Viernes 23 de Mayo de 2014
Marcelo Medina / De la Redacción de UNO
mmedina@unoentrerios.com.ar
Cansados de los robos, de vivir sin las luminarias correspondientes y de los yuyos altos, vecinos de unos 60 barrios de Paraná dijeron basta y se juntaron para encontrar una solución y hacer que las autoridades conozcan su preocupación. No se reunieron todos juntos: 13 barrios lo hicieron en la zona este, en tanto que los otros se reunieron en el sur y el oeste de la capital entrerriana. Falta una reunión en el norte, pero todavía no se concretó o este cronista no se enteró aún. Celebro la iniciativa. Antes, estas reuniones eran movilizadas por las comisiones vecinales, pero muchas ya no existen, no funcionan o son muy oficialistas. Entonces, celebremos que volvieron las asambleas de vecinos.
Los encuentros en Paraná se realizaron para debatir sobre la inseguridad que se vive en muchos barrios periféricos de la capital provincial. Por más que la Policía y sus voceros digan que no se roba, a los vecinos les roban. Esta es la realidad. Después de escuchar los problemas, los funcionarios policiales –acá hay que destacar que son de los pocos “funcionarios” que siempre dan la cara– le pidieron a los vecinos que “denuncien”. Y ahí empezó el problema.
En muchas comisarías de Paraná y alrededores desmotivan la denuncia. La mayoría de los vecinos dicen que cuando llegan a la seccional les explican que denunciar es un problema, que a veces les sugieren hacer una exposición o les piden que vuelvan más tarde porque no hay quién les tome la denuncia ¿Puede pasar esto? Al parecer sí; porque tomar muchas denuncias acarrea problemas, ya que genera números negativos, que luego son evaluados por el jefe de la fuerza; o sea que si los datos reflejan la realidad, son malos. Este punto es de una gravedad institucional muy importante puesto que si no importa que las estadísticas no reflejen con rigurosidad una problemática sensible, tampoco importaría que, por ende, se tomen decisiones equivocadas a la hora de diseñar el despliegue de las fuerzas sobre la ciudad.
Otra queja que se escucha con mucha frecuencia refiere a la falta de prevención. Comisarías como la quinta, novena, 16ª y 17ª, por nombrar algunas, necesitan por la cantidad de población más efectivos y vehículos. Mientras que en la zona céntrica y otras exclusivas de la capital están blindadas por policías y garitas otras están completamente desamparadas. La culpa recae siempre sobre los efectivos que están en la seccional, pero ellos no son responsables, ya que no manejan presupuesto. Los encargados son quienes manejan los recursos económicos o los pueden gestionar o sea, el jefe de la Policía y sus allegados. Desde una comisaría, ningún uniformado va a reconocer el problema porque eso significaría firmar el pase a un pueblo inhóspito del interior por unos cuantos años. Lo mejor es quedarse callado, pero para romper el silencio están los vecinos, esos que no tienen compromiso político con nadie y que solo quieren pelear por mejorar la calidad de vida de los habitantes de su ciudad o barrio. Entonces, regresaron las asambleas, donde se debate de manera horizontal la problemática de la seguridad-inseguridad. Pero esta intervención ciudadana tiene dos caras, como la moneda. Una exhibe la genuina participación de la sociedad en temas que le son sensibles, lo que demuestra iniciativa “popular” ante la “inacción” de las autoridades (in)competentes. La otra cara exhibe un rostro menos positivo u optimista que habilita varias preguntas. Si las asambleas van por lo que la política les estaría negando o retaceando a los ciudadanos, en este caso, el derecho a vivir seguros ¿quién garantiza que las asambleas están “limpias” de las “impurezas de la intervención política”? o ¿quién podría sostener que las asambleas no están “influenciadas” por el discurso proselitista de potenciales candidatos que ya se lanzaron a hacer campaña? o ¿quién podría asegurar que la salida asambleísta no agravará aún más la problemática, puesto que los linchamientos fueron la expresión última de un supuesto “hartazgo” ante el flagelo de los “chorros que entran por una puerta y salen por otra”?
Nadie lo puede asegurar, solo lo sabrá la sociedad cuando los resultados de los debates en las asambleas cristalicen en medidas concretas.