La Provincia
Viernes 19 de Junio de 2015

Vestigios de una gran historia con aceite crudo en las manos

Mirada urbana. Familias aceiteras de Bajada hablaron de  honradez al defender el puesto de trabajo 

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO 
pfelizia@uno.com.ar


Eran 10 los obreros en la fábrica de aceite de Bajada Grande que ayer todavía esperaban una respuesta bajo el sol. Hacían eso, esperar, porque golpearon puertas y aquellas que parecían abrirse, aún estaban cerradas. Entre ellos, Ramón Gómez, nacido y criado en el barrio, hace 30 años que todos los días llega hasta esos fierros, galpones y máquinas –antes ruidosas y sin descanso, hoy quietas y en silencio–. Junto a su mujer, Blanca Soñez, contaron una parte de la historia de esas calles de la capital provincial y hablaron del orgullo de pertenecer a una familia de trabajadores.    

Bajada Grande no es un barrio más, un espacio en un mapa. Es el génesis de una ciudad que se expandió, son las vías de un tren que llegaba, es Gregoria y su monumento, la estafeta del correo, el pescador, un descanso en el río y la sensación, al caminar sus calles, de haber alcanzado un puerto. Entre esas casas vive Ramón Gómez, Blanca Soñez y todos sus parientes; una familia grande de trabajadores de la fábrica de aceite que aún tienen la esperanza de que las máquinas vuelvan a ponerse en funcionamiento.  

“Hace 46 años que vivo en el barrio. Mi casa paterna es esa que está ahí”, dijo la mujer desde el balcón y señaló enfrente. A lo lejos se veían los silos de la aceitera que algún momento de su historia llegaron a guardar más de 20.000 toneladas de soja; hoy están vacíos. “Cuando llegamos al barrio no había nada. Era monte con calles de arena”, agregó. Su padre, al igual que su marido, era obrero de la fábrica y décadas atrás operaban cada seis meses. Contó que la otra mitad del año, la mayoría se dedicaba a pescar o a cazar. “Siempre hemos vivido así, de forma honrada. Yo le pregunto a mis hijos qué va a hacer él –por su esposo– que todos los días va a la fábrica, de mañana y de tarde, a la hora que sea”. 

Frente al portón de la aceitera por Larramendi hay un cartel donde se lee: “Seis meses sin cobrar. Nuestras familias necesitan soluciones”. Los problemas en la fábrica llevan años y los trabajadores explicaron que todo empezó a empeorar en 2012. Al momento, la producción está parada y el nuevo reclamo lleva semanas. “No sé qué va hacer él si no funciona. Se va a morir de angustia, porque no puede estar sin ir a trabajar”, destacó Blanca. Las calles en esa zona de Bajada Grande tienen como nombre una letra. La familia Gómez vive en la O.  

Ramón Gómez contó que la fábrica tiene más de 60 años y con Blanca se conocieron en la escuela. “Había pocas casas y se construyeron alrededor de la aceitera que te daba laburo. Antes descargábamos el lino a pala. En una época llegamos a ser 120 trabajadores”, dijo. 

Los vecinos señalaron que el Barrio Aceitero, en las cercanías de la fábrica, tiene casi 20 años y estaba destinado a las familias de los trabajadores. Pero después, en uno de los tantos cierres, cuando todos se quedaron sin trabajo, vendieron sus casas y los terrenos porque no podían pagar la cuota. 

“Lo que queremos es cobrar lo que nos deben y trabajar”, sintetizó Blanca y es lo mismo que dijo Nicolás París y su esposa, Isabel Martínez, en la puerta de la aceitera. Tienen cinco hijos y transformaron su auto en remís para poder salir adelante en estos meses. Él es electricista y desde 1997 ocupa un puesto que no quiere perder. “Esta es la situación más dura, es un extremo al que hemos llegado”, contó. Isabel también habló de cómo es pasar este momento. La pareja se conoció cuando ella contaba con 13 años, hoy  tiene 32.

Por su parte, Laura Martínez hace 15 años que viven en Bajada Grande y su casa está pegada a la aceitera. Todo el secundario lo hizo en La Baxada, donde mucho antes funcionó la fábrica de alpargatas, hoy es el galpón donde se guardan las motos retenidas en los controles viales de la ciudad. En el barrio hay municipales, Policías, albañiles y por supuesto, pescadores. Siempre vinculada al trabajo vecinal, contó que años atrás tenían un proyecto para embellecer el monumento a Gregoria Pérez, con juegos para los chicos, baños y un placero para que la cuide; las placas de bronce, cada vez que se colocaron, al tiempo corrieron la mala suerte de desaparecer. Fue Martínez quien acompañó a UNO a recorrer el barrio alrededor de la fábrica de aceite. Salvo Larramendi, el resto de las calles no tienen asfalto, como Procesión Náutica o se quedaron sin él cuando fue instalada la red de cloacas y en la última lluvia fuerte, las casas se inundaron con agua y barro. Martínez dijo que ahora la zona está iluminada, pero hay arrebatos y robos en las paradas de colectivos que inquietan y preocupan. 

Poner el hombro

Cuando la Aceitera del Litoral funcionaba, los 36 trabajadores operaban ocho horas diarias, de manera rotativa y nunca se apagaban las máquinas. Uno de los obreros, Sebastián Núñez, dijo: “Hubo reuniones con Trabajo, con Producción, con un supuesto empresario, pero es más de lo mismo. La única solución que vemos es que el gobierno se pueda hacer cargo. No se necesita mucha plata porque esto es una mina de oro y nosotros podemos darle los cuidados que se necesitan”. 

Señalaron que antes de cerrar en esta nueva etapa, había deudas que los dueños mantenían de gas y luz, además de los sueldos; explicaron que hace casi un año que no se les hacen los aportes. Ellos hacían aceite en crudo de soja y aseguraron que con solo tres días de producción, ya alcanzaba para pagar los sueldos de todos los operarios. Desde que la fábrica volvió a parar comenzaron a pedir ayuda. En mayo se conoció que llevaban meses sin poder producir. 

Jorge Walter, del Sindicato de Trabajadores Aceiteros, contó que realizarán nuevas asambleas y reclamos; esperan el apoyo de otros gremios de la provincia.

La mayoría de estos hombres están calificado y han tenido que salir a hacer changas. Fernando Leban, otro de los obreros que ayer a la mañana estaba en la fábrica, explicó que en una época, entraban en uno solo de los galpones, 8.000 toneladas de harina a la espera de ser exportada, más otra mercadería con productos terminados.

Los obreros sostienen que si se van de la fábrica, si un día no llegan hasta sus instalaciones a esperar y a hacer guardia, les van a roban todo como pasó en otras oportunidades. También dijeron que cada día que pasa es más difícil, que el invierno empezó a pegar más fuerte y que por más que los gastos familiares se reduzcan al mínimo, el fin de mes se les extendió por medio año. A pesar de todo, guardan una certeza: por Bajada Grande todos saben que son ellos, esos 36 hombres, los únicos que hoy son capaces de volver a prender las máquinas y hacerlas funcionar.  

La experiencia de una tarea colectiva

Jorge Gauna es de Santa Elena y trabaja en la aceitera de Bajada Grande hace 18 años. Es uno de los obreros más viejos. 

“Hará tres años que no empezó a funcionar y la situación empeoró. Seguimos en la lucha por la fuente de trabajo, pero no se da de parte del dueño y de los apoderados; no hacen nada o no sé, acá nos han hecho el verso y no pasa nada”, contó a UNO y fue el primero en hablar por el resto de sus compañeros. 

“Con tantos meses sin cobrar, sobrevivimos como podemos”, agregó. Jorge Gauna habló pausado, masticó cada palabra y no la dijo así nomás. “Es difícil con la familia, en mi caso hemos adoptado no tener gastos de más, hice algunas changas y me ayuda hasta mi suegra que es jubilada. Estiramos, a la espera de que esto salga adelante”. El hombre tiene 56 años y sabe que es difícil conseguir un nuevo trabajo a su edad. Es electromecánico y quien mantuvo en funcionamiento la fábrica; tiene la experiencia para enseñarles a los más jóvenes el oficio. “Pero colaboraba hasta en la producción; siempre nos damos  una mano entre todos”, remató. 


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