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Amor y paz o consumismo y estrés

Viernes 14 de Noviembre de 2014

Valeria Girard / De la Redacción de UNO
vgirard@uno.com.ar

 

 

 

Llega la Navidad y el consumo parece no tener límites. Estamos en noviembre y desde hace días las vidrieras están repletas de guirnaldas y adornos. En las góndolas no faltan el pan dulce, los turrones ni la sidra. Las noticias sobre el porcentaje de aumento de la canasta navideña están a la orden del día y los dueños de las jugueterías y casas de ropa se relamen pensando en que se aproxima la etapa de mayor venta del año.
Recuerdo mi Navidad cuando era chica y sinceramente lo que primero se me viene a la mente no son los mejores regalos, sino el “aroma y el clima navideño”. Los vecinos que venían a brindar anticipadamente, los tardíos ya con unas copas de más, los tíos y primos que llegaban desde lejos para compartir la mesa, el pasto recién cortado y los sillones playeros en ronda, una ronda muy grande en la que se relataban las más variadas anécdotas, la ansiedad porque llegara la medianoche o la mañana del 25 y la mejor ensalada de fruta del mundo, la de mi mamá.
La Misa de Gallo a la que íbamos en la familia, con el incesante estruendo de cohetes de fondo, provenientes de distintos rincones del pueblo. Villa Urquiza no es muy grande hoy, era mucho más pequeña en ese entonces y un ritual que perdura es salir a mirar el cielo cuando dan las 12 y adivinar qué familia invirtió más este año en pirotecnia (y colgarnos del disfrute cuando se trata de luces de fuegos artificiales).
Mi planteo es que lo que más atesoramos de esas épocas son los momentos compartidos, las emociones, los abrazos, los brindis por los nuevos integrantes y el recuerdo de los que ya se fueron. No son las cosas materiales las que generan los buenos momentos.
El consumismo se va colando por todos lados y transforma una celebración como la Navidad o las Fiestas de fin de año en una época de estrés y de tarjetas de crédito con saldos en rojo y el problema mayor es que eso es lo que le trasmitimos a nuestros hijos.
Fiestas minuciosamente preparadas, regalos carísimos y enormes cantidades de comida y en esa carrera sin límites por cumplir con todos los detalles nos perdemos de compartir, de llegar descansados y de buen humor a los días indicados para poder disfrutar.
Me asfixia ver la peatonal San Martín llena de gente que se empuja con las bolsas de regalos, que zigzaguea frenéticamente y se choca con los chicos que corretean para ver los artículos que les ofrecen los vendedores ambulantes y que saltan para explotar las burbujas que larga un Bob Esponja de goma espuma. 
Clientes que consultan insistentemente a los comerciantes y empleados hasta qué hora abren el 24, como si quienes están detrás del mostrador no tienen familia y no aborrecen quedarse plantados hasta último momento para atragantarse con un brindis relámpago entre compañeros luego de entregar el último paquete (no sin dejar de preguntarse una y otra vez por esa mala manía de los consumidores de dejar todo para último momento) y salir disparados hacia sus casas.
Por supuesto que cada quien es dueño de disfrutar como quiere. En mi opinión deberíamos repensar el significado de la Navidad, de fin de año y hasta Reyes, porque sobre todo en los días previos hay gente que pierde hasta la cordura. Y en la vorágine se traspasan cada vez más los límites, y entonces los negocios hacen excepciones y abren 12 horas corridas y se fomenta aún más el consumismo. El lugar común de encuentro deja de ser la casa, el barrio, y pasa a ser la peatonal o los paseos de compra. Nos subimos a una marea de la compra sin límite, sin sentido y en muchos casos los regalos se transformaron en una vara de medir, en una competición. Insisto en mi preocupación porque este modelo de descontrol es el que le mostramos a nuestros niños. Parece que Papá Noel tiene un trineo sin fondo, porque los chicos piden sin cupo limitado y en esto se pierde la “magia” de la Navidad.
La Navidad no se trata de recibir regalos, los niños deben entenderlo, lo mejor que nos puede pasar es celebrarla junto a los seres queridos, de alegrarnos por poder compartir un año más. Es ese el recuerdo que atesorarán por años y les relatarán a sus propios niños. La época de las Fiestas llega con el fin del ciclo lectivo, con más tiempo para estar en casa, con tardes de pileta y juegos, con más tiempo de abuelos y nietos, de padres e hijos, de hermanos, de primos. Los juguetes deberían ser solo una parte de la celebración. El sentido de la Navidad debe retomar su cauce, lejos de una montaña de juguetes y del agobio económico.

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