“Acá estamos desprotegidos y no tenemos un plan de contingencia”
Diálogo con Maximiliano Elberg, responsable de la campaña Forestar Vínculos. Decadencia y resurgir de un parque. Ocaso de la “ciudad paisaje.” ¿Dónde hay un verde?

Domingo 06 de Enero de 2013

Julio Vallana/ De la Redacción de UNO

Habían transcurrido algunas horas desde la tormenta del domingo 16 de diciembre –durante la cual Paraná mostró las consecuencias de un aspecto más de la imprevisión y el descontrol que padece crónicamente en otras tantas áreas vinculadas con su cuidado– cuando se realizó la charla con el licenciado Maximiliano Elberg –presidente de la Asociación Amigos del Parque Berduc e impulsor de la campaña Forestar Vínculos 2012. El entrevistado –quien admite no ser un especialista sino un “vecino ocupado por el tema”– no obstante la angustia y el enojo que le había generado el panorama desolador, a la vez mostraba un entusiasmo y conocimiento que sería muy auspicioso ver en quienes –desde distintas dependencias– debieran abocarse al tratamiento de las derivaciones que provoca el cambio climático, entre ellas la toma de decisiones respecto al estado actual del arbolado y la urgente forestación de la ciudad.

El parque de los intercolegiales
—¿Dónde naciste?
—En la ciudad de La Paz, en 1964. Fue por un traslado de mi viejo —quien estaba en Banco Entre Ríos— durante un año, nací y nos vinimos a Paraná.


—¿A qué barrio?
—Justamente acá (zona del Parque Berduc) en calle Moreno, aunque viví en Rosario tres años, cuando fui a estudiar Psicología pero por una cuestión económica no me pude sostener y volví a Paraná. Mi vieja siempre estuvo ligada al comercio así que ya a los tres o cuatro años estaba en un mostrador. Tuvo el negocio en calle Misiones, Rosario del Tala, Ramírez y luego Urquiza. Trabajé allí, seguí enganchado con lo comercial y me inscribí en la Uader en la Licenciatura en Comercialización. Después de 1997 pasé a ser proveedor de supermercados locales, trabajando en una panadería y me relacioné con el Centro de Almaceneros.


—¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Lo importante de esta zona es que está rodeada de verde ya que además del Parque Berduc está el Paseo Jardín y el Parque Urquiza, así que te criabas jugando en los parques, arriba de los árboles y haciendo mucho deporte. También tenían una fuerte presencia los viejos clubes, como Ministerio y Belgrano, que es mi pasión, y religiosamente todos los domingos eran los partidos contra Paraná y el clásico contra Patronato, cuando iba todo el barrio y acompañaba (barrio) Maccarone. La pérdida de esa cancha fue un mazazo para el barrio, así como la desaparición de la Feria de Salta y Nogoyá, que en sí cambió, ya que la cerraron y reabrieron. Hace 30 años era una gloria porque no había grandes cadenas de supermercados que absorbieran completamente la demanda. Estaba llena todo el día. También tenía la escuela cerca, la Mariano Moreno y el Colegio Nacional.


—¿A qué se jugaba además de al fútbol?
—Mucho tiempo fui a Echagüe donde hice natación y básquet, pero como la altura no me daba llegué hasta determinada categoría, aunque pude hacer muchos viajes a Chaco, Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe. Conocí a grandes entrenadores –como Mario y Carlos Scocco– y jugadores como Aníbal Sánchez. En Belgrano hacía pileta y frontón de pelota a paleta, y tuvimos la suerte de tener una escuela municipal a cargo de Pablo Irigoytía –después de salir campeón mundial. Era increíble practicar y tener un campeón mundial al lado; el tipo se arremangaba y era un jugador más. Acá –en el Parque Berduc– estaba Tomás Caino, que es un símbolo.


—¿Qué alcance tenía la actividad social y deportiva en el Parque Berduc?
—Siempre estuvo ligada al deporte, como el atletismo y los grandes intercolegiales. Por eso se conoce en toda ciudad ya que en algún momento de su vida alguien pasó por acá. O vino a un intercolegial, a un partido o a conocerlo. Viajando por Entre Ríos y otras provincias también sucede lo mismo. Tiene la capacidad para albergar a miles de atletas en un solo momento. Hubo una época en los 90 en que perdió brillo, color, vegetación y la iluminación de la pista. Cuando éramos chicos estábamos hasta alta horas de la noche acá y estaba muy cuidado. Eso fue hasta entrado 2000, cuando nos pusimos a trabajar, armé una asociación civil y nos fijamos en pequeñas cosas que antes teníamos, y en ese momento no.


—¿Cuál fue la época de mayor esplendor en tu niñez y adolescencia?
—Siempre me remito a los intercolegiales porque no he visto algo similar en cuanto a que en un mismo lugar se concentren 5.000 chicos. También he visto grandes movimientos de gente como por ejemplo cuando se hizo el Encuentro Nacional de Mujeres, con 25.000 personas. El parque sirvió para eso y el encuentro fue maravilloso. Recuerdo algunos días del Niño, con la pista y el centro del campo cubierto de chicos.

Una recuperación
—¿Cuándo y a qué respondió puntualmente la motivación por crear la asociación?
—Surgió en 2008 cuando vine al parque y tuve la intención de organizar una plantación de árboles porque estaba desforestado y devastado, con relación a lo que había vivido cuando era chico. Se me ocurrió juntarnos con algunos vecinos, comenzamos a charlar, conseguimos algún dinero, compramos los árboles e invitamos a la vecinal del barrio, a los chicos de Maccarone y otras organizaciones ambientales como Proyecto Tierra. En ese momento estaba haciendo un curso de Educación Ambiental con esa gente, había que hacer un trabajo práctico y se me ocurrió que podía ser la recuperación de un lugar público. Después vimos la necesidad de continuar con el trabajo. En 2009 comenzamos a reforestar y se eligió un lugar donde tener plantación de frutales, y también presentamos proyectos en Enersa para recuperar la iluminación, lo cual se logró con los años, con el acompañamiento de la dirección del parque.


—¿Son una especie de cooperadora?
—Sí, el parque la tiene pero esta asociación se encargó más de algunos detalles finos y de continuar los trámites. Una de las últimas cosas hechas fue traer –junto con la profesora Alejandra Delgado, que pertenece a la asociación, y a la directora Ana Montero– el plan Argentina Trabaja, lo cual permitió recuperar distintos lugares de la infraestructura y pintar.


—¿Hay cuestiones pendientes de resolver en cuanto a infraestructura y acondicionamiento?
—Sí, habría que mejorar, por ejemplo, algunas canchas y focalizar en la plaza –que está en el corazón del parque– ya que sufre muchos destrozos y es difícil mantenerla. Tiene un uso muy intensivo y los juegos tienen que reponerse continuamente. Fuera de eso, ha mejorado mucho.


—¿Cuándo y por qué asumiste con mayor compromiso la defensa medio ambiental?
—Vino por distintas vías: leía mucho en El Diario noticias que me interesaban sobre el tema –después me enteré que era Daniel Verzeñassi uno de quienes escribía sobre esto. Por el lado de la educación, la profesora Teresa Romano de Germán me comentaba todo lo que sabía sobre flores y fauna nativas, la importancia de lo nativo, para qué servía cada yuyo… me asombraba y maravillaba. También influyeron los días de campo que teníamos en la Escuela Mariano Moreno. Para mí no existe división con la Naturaleza, sino que somos un todo. Busqué a personas que saben sobre los distintos temas porque esto –como cualquier otro aspecto– no es para políticos, funcionarios o comunicadores audaces. Busqué biólogos y gente que sin haber sistematizado el estudio tiene conocimiento ambiental porque está en el terreno. Ejemplo, Francisco Nux. ¿Quién puede cuestionar que es el tipo que más sabe? Es el único que conozco que tiene un monte natural con semejante diversidad y su mirada no la tiene otra persona. También conversé con Andrés Petric y Daniel Verzeñassi, entre otros.


—¿Qué buscabas saber particularmente?
—Sencillamente me crié en la “ciudad paisaje” de calles arboladas con distintas especies, parques y paseos de excelencia, y compré esa idea de Paraná. Pero de golpe y porrazo comencé a notar cómo se perdía ese perfil tras la decisión de pasar hacia un aspecto más administrativo y comercial. Hoy un vecino puede sacar un árbol cuando quiere y ya no se lo considera un bien público –si bien hay ordenanzas que lo protegen.


—La Municipalidad tampoco los protege ni los preserva adecuadamente.
—Tampoco lo hace y las ordenanzas están. Es una ciudad que se ha vuelto gris –viviendo en el cemento aceleradamente– cuando hay que crear áreas naturales y espacios verdes de acuerdo a cómo crecen las zonas urbanas. Esto no se cumple. La Organización Mundial de la Salud dice que hay que tener 10 metros de espacio verde por habitante y Paraná está en cinco o menos. Lo cual debiera motivarnos a trabajar en serio en el tema, que no es para improvisados.


—¿Leíste algún libro que influyó particularmente en esta cuestión o indirectamente?
—Cuando leés a Linares Cardozo –en Júbilo de esperanza– te das cuenta que si bien habla de música, es de lo autóctono, lo regional, recuperar lo nuestro y se remite todo el tiempo a cuestiones naturales. Como le pasa a Juan L. Ortiz con el río y a mí me pasa cuando lo leo. También leí los libros sobre forestación urbana de la profesora (María) Laurencena de Buta, quien tiene una cátedra sobre Espacios Verdes en la Uner.

Forestarás tu ciudad
—¿Cuándo y con qué propósito nació la campaña Forestar Vínculos?
—Después de haber reforestado el parque lo mejor posible saltamos el muro y comenzamos a hacerlo en la ciudad en 2011. La montamos con la Escuela Secundaria N° 75 del Bicentenario y la armamos con el profesor Pablo Miorelli. Pedimos a cien personas de distintos lugares de la ciudad –desde el Islote Municipal a Bajada Grande, y del Parque Berduc al Parque Urquiza y el hipódromo– que se juntaran y compartieran el hecho de plantar un árbol. Ahí vino la idea del vínculo porque también apunta a la relación con el planeta, con el cuidado personal y del otro. Había padres que nos agradecían porque se juntaban con el hijo para hacerlo, cuando hacía mucho tiempo que no se reunían, o escuelas que lo compartían con sus alumnos como algo distinto. Hubo casos de escuelas que no tenían dónde hacerlo, así que levantaron algunas baldosas. Donde más prendió la campaña fue en las escuelas, con quienes ya teníamos la experiencia de haber organizado encuentros deportivos y culturales.


—¿Cuál es el mensaje transmitido en las charlas brindadas en las escuelas?
—Siempre le comento a los docentes que si termináramos con estos malditos días de Mac Donald que hoy tienen los chicos y recuperáramos los días de campo que teníamos nosotros, la mirada cambiaría muchísimo. A mí me enseñaban cómo funcionaba un ecosistema levantando una piedra y viendo lo que había debajo: los bichitos, la humedad, plantitas… De ellos depende que los chicos recuperen esa educación y lo ambiental no quede en una carpeta, haciendo un collage de un arbolito. Igualmente el chico o el adulto tienen que saber por qué tienen que plantar un árbol, cuidar la cuestión de la basura y un montón de cosas más.


—¿Qué devolución percibís por parte de chicos?
—Muchísimo interés, a veces más que en los mayores. Se vuelcan mucho a las actividades y lo toman como algo personal. Cuando hacés forestación en una escuela, un club o una vecinal, son los primeros que están anotados, haciendo el pozo para el árbol y poniéndole nombre, y compartiendo. Es algo que no hacen nunca porque muchos chicos no tienen contacto directo con la Naturaleza. Por eso tenemos tantas demandas de charlas de las escuelas.


—¿El desinterés de los mayores se vincula con que es un tema que no los atraviesa generacionalmente?
—No entienden que la magnitud del problema es tal. En la campaña estamos uniendo para llegar a los mayores. Siempre repetimos una frase: “Cuando plantes un árbol, piensa en tus hijos, a ellos le dejarás el mundo. Cuando cortes un árbol, piensa en tus hijos, a ellos le dejarás el mundo.” Esto mismo habría que llevarlo a lo relacionado con la basura y el agua. Si personalmente no le interesa, bueno, pero que comience a relacionar que hay otra generación, chicos, alguien que viene que tiene derechos constitucionales. Muchos padres vienen con los chicos y participan, y comienzan a preguntar. No tenemos registro que lo tenemos que hacer porque nos fue dado: hay árboles de entre 40 y 80 años, y hay que comenzar a cambiarlos porque muchos son peligrosos y están enfermos. Hay que salir del discurso romántico y por eso para el proyecto utilizamos muy cuidadosamente las palabras. Hay un discurso ecologista que dice que el mundo se termina ya: ¿qué ganas va a tener un tipo de cuidar el agua, no arrojar basura, plantar un árbol…? ¡Pobre tipo, le dan un mazazo en la cabeza y perdés las ganas de vivir! Hay que ir por una línea media que es muy delgada. No está mal decir la verdad pero tenemos que crecer.


—¿Por qué decidieron focalizar en la forestación considerando que desde el punto de vista del medio ambiente la emergencia y los factores caóticos en la ciudad son innumerables y totalmente desatendidos?
—Elegí hacer esta campaña de forestación por una cuestión de tiempo, esfuerzo y recursos. Estoy muy vinculado a lo que es la Asamblea Menos Basura en Paraná y considero que si hay que resolver el tema hay que llamarlo al ingeniero Hernán Pirro (ver Diálogo Abierto del domingo 18 de noviembre del corriente año), quien desde 1992 ha propuesto cómo hacerlo desde una óptica local e integral. La cuestión ambiental no es para improvisados y menos en la situación de emergencia actual. También estoy vinculado con la gente que trabaja sobre el borde costero y el río. Fundamentalmente fue por una cuestión de recursos y te doy algunas cifras: en 2011 plantamos sólo 67 árboles y en 2012, 300 ejemplares, que es la cantidad exacta que en media hora tiró abajo la tormenta del domingo (16 de diciembre). ¡El trabajo de un año se vino abajo en media hora! ¿Qué es media hora en la vida de una persona y de una ciudad? Fijate la complejidad que tiene el tema.

Diagnóstico y realismo
—¿Qué cuadro de situación conocían en cuanto al arbolado al momento de iniciar la campaña?
—Respecto a la actualidad no ha cambiado mucho porque se ha hecho bastante poco; al menos en estos años no ha habido anuncios de trabajos concretos en cuanto a recuperación del arbolado y de espacios verdes. El primer anuncio que conozco fue hecho este año por la Municipalidad en cuanto a que se hará una plantación de –creo– 15.000 árboles. Soy el primer interesado en saber cuándo, cómo y dónde están, y no tendría el menor problema en ponerme a trabajar ya que los esfuerzos individuales que podamos hacer las organizaciones son sólo eso. Plantamos 300 árboles, que son nada. Gualeguay tiene una muy buena campaña de forestación denominada “Gualeguay te quiero verde”, en el marco de la cual plantaron –en 2011– 1.700 árboles. En Rosario lo han hecho por tramos: en una primera etapa plantaron 10.000 y se invirtió un millón de pesos. El tema no sólo se soluciona con buenas intenciones y buena voluntad, sino con los recursos adecuados. El Vivero Municipal de Paraná tiene un muy buen ingeniero como Carlos Morbidone: hay que darle los recursos para que pueda ejecutar una forestación adecuada. Hay que considerar que en Entre Ríos hay una pérdida de 90 por ciento del monte nativo, cuando los árboles son casi la única manera de combatir el calentamiento global, reducen el viento de una tormenta, amortiguan el efecto de las plagas y son un filtro natural para las ciudades contra los agroquímicos. Hay que preguntarse también los efectos que tendrán la erosión y la desertificación de los suelos. ¿Por qué se viene abajo el Parque Urquiza? Atravesamos una emergencia de la cual hay que aprender. En pocos minutos caen grandes cantidades de agua: ¿cómo están los desagües, las cañerías, las cloacas y las viviendas? ¿Cómo funcionan los arroyos? Hacer un diagnóstico es bastante complicado.


—¿Lo más crítico es que no hay suficiente cantidad de árboles con relación al índice demográfico?
—Ése es el problema de base en cuanto a que se tiene la mitad de los espacios verdes necesarios para el área urbana. Hay que tomar la decisión política y crearlos. Los entendidos señalan que Paraná podría tener un cinturón verde que no tiene y que sería muy importante. Pienso –desde el sentido común– que podrían crearse cortinas de árboles para detener determinados vientos. Me han dicho cuando consulté que mirará el mapa de Paraná, me fijara los cuadrantes del centro y que tratara de identificar espacios verdes. ¡Prácticamente no ha quedado nada! Con la feliz pérdida del hipódromo, esas 22 hectáreas se urbanizarán. Era uno de los últimos lugares que quedaba. Una forma de comenzar sería recuperar el arbolado de las calles; por algún lado hay que comenzar.


—¿Por qué se caen los árboles?
—Paraná hace décadas que no tiene campañas de forestación. El árbol es un recurso renovable. Cuando no puede seguir –por los años, las enfermedades o porque se secó– hay que cambiarlo. Es el criterio de la reposición, que se usa activamente en países como España. Debe haber un trabajo municipal que marque el camino y que las distintas organizaciones se puedan alinear en función de eso. Tiene que haber decisión y recursos, sino es imposible.


—¿La cantidad anunciada es lo necesario en función del déficit?
—Creo que tiene sentido aunque no lo sé exactamente. Es una buena respuesta y un inicio, que es lo que quiero ver. Con la variación climática no es fácil plantar y que el arbolito se las arregle solo. Requiere mucho trabajo y esfuerzo, tal como en su momento se hizo con el Parque Urquiza, que también hay que recuperar.


—¿Cuál es para vos el dato de la realidad que obliga a la emergencia?
—Lo más claro que veo –y que sucede en todos lados– es lo que comento en algunas charlas con los chicos en las escuelas: estábamos en junio o julio en la Escuela Moreno y vestidos con remera. El frío fue sólo una parte de julio, agosto, algo más y se acabó. La fuerza y velocidad del viento es otro factor, ya que en muy poco tiempo aparece y desaparece una tormenta. Ahora suceden con esas características más frecuentemente, sumado al granizo.


—¿El nuevo contexto climático demanda un tipo de poda y mantenimiento distinto al realizado hasta ahora?
—Se debe reformular. La poda se ha manejado mal ya que se utilizó y se utiliza la poda de mesa, con la cual dejan el tronquito del árbol completamente descubierto, un poquito de follaje arriba y nada más. Ese árbol no tiene cómo protegerse y es como una persona a la cual se le sacan los brazos, no tiene equilibrio, la savia no tiene dónde distribuirse y se termina ahogando. Con la asociación y otros vecinos hicimos una reunión en Parques y Paseos para plantear este tema.


—Pero no podarlo en absoluto también genera tremendos inconvenientes y daños, y posiblemente tragedias.
—Claro, por eso hay que salir del discurso romántico para poder trabajar en serio y ocuparse. Hay árboles demasiado grandes en las veredas, que estuvieron mal planificados. En calles muy angostas para tenerlos. Hay que elegir con mucho cuidado las especies a plantar, ya que hay algunas que no se adaptan del mismo modo, aunque hay especies no autóctonas que sí lo hacen y crecen muy rápido –como dice Nux. Si se trabaja con regularidad y con un criterio de reposición –y en función de la ciudad que tenemos– no habrá problemas. Hay especialistas y personas que saben mucho, no hay que dejárselo sólo a los ingenieros.

Imágenes del naufragio
—¿Dónde estabas cuando comenzó la tormenta?
—Comiendo en el cumpleaños de mi viejo. Íbamos a comer en el patio. No me di cuenta de la magnitud que tuvo hasta que salí a recorrer la ciudad.


—¿Qué sentimientos tuviste?
—Angustia total y dolor. Hay gente que no podrá volver más a su casa porque la perdió, se le rompió el techo, perdieron bienes, se le arruinaron los muebles… Mi novia vive en San Agustín y vi casas destrozadas por un árbol que le cayó al medio. Estamos desprotegidos y no tenemos un plan de contingencia ante lo que está pasando, vamos tanteando en lo oscuro cómo avanzar y hacerle frente. El mejor diagnóstico es reconocer el fenómeno climático, se instaló y no se va a ir. Hay que pensar cómo tiene que funcionar la ciudad para hacerle frente. Se está planteando en muchas ciudades y países, y no tenemos todo el tiempo del mundo. Está pasando muy seguido y anteriormente se produjo la caída de la bajada de Güemes –que tiene más de 100 años– y tampoco tuvo una respuesta adecuada.


—¿Cómo pueden vincularse a la campaña quienes quieran hacerlo?
—Pueden buscarme a mí personalmente, estamos funcionando mucho en facebook –que es “forestarvinculos”– y hacemos algunas reuniones en el Parque Berduc. Apostamos a crecer durante 2013 a otra escala, con otro financiamiento y estando más involucrados institucionalmente, por ejemplo con la Municipalidad y otras instituciones. Sería una gran alegría.

¿Previsión y planificación o chapa, colchón y bolsón?
J. V.
De la Redacción de UNO


“¿No hay en toda la superpoblada e inviable estructura burocrática del Estado municipal algún funcionario, burócrata o dependencia que tenga a su cargo el control del estado de los árboles más añejos e imponentes? ¿No pueden hacerse podas que preserven el factor estético, ecológico, biológico y la seguridad? ¿A nadie se le cae una idea en torno a prever, planificar y hacer prospectiva de los innumerables eventos que sin dudas acontecerán –a partir de los indicios que ya comenzaron a manifestarse– en cuanto al cambio climático en la región?” (Diario UNO, enero de 2010)
Los anteriores interrogantes no fueron planteados por un exacerbado militante ecologista o algún científico obsesionado por las variaciones climáticas, sino por quien escribe esta nota quien –aunque también tenga la vocación y profesión de ilusionista– no apeló a la Magia para prever lo que podía acontecer el reciente y dramático domingo 16 de diciembre. Sólo un poco de sentido común, estudio y charlas con especialistas, materias que no abundan, en general, en quienes gestionan el Estado.
En aquel entonces otra tormenta de importante magnitud también desplomó varias docenas de añejos y portentosos árboles, y considerables ramas, y éstas, a su vez, hicieron estragos sobre la propiedad pública y privada. El cuadro se completaba en aquel verano –al igual que en esta antesala estival de hace dos semanas– con cables cortados, postes caídos, colapso de arroyos y desagües, viviendas inundadas, calles en igual estado y destruidas (¿quién se roba el equivalente a la falta de calidad y durabilidad del asfalto?) y déficit en la cobertura de los pararrayos, por solo mencionar algunos aspectos de la imprevisión.


Cuando se recorren y conocen con cierta profundidad países y sociedades serias y organizadas, impacta casi como una exageración –para nuestra mediocre mirada– la previsión minuciosa y la capacidad de respuesta ante eventos que –en nuestro caso– consideraríamos no sólo improbables sino impensables. Sin embargo se destina presupuesto, capacitación e información –no propaganda– útil para el ciudadano ante la posible situación, y por supuesto que se agotan las instancias –en cuanto del Estado y del factor humano dependen– para que no acontezcan.
Por estos lares la práctica demagógica y electoral populista –convertida en una verdadera subcultura de la chapa, el colchón y el contrato, o de máxima en una promesa de vivienda del IAPV– hace que cada contingencia de la Naturaleza se torne una posible catástrofe de dimensiones incontenibles.


No hace falta en este comentario repetir los importantes interrogantes y reflexiones que dejó planteados el entrevistado respecto a las decisiones que el Estado debiera asumir frente a lo que se será un escenario climatológico más frecuente.


La capital provincial hace un par de décadas que padece un desajuste total en las principales variables que hacen a su crecimiento, funcionamiento y organización –y ahora se le suma otra– sin embargo paga sus impuestos como siempre –lo cual no estaría mal revisar como forma de protesta popular ante la ineptitud y la corrupción.


Sobre la respuesta al interrogante del título de la nota, este periodista –e ilusionista– no tiene ninguna duda sobre cuál prevalece y prevalecerá pero –lo asume– la opinión puede estar influida por la deformación –periodística– profesional, y tal vez por la Magia, que hace ver cosas que no son tales engañando al cerebro.


Haciendo esa salvedad e ignorando al mensajero, no debiera dejar de considerarse a varios centenares de miles de ilusos contribuyentes que consideran que sólo en una pesadilla un árbol puede partir su casa o su auto al medio, terminar con su vida o la de alguno de sus hijos.


En el marco del clima festivo que se vive por estos días, sería de mal gusto matarles esa ilusión. Y que en poco tiempo se convierta en una trágica realidad. Para ese momento no habrá fotos, sonrisas, ni una obra cada día que valga.