… En un momento coleccionaba de todo pero si lo hacés nunca llegarás a tener todo, entonces me achiqué un poco y me dedico a algunos países –que tampoco es posible tenerlo todo. Con los catálogos sabés más o menos lo que te falta y es más fácil conseguir y contactar con otros coleccionistas para comprar, vender o intercambiar. También es más fácil de guardar. Todo lo demás, por ahora, es acumulación. También colecciono autitos y aviones, y una de las características es que estén en el blíster, lo cual los hace más valioso, como en el caso de los que vienen en caja, mantenerla.

—¿Tenés un día y momento especial en que te dedicás?
—Más que nada cuando estoy en Internet, veo algo, me dispara la decisión de buscarlo y –si económicamente me resulta bien y puedo– lo compro. No es un momento específico ni del día ni de la semana. Estoy charlando en Internet y me dicen sobre tal cosa… hacemos negocio. Lo de ordenar y clasificar las monedas y billetes, cuando surgen los congresos se llevan los catálogos. A medida que compro guardo en los sobres y para los congresos los actualizo en la computadora. En vacaciones le dedico un poco más de tiempo. Una de las últimas cosas que compré son hojas para guardar billetes, con distintas divisiones. Las otras colecciones me gusta tenerlas, mirarlas y disfrutarlas, y en algún momento me pondré a clasificarlas bien, y exponerlas. Para los 200 años de Paraná –en el Museo de la Ciudad– se hizo una exposición de numismática, expuse postales de Paraná y también llevé algunos billetes. Otra forma de mostrar lo que tengo es por Facebook, aunque todavía no he fotografiado todo lo que tengo.

—¿Qué sentís cuando conseguís una pieza u objeto?
—Es algo raro porque no siento ansiedad por tenerlo en el momento, ya que sé que en algún momento llegará luego de comprarlo.

—¿Disfrutás –al observarla– una colección en particular?
—La numismática es lo que más me lleva a ver páginas, quiénes exponen en Facebook, sus álbumes, charlar con otros coleccionistas, continuamente busco material y me lleva un cincuenta por ciento de toda la actividad. Lo demás aparece de a poco.

—¿Invertís un monto fijo por mes?
—Es relativo, aunque tampoco me quiero fundir. Además tengo la “policía” (hace un gesto hacia la cocina, donde se encuentra la esposa)… Son unos 300 o 400 pesos por mes que dedico a esto. Obviamente que si surge algo excepcional y cuesta más… trato de ahorrar ese dinero durante uno o dos meses y lo dedico a eso. Tengo muchos billetes de Alemania de la época del fin de la Segunda Guerra hacia atrás –incluso hasta 1800–, de los nazis, de la Primera Guerra Mundial –cuando se fabricaban en otros materiales tales como tela, madera, porcelana y mayólica. Durante la hiperinflación alemana –en la década de 1920– cada ciudad hacía sus bonos y muchas veces no había papel moneda, así que eran del material de sus producciones. Incluso hay billetes de aluminio –que he visto pero no tengo. Estas cosas son un poco más caras y lleva unos meses poder comprarlos. El año pasado compré cuatro billetes de tela y me costaron 800 pesos.

—¿Una pieza en particular que te permitió conocer algo muy interesante que desconocías?
—Lo de los billetes de distintos materiales no sabía que existían. El primero que tuve fue uno de tela, averigüé sobre los de porcelana de distintos colores, los de mayólica… comencé a buscar catálogos, consulté con otros coleccionistas y estoy más informado. La numismática me atrajo mucho para investigar.

—¿Ser especialista en informática te da alguna ventaja como coleccionista?
—De tantos años de comprar en Mercado Libre ya tengo una mecánica en cuanto a las subastas, que también aplico en otras subastas particulares. A medida que se va subastando el precio sube, entonces no conviene ofertar durante el transcurso sino esperar hasta el último segundo. Siempre espero y oferto un monto un poco superior, cosa que si otro oferta, tengo el margen que puse. Es una trampita para asegurarme las piezas.

—¿Qué universo de coleccionistas hay en Paraná?
—Comencé a relacionarme con Darío Gil Muñoz y fundamos el Centro Numismático de Paraná, al igual que otras dos personas. Pero somos pocos y no hay mucho ambiente, movida ni negocios de numismática. Los más cercanos están en Santa Fe. Al no haber material acá, la gente no se motiva. Una vez publiqué un aviso de compra de material numismático y conseguí mucho material, pero esa gente no tenía ni idea, sólo quería hacerse unos pesos. Me preguntaban: “¿Cuánto me das por esta bolsa de monedas?” Otros creían que podían salvarse vendiéndolas. Debe haber gente con cosas guardadas, heredadas, pero que no se dedican a coleccionarlas. Otra cosa que he visto son las monedas caladas por los artesanos, sin tener idea de lo que han calado. Tal vez lo venden por 15 pesos y la moneda cuesta 100.

Loco por el Candy Crush
—¿Tenés alguna afición relacionada con el juego por fuera de las colecciones?
—La verdad que no… no soy muy hábil ¿te referís a deportes?

—Me refiero a lo lúdico en cualquier de sus formas.
—Cuando era adolescente jugaba al ajedrez, en el Club Estudiantes, y participé en varios torneos.

—¿No te gusta jugar a nada?
—Por ahí un numerito de Quiniela y sigo el mismo número que seguía mi viejo, el 632. No voy al casino y solo fui una vez para ver cómo es. Juego al truco y al póker on line –Holdem.

—¿No jugás a los juegos que hay en Internet?
—Eso sí, en Facebook, el Candy Crush y otros…

—¿Y los de estrategia?
—No me llaman la atención. Lo que me gusta mirar en televisión y hay un par de juegos en Internet, son los programas de preguntas y respuestas, porque me considero una persona con un nivel bueno de conocimiento general. Hay jueguitos en Internet en los cuales competís con otras personas. La Historia me gusta mucho.

—¿No coleccionás soldaditos?
—No tengo, solo algunos. En la adolescencia armé muchas maquetas pero mi vieja las regaló a todas, juntas, y recuerdo el momento cuando tenía 15 o 16 años. El por qué no me acuerdo.

—¿Cómo pueden vincularse quienes estén interesados en algún intercambio?
—Lo más fácil es que me busquen en Facebook y estoy disponible para charlar, intercambiar y vender.


“Me iría a Alemania a comprar numismática”


Canzonetta dedica mensualmente un monto fijo para orientar a la compra de sus objetos de colección y no obstante tener otros que son de valores más considerables, señala una bolsa de la cual nunca se desprendería.

—¿Nunca pensaste en vender todo?
—No, por suerte no, tal vez por mi forma de ser –que no soy ansioso. Un conocido –a quien lo inicié y luego me superó– coleccionaba billetes de Alemania, se casó, tuvo hijos y vendió todo, aunque ahora se dedica a otra colección. Me gusta tener todo lo que puedo y no acostumbro a canjear, porque me cuesta desprenderme de las cosas.

—¿A qué piezas le pondrías un valor superlativo por algo personal?
—Lo que más valoro es lo que traigo desde la infancia tales como los muñequitos Jack y los juguetes, y sería lo último de lo que me desprendería.

—¿Tres objetos en ese sentido?
—Los muñequitos Jack, la pista Scalextric y unos autitos que me quedaron de la gran colección que tuve, son sagrados.

—¿Qué comprarías y dónde si tuvieras el dinero necesario para disponerlo como quisieras?
—Iría a Alemania a comprar numismática. Hoy es la colección a la que más bola le doy, al igual que lo relacionado con Argentina, pero en este caso es más fácil conseguir.

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