A Fondo
Sábado 28 de Noviembre de 2015

Variaciones sobre el gurí que pide un trozo de pastel

Pablo Felizia/De la Redacción de UNO
pfelizia@uno.com.ar

La manera de hablar, de elegir sin darnos cuenta las palabras que usamos, por lo general muestran ideas, prácticas, el lugar de origen, de trabajo, conocimientos, lecturas o hasta el programa de televisión que miramos a diario. Días atrás en San Agustín, por una nota a Hugo Carlos Julio, una niña que jugaba en la plaza, gritó con alegría “¡Santa!” y corrió a abrazar al hombre disfrazado de Papá Noel. Enseguida me acordé de una tarde pasada cuando un gurí le pidió a la mamá de una cumpleañera, un trozo de pastel.

El tema no es nuevo, pero encontrarse así nomás con la manera de hablar tan propia del español neutro o del doblaje mejicano de los dibujos de la televisión, para algunos –sobre todo para los que no tenemos hijos–, no deja de llamarnos la atención.

Cometa o barrilete, columpio por hamaca, tú por vos, cállate, vete de aquí, palomitas de maíz, sabe delicioso, déjame, esto es para ti, malvado, patatas fritas o el que más me duele: balón por pelota; a uno le da una sensación similar que si escuchara a un muchacho, en el medio de una ciudad entrerriana, llamar chabón a otro.

Hay especialistas que en numerosos artículos referidos al tema sostienen que no se trata de algo grave, ni está mal y que el lenguaje siempre se nutre de otros. Si no fuera así habría que criticarle al lunfardo su mera manera de existir y la cantidad de palabras argentinizadas que nos apropiamos de otros idiomas. Incluso dentro del mismo país hablamos distinto y a menos de 40 kilómetros: las masitas de Santa Fe son las galletitas de acá, los soplillos de este lado, son simplemente bolas de Navidad al cruzar el charco.

De todos modos, hay quienes se dedican al estudio de la lengua y manifiestan que si bien no se trata de un gran problema, critican esa especie de estandarización en el habla de los personajes de esos dibujos animados, donde los chicos pasan a ser consumidores cotidianos de esas historias y se apropian, como una esponja, de la manera de expresarse de sus héroes, esos que luego aparecen en forma de juguetes para el Día del Niño y las fechas que se vienen.

Tiempo atrás, a partir de una nota a un profesor de gimnasia especializado, contó que se encontraba con niños que no están tan acostumbrados a jugar con otros y que observaba cómo la cantidad de horas que pasaban frente al televisor –por diversas circunstancias y razones– no ayudaba para realizar otras actividades. Los canales dedicados a los chicos están divididos y organizados por edades y vienen como enlatados con sus giros en el habla, muy parecido es lo que ocurre con ese nuevo chupete electrónico de You Tube o los juegos de computadoras y de consolas. En otras palabras, no parece ser tanto un problema que un pequeño entrerriano diga panecillo, como el tiempo que pasa frente a la pantalla para imitar, quizás como un juego, esa manera de nombrar al pan.

Al fin de cuentas, el Santa de San Agustín no es más que la torta de jamón que alguna vez quise comer o los espíritus chocarreros que nunca pude ver. Igual, quien escribe esta columna no puede mandarse la parte sobre este tema y necesita cerrar con una autocrítica: cada tanto repite alguna frase de Los Simpsons como una verdad filosófica, aunque le cueste llamar pequeño demonio a cualquier gurí.

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