La Provincia
Domingo 05 de Junio de 2016

Viven en la calle, no se resignan y sueñan con un futuro mejor

De día hacen changas para subsistir y por la noche se acurrucan donde pueden. Luchan a diario contra la adversidad y la desesperanza

De la redacción de UNO
Por Vanesa Erbes
verbes@uno.com.ar

Todos los días, cuando se acerca la medianoche, Jorge Herlein se acomoda en uno de los bancos de la sala de espera de la Terminal de Ómnibus de Paraná. Con una gorra negra de lana abriga sus ideas y dos bufandas le envuelven el cuello para evitar que el dolor de garganta que lo aqueja se torne más intenso. Dice que no se siente bien, que estuvo en el hospital porque tiene un problema severo de salud y que espera que haya cama disponible para que lo puedan operar de la vesícula. Mientras mastica despacito un pedazo de pan que le quedó de la cena calentita que un grupo de voluntarios le acercó un par de horas antes, comparte su historia. Resume que hace un año y medio está en esa situación, tras la muerte de su mamá, Adela. Según contó, tenía un buen pasar, fue ebanista y desarrolló además otros oficios, y antes de que ella falleciera unos parientes la engañaron para que firmara un papel y se quedaron con su casa, en Diamante. Él inició un juicio y está tramitando una pensión que lo ayude a salir adelante. 
Rememora que al principio, cuando vino a Paraná, pudo pagar una pensión en calle 9 de Julio, después ya no y un pedazo de cartón le sirvió de cama en calle Gualeguaychú, hasta que cayó internado en el hospital San Martín porque la amargura se le hizo carne y le enfermó el cuerpo. “Estuve en Terapia intensiva, en coma. Me atendieron muy bien las personas que trabajan ahí”, aseguró agradecido.
Jorge relató que es soltero, hijo único y que extraña mucho a su mamá, que ella era una gran compañera y que juntos viajaron por distintos países de Latinoamérica buscando a un tío que nunca encontraron. “Anduvimos por Bolivia, Venezuela, Brasil. Yo canto en portugués”, asegura sonriendo, mientras con dulzura tararea una melodía que ameniza la noche.
Lleva un bolso negro, donde guarda sus pertenencias, las pocas que le quedan. De día se gana unos pesos con distintos quehaceres. “No puedo hacer mucha fuerza, pero algún trabajo liviano siempre hay. Lavo veredas, algún auto, hago mandados para una señora que me conoce. Hay un verdulero que me da frutas, el dueño de una panadería me regala pan y facturas. Hay gente buena”, aseveró, y contó que la mujer a la que le hace changas le presta un lugar para bañarse; de ese modo calienta un poco el cuerpo y no deja que las desdichas de la vida en la calle carcoman las costumbres de quien tuvo un hogar y una familia. 


Hace cuatro días cumplió 52 años y dice estar “avejentado”. Aunque los dolores se le cuelen en el cuerpo, trata de ignorarlos. Nunca le faltó nada y ahora le falta casi todo, pero se acomoda a esta realidad tan dolorosa esperanzado en que la buena fortuna y la ayuda de otra gente un día lo llevarán por un camino más ameno. “Estoy tramitando mi pensión. Los chicos me traen comida y tal vez me consigan una piecita”, señaló, en referencia a los integrantes de la agrupación Suma de Voluntades que asisten pero sobre todo contienen y acompañan a personas en situación en la calle. Acto seguido, con un dejo de esperanza, agregó: “Parece que la Municipalidad va a abrir un lugar para que podamos quedarnos a dormir. Ojalá sea pronto, porque el frío no se aguanta”.
Consultado acerca de cuál es el sector en la Terminal donde va a tirar un colchón para pasar la noche, comentó resignado: “En ningún lado. Duermo siempre acá sentado. Me despierto a cualquier hora”. 
“Hay muchas historias para contar sobre esto de vivir en la calle, pero ando desde las 5 de la mañana y estoy cansado”, se disculpó por último, dispuesto a dormirse y soñar con un mejor porvenir, uno donde tenga mejores chances, un techo que mirar desde una cama calentita cuando el frío arrecia.

Compartir, un modo de vida
Jorge Herlein no es el único persona en situación de calle que duerme en la Terminal. “A veces vienen varios. Quienes están a cargo de la Terminal nos piden a nosotros que los echemos, pero no podemos hacer eso con el frío que hace afuera”, comenta un policía que estaba de guardia, visiblemente sensibilizado por la situación adversa de quien no tiene un hogar. Con realidades tan distintas, todos comparten el espacio y las penurias. Uno de los que pernoctan también en ese sitio es Jorge Sotelo. “No dormimos juntos porque la cama es chica”, bromean los tocayos.
Sotelo no puede precisar cuánto tiempo exacto lleva en la calle. “Hace unos meses”, dice vagamente. Tiene 46 años y es oriundo de Cerrito, donde vive una hermana. “Acá me encuentro con mucha gente de mi pueblo. Para ella soy un perro”, dice, mientras los ojos se le ponen brillosos de tristeza.
Es amable, respetuoso y agradecido con quienes le dan una mano. “Hay gente buena”, destaca, y enseguida aclara: “Pero hay muchos lobos que se disfrazan de cordero”. De día cuida autos en calle España y pregunta quién es él para que le hagan una nota, acostumbrado a que muchos lo traten como si fuera nadie.
Como tantos otros en su misma situación, también espera un futuro mejor, mientras se acurruca en un banco de plástico duro para descansar unas horas antes de volver a su rutina y darle pelea a su destino, sin resignarse.

Testimonios de quienes esperan una oportunidad
Desde que las bajas temperaturas irrumpieron en la región, la agrupación Suma de Voluntades extendió su plan de acción e incorporó recorridas nocturnas para llevar alimento a quien vive en la calle. Pero más allá del mero asistencialismo, sus integrantes se interesan por quienes atraviesan una situación desfavorable, comparten un rato, contienen, alientan. Porque debajo de cada frazada a la intemperie hay una historia de vida, que muchas veces conmueve, y desde la ONG hacen visible esta realidad en la que se necesitan más manos solidarias para revertirla. 
Como la historia de Miguel Ángel, que una noche contó: “Me regalaron, como quien regala una botella. Solo tenía 3 años. Toda mi vida me rechazaron”. Desde la ONG comentaron que a Miguel le gusta leer y muchas veces el miedo lo invade. “Se siente seguro cuando junto a él duerme el Chino Mesa, que perdió a su mamá a los 6 años, a los 9 empezó a trabajar y nunca más salió de la calle. A los 13 lo llevaron a un correccional de menores y aprendió a no llorar. Fue muchas veces golpeado e inclusive apuñalado. Aún así, no lloró. Hasta que hace unos años un psiquiatra logró hacerlo recordar su pasado y consiguió sacar de su cuerpo toda la angustia y el enojo. Hoy con 23 años sigue en la calle”.



Quienes cada noche recorren distintos puntos de la ciudad y conocen de cerca la realidad de los que no tienen un hogar, comparten otros testimonios: “Abelardo fue mozo casi toda su vida, después por cambio de dueños lo echaron. Luego fue pescador y no le alcanzaba para el alquiler. Hace seis años que está en la calle y duerme junto a tres más en la puerta de un local. A medida que pasa el tiempo, se le complica cada vez más conseguir trabajo, y la apariencia por no tener ropa limpia no lo acompaña. Quiere trabajar, sabe de cocina, solo necesita una segunda oportunidad”. Similar es la historia de Alberto: “Es analista de sistema, trabajó de operador en una remisera. En abril lo despidieron y no pudo pagar más el alquiler. Él junto a su mujer y su hija quedaron en la calle; ninguno de los dos tiene parientes. Ellas están durmiendo en la escuela Hogar, solo por dos meses. Él lo hace en la Terminal. Todos los días de 15 a 18 las visita. La vida le jugó una mala pasada y a pesar de todo, su fe está intacta. Sigue buscando trabajo. Sigue buscando una nueva oportunidad”, señalaron en su Fanpage.

Una población muy vulnerable
Las personas que duermen en la calle están expuestas no solo al frío y a las inclemencias del tiempo, sino también a la discriminación y al asedio policial. En Paraná, desde la agrupación Casa Solidaria procuran contrarrestar este tipo de situaciones, a través de la promoción humana, la inclusión integral y la restitución de derechos. Es por eso que periódicamente organizan charlas sobre el tema. La última fue el viernes por la noche, donde participó el abogado Nelson Schlotahuer, quien contó a UNO: “En Casa Solidaria me invitaron a dar una charla con el Defensor del Pueblo, Luis Garay, y el subsecretario de Derechos Humanos de la Provincia, Matías Germano. El tema fue el maltrato policial, usando una ley que a mi entender y el de muchos es inconstitucional, como es la Ley de Contravenciones. Estábamos terminando la disertación para que empiece la cena solidaria que hacen los viernes, cuando en la esquina de Belgrano y Carbó un grupo importante de Policías armados del 911 quiso detener a un joven en situación de calle porque no tenía DNI”.



“Intervinimos los tres junto a Hugo García, uno de los coordinadores de Casa Solidaria, y otras personas, para pedir explicaciones al 911. Fue una casualidad que me hubiesen llamado para hablar sobre la ley de contravenciones y justo pasa esto cuando explicaba que no tener el DNI no es un delito y que solo se puede detener a una persona en comisión de un delito en flagrancia o con pedido de captura. Luego de un buen rato, discusiones de por medio, los policías se retiraron porque se arrimó mucha gente a esa esquina y por nuestra intervención”, dijo Schlotahuer, y agregó: “La actitud de los policías fue muy irrespetuosa. Después llegó un oficial superior y nos pidió disculpas. Sin querer, la charla terminó siendo teórica y práctica. Los chicos contaron esa noche las arbitrariedades que comete la Policía y son graves”.
Por último, el letrado reflexionó: “Ojalá con todas las movidas que existen logremos que la gente en esa desesperada situación logre un albergue y un plato de comida para empezar. En la Municipalidad no deberían ni pensarlo. Ya tendría que haber un lugar para que duerman”. 

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