Martes 01 de Octubre de 2013
Para Cecilia Castillo, “la palabra fábula tiene que ver con el rumor, con cierta dosis de falsedad o ficción. Se trata, según el diccionario, de un suceso fingido o irreal, que se narra o se representa con el único objetivo de deleitar a la audiencia”, según describe en la edición 60º de Psicología Positiva. Y agrega: “Esto es precisamente lo que caracteriza a los fabuladores inconscientes: tienen una imperiosa necesidad de generar fascinación y de alimentar las sensaciones en aquellos que los escuchan. Sólo se sienten satisfechos si logran ver la admiración y la expectativa en el rostro de sus interlocutores. Por eso, cuando la vida no los nutre con experiencias lo suficientemente extraordinarias, simplemente agrandan, exageran o decoran las anécdotas que van a contar”. En cierto aspecto, se trata de un juego de seducción.
La seducción y la manipulación
Para la profesional, se está hablando de personas capaces de creerse la historia que están inventando.
Sostiene que esta actitud “delirante” comienza en el plano de la fantasía y va cobrando forma en la realidad. Es un intento de dominar y dirigir las situaciones, de vivir la emoción de sentirse escuchado y admirado.
“Su objetivo principal es reafirmarse y conseguir algo de lo que carecen, es por eso que este tipo de conductas se vincula, casi siempre, con personalidades con poca autoestima”, explicó en ese sentido.
Para Castillo, el fabulador o mitómano, no se asume como una persona con problemas psicológicos, si bien en alguna medida su conducta puede tener graves consecuencias. “Esta inconsciencia, sumada a sus habilidades manipuladoras, puede convertirlo en alguien totalmente creíble”, advierte en Psicología Positiva.
También, diferencia que son pocos los casos de riesgo. “No siempre hay malicia ni premeditación, sino que él mismo se va enredando en las historias que cuenta. Por este mismo motivo, esta clase de personas jamás llegan a la consulta psicológica o psiquiátrica por sí mismas, sino de la mano de algún familiar que las empuja”, asegura.
Contrastando, José María Martínez Selva, autor del libro La Gran Mentira, estudia la figura del fabulador y explica que “se trata de mitomanías no patológicas, es decir, de personas que exageran o adornan todo lo que dicen, conscientes de ello y sin poder evitarlo”.
Engañados
En otro orden, Castillo, asegura que hay quienes se entregan por completo y con fascinación a las historias de los fabuladores “y son embaucados muy fácilmente”. Y previene: “Debemos cuidarnos y evaluar los riesgos de entrar en ese mundo de fantasía. Naturalizar y aceptar este tipo de conductas nos pone ante una situación endeble y peligrosa. Si bien es cierto que es muy complicado poder ayudar a un fabulador, también es verdad que marcando cierta lejanía de ellos estableceremos un claro desacuerdo frente a su mecanismo de manipulación”.