A Fondo
Martes 10 de Febrero de 2015

Valores en decadencia

Marcelo Comas / De la Redacción de UNO
mcomas@uno.com.ar

 

 

 

No sé por qué razón me quedé escuchando el diálogo entre dos señoras en la esquina de una farmacia céntrica de Paraná. Las mujeres -que superaban largamente los 70 años- hablaban animadamente sobre temas familiares sin importarles el tedioso calor de la mañana, que en ese momento se tornaba insoportable. “Mi nieta ya cumplió 13 años”, contaba orgullosa una de ellas. Dijo que la joven se destacaba por su buen desempeño educativo, pero enseguida sorprendió con una reflexión: “Si ahora sos abanderada te discriminan”, le habría revelado la adolescente, muy suelta de cuerpo. Ese fue el disparador para este escrito.


Lo primero que pensé fue que en todo mi recorrido escolar ser abanderado era el mayor mérito, por encima de cualquier distinción. Nunca tuve el honor de que me tocara, ni estuve cerca, pero uno observaba con admiración a los compañeros que lucían la enseña patria o les tocaba ser escolta. Era el resultado de la dedicación constante al estudio. Claro, siempre estaba la lógica cargada por ser tan aplicado, pero no pasaba de ese límite. Siempre recuerdo que mi hermana tuvo la distinción de llevar la bandera, pero no por eso fue “discriminada” ni maltratada por su curso en la escuela primaria. Otro de los premios que más se disfrutaba era el de ser reconocido como buen compañero, quizás para algunos de mayor valor que el de ser abanderado, porque el designado era elegido por sus propios compañeros y no en base a sus calificaciones.


La anécdota sirve para mostrar de qué forma han cambiado los valores, o en todo caso, en que medida resulta importante para esta generación de jóvenes el acceso al estudio, la posibilidad de formarse en un espacio educativo, pero sobre todo el hecho de alcanzar metas en base al esfuerzo, la constancia y la dedicación.


O por el contrario, si esos valores enunciados -el sacrificio, por encima de todo- funcionan como incentivo para cambiar su forma de pensar, empezando a redefinir su identidad dentro de un espacio común, sabiendo que son otras sus necesidades, sus tiempos de adaptación, en una constante mutación que les impide acompañar lo institucionalizado.


Y aquí se impone la siguiente pregunta: ¿Se es consciente de que la formación, en todos sus niveles, es la que les permitirá tener un futuro más alentador y con mejores posibilidades? 


Ni siquiera se insta desde estas líneas que el único modelo posible es el del estudiante aplicado, con las mejores notas, compenetrado al máximo con mejorar su rendimiento. No. Nada más alejado de la realidad. Solamente se señala que ese es el camino más adecuado, más allá de que en todo lo dicho juegan muchos factores: los alumnos con pocos recursos para acceder al sistema educativo -que por lo general terminan engrosando las cifras de deserción escolar-, los reclamos gremiales y salariales que terminan repercutiendo negativamente en el dictado de clases, los problemas edilicios que atentan contra el normal desarrollo del ciclo lectivo, entre otros elementos que revierten cualquier buena intención.Esa misma jovencita que consideraba “mala palabra” llevar la bandera por un buen rendimiento educativo, seguramente se seguirá esforzando para tener mejores notas, pese a que le costará ponerse al margen de la opinión de su entorno escolar. Será una experiencia que la marcará para el resto de su vida, para bien o para mal, mientras tanto el sistema de valores seguirá pendiendo de un hilo, según la lupa con la que se lo mire.

 

 

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