Entrerrianos por el mundo
Sábado 12 de Noviembre de 2016

Vivir una aventura en paz en tierra maorí

Carla Valenti de 32 años es licenciada en Psicología y hace más de dos años que reside en Queenstown, donde enseña yoga a niños.

El bosque es enorme. Las hayas son tan altas que el sol no llega a filtrarse entre las ramas de hojas perennes. Estas lejanas primas de los demás nothofagus tienen el tronco cubierto de un musgo tan espeso, que podría servir de almohada para alguien que hace trekking (senderismo) como Carla y Valentín.

Este paraíso verde no es un monopolio helvético sino que es una sinfonía para los ojos de ambos paranaenses. Ellos residen en Nueva Zelanda hace más de dos años y disfrutan a diario de la naturaleza, el aire libre. Son dos jóvenes aventureros que viven el momento en las tierras que alguna vez el escritor británico J. R. R. Tolkien describió en El hobbit y El Señor de los Anillos.

El deseo de viajar, conocer otros lugares y culturas son las características que describen a esta adorable pareja. Ambos son profesionales, él es Arquitecto y ella licenciada en Psicología, y decidieron emprender esta aventura a la Tierra Media -según Tolkien- antes de instalarse definitivamente en un lugar.

Carla Valenti, de 32 años, fue quien aceptó el reto de contar a UNO la experiencia de vivir en el exterior. A través de interminables mensajes por Facebook o WhatsApp, que iban y venían a destiempo por la diferencia horaria que existe entre Argentina y Nueva Zelanda -es de 16 horas- la joven, que tiene un postgrado en Psicoterapia Individual y Grupal, relató de forma detallada sus vivencias en el país de Oceanía, en donde trabaja de algo que verdaderamente le apasiona: ser profesora de yoga para niños.

"Viajé con mi pareja, Valentín, en agosto de 2014. Vinimos a Nueva Zelanda porque pudimos obtener con mucha suerte una visa que te permite trabajar legalmente en el país por un año. Digo mucha suerte porque sólo dan mil visas de este tipo para argentinos por año y cada vez son más las personas que intentan obtenerla, así que fuimos afortunados de poder obtenerla los dos", explica Carla al tiempo que agrega que "lo que me motivó a viajar fue las ganas de conocer otros lugares y culturas del mundo. A la vez mi pareja tenía ganas de hacer lo mismo. Algo que nos impulsó a hacerlo también fue que ambos habíamos terminado la universidad y si bien teníamos nuestros trabajos en Paraná, teníamos unas profundas ganas de conocer y viajar. Así que decidimos que era el mejor momento para emprender el viaje antes de querer establecernos en un lugar, donde con el tiempo se comienzan a crear situaciones que requieren de más estabilidad. Así que los dos nos embarcamos en planear este viaje. La idea la tomamos de amigos que ya habían venido a Nueva Zelanda y habían disfrutado mucho la experiencia de trabajar y convivir con otras personas en lugares diferentes a los que uno conoce. También nos entusiasmó la idea de aprender otro idioma".


Carla Valenti en Nueva Zelanda.


Nueva Zelanda es un país de Oceanía, que se localiza en el suroeste del océano Pacífico. Está formado por dos grandes islas: la Norte y la Sur más otras más pequeñas como la Stewart y Chatham. El lugar que eligió Carla y su novio para vivir es Queenstown, una población de la región de Otago, en el suroeste de la isla Sur de este país.

Hace un siglo la moderna e hiperactiva Queenstown se limitaba a unas granjas y un primitivo hotel. Los maoríes conocían la región pero sólo la visitaban durante breves incursiones en busca de una piedra que llaman pounamu, una variante de jade verdosa con la que hacen adornos y objetos de arte. Hoy todavía no es común cruzarse con maoríes en las calles de la ciudad, cuando en la isla Norte de Nueva Zelanda se los ve integrados en todos los niveles de la sociedad.

Como una especie de Bariloche del Pacífico Sur, este pueblo creció poco a poco a orillas de un lago, con montañas en segundo plano en las cercanías del Paralelo 45 Sur. Mismos paisajes, nombres distintos: Wakatipu para el lago y Remarkables para la sierra.

"Antes de instalarnos en Queenstown, que estamos acá hace un año, vivimos en diferentes lugares; cuando llegamos estuvimos una semana en Auckland. Luego nos fuimos a una granja de ovejas en Reglan. Después nos fuimos al National Park en donde trabajamos en un hostel. Después nos mudamos a Hamilton y trabajamos en una granja de frutillas", detalla la paranaense al tiempo que aclara que todas estas localidades son de la isla Norte. "Y luego nos mudamos a la isla Sur: primero vivimos un mes y medio en Cromwell trabajando con las cerezas, después nos mudamos a Christchurch donde vivimos por casi ocho meses en donde trabajé en un café-pastelería y de ahí nos mudamos a Queenstown", señala.

Carla y Valentín viven en una casa grande que alquilan junto a otras tres parejas que son de diferentes partes del mundo: Francia, Inglaterra, Brasil y Escocia. "En Nueva Zelanda es muy común esta forma de compartir vivienda con personas de diferentes países porque hay muchos inmigrantes sobre todo jóvenes que vienen a conocer, trabajar y viajar", cuenta Carli, como le dicen sus afectos, y continúa: "Nos gusta vivir con otras personas, elegimos esta opción porque disfrutamos mucho de convivir con otras costumbres y también es lindo darte cuenta que tenemos muchas cosas en común con personas de lugares diferentes y podemos hacer amigos- familia donde sea que estemos".


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Instalarse

Del Queenstown de aquellos primitivos tiempos queda una capilla anglicana y un par de casas históricas. El resto de la ciudad es decididamente moderna y en constante construcción. Más locales, nuevas marcas, hoteles por estrenar y hasta torres de departamentos han transfigurado la orilla del lago para que esta localidad pueda ostentar sin avergonzarse de su título de Capital Mundial de la Aventura.

"Queenstown es un lugar pequeño y con un hermoso paisaje, donde se observan montañas, lagos y bosques. Es muy turístico tanto en invierno como en verano", relata Carli y agrega: "Se pueden hacer todo tipo de actividades en esta ciudad como esquí, snowboard, tirarse en paracaídas, andar en kayak, pasear en helicóptero y saltar de un puente solo atado de los pies. También es común ver cómo los jets van a toda velocidad por angostos ríos y muchas personas hacen caminatas con diferentes grados de dificultad. El pueblo ofrece una variedad de restaurantes y bares, donde la actividad nocturna esta muy presente".

Cuando Carla habla de su cuidad de residencia, se emociona, sonríe, se entusiasma y se explaya. Resulta que el país en el que vive hace más de dos años aprendió muchas cosas tanto a nivel laboral como personal. "Estando en Nueva Zelanda hicimos todo tipo de trabajos como trabajar en una granja de ovejas, en un hostel y cosechando y realizando todo el proceso de embalaje de espárragos, frutillas y cerezas. También, estuve trabajando varios meses en un café-pastelería. Y ahora en un restaurante", enumera la paranaense de 32 años y continúa: "Nos gustaba la idea de poder experimentar esta variedad de trabajos donde cambiábamos de rol y perspectiva, teniendo que ser flexibles a los cambios que cada uno de los trabajos requiere. Realmente en lo personal siento que esta variedad de experiencias me ayudó a ampliar mi visión y a percibir y valorar la importancia del rol de cada persona en este mundo. Finalmente y con el tiempo, ambos conseguimos trabajos relacionados a lo que hemos estudiado y también estamos muy contentos con eso. Estoy enseñando yoga para niños semanalmente en dos salones y eventualmente en jardines de infantes, escuelas, clubes, iglesias y programas de vacaciones escolares".

La licenciada en Psicología y profesora de Yoga asegura que se siente muy cómoda en donde vive actualmente aunque agrega que "lo único que se podría decir que hemos sufrido es frío, ya que en invierno la mayoría de las casas, incluida la nuestra, son muy frías porque son casas de construcción en seco sin mucha aislación y en muchos casos no tienen sistema de calefacción".

"El pueblo me gusta mucho porque es muy variada la gente que lo habita, hay muchos extranjeros de todas partes del mundo y eso es bueno porque es muy fácil hacerte de nuevos amigos tanto en la casa, como en el trabajo. Lo triste es que muchos vienen por unos meses y luego continúan su viaje así que es muy común tener que despedir amigos todo el tiempo al igual que comenzar relaciones de amistad nuevas", manifiesta Carli.


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El diálogo con la joven de Paraná es tranquilo, ameno. Ella se muestra confiada y de esta manera relata que el proceso de adaptación fue lento porque cambió muchas veces de ciudad y trabajos, "así que cada tanto teníamos que volver a comenzar en un nuevo lugar, buscar alojamiento, nuevos trabajos, nuevos amigos. Ahora después de dos años se podría decir que estamos mas adaptados y contando que estamos en Queenstown hace ya un año, ya estamos bastante acostumbrados a manejarnos".


Queenstown


El periodista de viajes, Pierre Dumas contó una vez que Nueva Zelanda es la cuna del bungy jumping, ese loco desafío de tirarse desde las alturas al vacío con las piernas atadas a una soga elástica. El primer lugar donde esto se realizó comercialmente está no muy lejos de Queenstown, desde lo alto de un puente inhabilitado al tránsito y reconvertido en meca de la adrenalina. El Kawarau Bridge es conocido por todo buen aventurero y en verano hay hasta colas para tirarse. La plataforma del Nevis es una especie de gran hermano del anterior: como un teleférico suspendido por cables sobre el vacío de un valle.

Las excursiones en Queenstown se adentra por un tiempo en la Tierra Media, con una parada en ese inquietante bosque oscuro no hace falta esperar ver kiwis: estas curiosas aves, una especie de símbolo nacional tienen hábitos nocturnos, de modo que aparecen sólo si el bosque está aún más sumergido en las tinieblas.

A pesar de estar estrictamente protegida, la población de las distintas subespecies de kiwis se encuentra en declive. Esta ave, que dejó de volar hace millones de años, no tenía que temer a ningún predador natural en el archipiélago hasta que los colonos europeos introdujeron los primeros mamíferos, entre ellos zarigüeyas, perros y varios animales más que depredan sus huevos y cazan sus pichones.

No tan solo se puede pasear por los bosques, también por las aguas gélidas con furia desde las montañas. Se puede navegar en botes por la increíble transparencia del agua, parece que se flota sobre un espejo. Todas estas características se vislumbran en la entrevista que UNO le hace a Carli. Ella explica que está feliz en donde está y tiene una rutina relacionada a la ciudad: "Se podría decir que mis dos trabajos tienen relación con mi lugar de destino. Trabajo en un restaurante por las mañanas donde va gente de todo el mundo a hospedarse. Esto está en directa relación con la actividad principal del pueblo que es el turismo porque Queenstown recibe 2.9 millones de visitantes por año. Y, por otro lado, doy clases de yoga que también está en relación al relax y conexión con uno mismo y la naturaleza que proponen los bellos paisajes, el aire puro y la tranquilidad del lugar".


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Sobre la comida neozelandesa, la paranaense cuenta que en general siempre se incluye algún tipo de carne, sobre todo cordero o cerdo, pero también puede ser vaca o pescado. "La comida más popular es el fish and chips que sería filet de pescado rebozado en pan rallado y luego frito acompañado de papas fritas, y también se come mucho bacon (panceta) y pie, que sería como un tipo de empanada redonda con diferentes rellenos", señala la joven y asegura que "hay muchas diferencias en cuanto a los sabores de las comidas de acá y eso me hace extrañar la comida Argentina. Además no me gusta la frialdad en las relaciones, aquí son un poco más estructurados en cuanto a lo social".

Aunque Carli admita que hay cosas que no le gustan del país de Oceanía, enumera unas cualidades que le apasionan: "Me gustan sus bellos paisajes, la naturaleza está muy presente ya que no hay demasiadas ciudades grandes. También me gusta mucho la multiculturalidad de la población, ya que podés encontrar personas de todo el mundo viviendo y trabajando o simplemente viajando por el país. Esto facilita tener acceso a muchas culturas y costumbre de otros países a través de sus habitantes lo cual me resulta muy interesante, ya que uno aumenta su empatía hacia otras culturas, lo cual es muy saludable a la hora de percibir y sensibilizarse con las problemáticas del mundo".

En cuanto a las costumbres y los habitantes del lugar, ella asegura que son personas sencillas, amables y respetuosas tanto entre las personas como con el cuidado del medio ambiente. "Es un lugar donde uno se siente seguro tanto en su casa como en la calle. Pero por otro lado, tienen una alta taza de violencia intrafamiliar y depresión", agrega.


Adaptarse


La profesora de yoga cuenta que se siente muy cómoda en Nueva Zelanda, aunque a veces le cuenta lidiar con el idioma: "Es difícil muchas veces expresarse completamente en otro idioma pero por suerte siempre se encuentran buenas personas con quien compartir y en donde muchas veces uno se relaciona más allá del lenguaje y logra una conexión profunda y de verdadera amistad". "Cuando llegamos con Valentín nos recibieron muy bien porque están acostumbrados a recibir personas de todo el mundo por lo que uno se siente incluido rápidamente. Esto sucede porque es un país de baja población, por lo que ellos tienen varios mecanismos para atraer tanto visitantes como trabajadores de otros países que participen y colaboren con el crecimiento de la economía", explica Carli al tiempo que cuenta que hizo muchos amigos y con muchos sigue en contacto. "Al estar en la misma situación, de provenir de diferentes orígenes, es fácil lograr conexión y amistad con jóvenes que se encuentran en este país con los mismos objetivos que uno y así en poco tiempo puede lograr una amistad verdadera y duradera por el hecho de la necesidad emocional de compartir que se genera cuando uno está lejos de su lugar, familia y amigos. Esto en general ha sido una de las experiencias mas bellas que he vivenciado en este lugar", afirma emocionada.

Sin dar rodeos, Carla indica que extraña muchas cosas de Paraná, sobre todo su familia, amigos y su mascota. "Uno echa de menos la familiaridad del lugar, los olores, el río, las buenas compañías, el saber que siempre hay alguien disponible con el que podés contar. Se extraña la comida, el idioma, nuestras costumbres, la música, el baile, la calidez de la gente", menciona y agrega que de Argentina no extraña la burocracia y las largas esperas para hacer algún trámite. "Además no extraño el bombardeo mediático que tiende a manipular los pensamientos y sentimientos de la población".



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Cuando la profesional habla deja entrever sabiduría y paz. Su amplia carrera profesional y académica le da lugar para confirmar que viajar en una actividad positiva por dónde se la vea. "Con la distancia uno aprende muchas cosas, sobre todo en viajes como éste, tan cambiantes, en el sentido que te vas moviendo todo el tiempo, cambiando de ciudad, trabajo y amistades. Uno se da cuenta de que puede lograr sentirse bien y acompañado donde quiera que esté. Que no necesitás tantas cosas materiales para ser feliz. Te acostumbrás a no aferrarte demasiado a nada, ni personas, ni cosas, porque muy probablemente mañana las tengas que dejar en el camino y seguir adelante, y poder aprender a ser feliz con esto sabiendo que todas las personas que conociste y todas las situaciones por las que pasaste dejaron algo en vos que te enriqueció y te hizo crecer. Otra cosa que aprendí es que el universo siempre se acomoda para que todo salga bien, para que no te falte lo fundamental y a pesar de que pasamos muchas situaciones límites, siempre hubo alguien ahí para ayudarnos a que todo se resuelva bien. Creo que uno aprende a percibir los milagros cotidianos más claramente".


Yoga, una forma de vivir


Carli es profesora de yoga y realizó numerosos cursos en diferentes partes del mundo para perfeccionarse y especializarse en niños. Ella es paciente y amable, un amor. Tiene una sonrisa de oreja a oreja siempre y con voz dulce dicta sus clases en distintos lugares de Queenstown.

Para la joven el yoga es un estilo de vida y en sus momentos libres siempre toma clases. Además, en sus ratos de ocio se junta con amigos, hace alguna de las tantas caminatas que hay alrededor del pueblo o se va de viaje con su pareja en un auto que alquilan. "Esta última es una opción muy común y económica en Nueva Zelanda, ya que el país cuenta con muchos lugares equipados con cocina y baño donde podés parar por las noches y dormir en el auto. Es por eso que siempre tenemos un colchón en el auto listo para un viaje", aclara la profesional.

La paranaense que vive el momento en tierra maorí asegura que tiene planeado continuar viajando por el mundo y el próximo destino podría ser diferentes ciudades de Asia. "Me gustaría seguir enseñando yoga a niños en diferentes comunidades. Los niños tienen mucha facilidad para aprender yoga, se divierten mucho y a la vez aprenden y descubren en si mismo capacidades con las que pueden contar para el restos de sus vidas, como respirar correctamente, vivir el presente y conectarse con sí mismos y los demás de una manera más profunda y armónica", relata y asegura que el yoga tiene muchos beneficios: "Es por eso que el yoga viaja conmigo, para compartirlo donde quiera que vaya, es un gran intercambio porque en cada lugar que estoy, siento que recibo mucho amor y eso es lo que me impulsa a seguir".


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La vuelta


Si bien la aventura en paz de Carli aún no terminó y seguramente seguirá por mucho tiempo más. Ella afirma que no descarta volver algún día a su ciudad natal: "Me encantaría volver a Paraná, siempre será un destino para mí, ya sea de visita o para vivir por tiempo prolongado".

En el caso de volver a la capital entrerriana, la joven asegura que le gustaría poder trabajar de psicóloga y profesora de yoga para niños. "Además de estar cerca de mi familia y amigos, formar mi propia familia, tener mi propio lugar y poder recibir nuestros amigos de alrededor del mundo que hemos conocido en este viaje".

Por último y a modo de despedida, la paranaense aconsejó que para viajar siempre es necesario despegarse de "nuestros juicios de valor previos porque muchas veces nos pueden limitar a la hora de percibir la experiencia y por otro lado confiar que siempre cada situación se va resolver de una u otra manera en beneficio nuestro".

"Cuando se viaja a otro país siempre va a haber situaciones difíciles o incómodas pero cada una de ellas nos deja algo fundamental que necesitábamos aprender y nos va a servir para el resto del camino. Otro consejo sería que no tengan miedo a soñar y planear lo que desean hacer ya que nada es imposible si realmente trabajamos por eso, creo que los límites más difíciles de cruzar son los que nosotros mismos nos ponemos, así que mi consejo siempre es alentador cuando alguien quiere viajar, los miedos van a aparecer, seguro, pero lo interesante es poder atravesarlos y luego darse cuenta de que todo era más simple de lo que pensábamos".

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