Hoy por Hoy
Viernes 16 de Septiembre de 2016

Vale la pena gastar saliva

"No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla". Así se expresó Leonardo Haberkorn, periodista y académico uruguayo en su blog, donde realizó una crónica acerca de lo difícil que se estaba volviendo su tarea de enseñar, ante un auditorio que se interesaba más por saber lo que le sucedía a sus "amigos" virtuales, que por aprehender los conocimientos concernientes a la carrera que estaban eligiendo para su futuro.

La carta resulta muy recomendable pero no para juzgar a las nuevas generaciones. Probablemente estemos de acuerdo en el hecho de que lo que les pasa a ellos, los adolescentes, nos tiene a todos como responsables. No, no por eso resulta interesante el texto. Por el contrario, la carta promueve una autocrítica y un serio replanteo personal acerca de si estamos, realmente, perdiendo el intercambio diario con la familia, amigos, compañeros del trabajo o simplemente un vecino con el que nos encontramos en el ascensor, por reservar nuestra mirada y expresión para las redes sociales. Cada vez hay menos conflicto a la hora del almuerzo o la cena cuando los niños llevan la tablet o los adultos sus celulares a la mesa, ya que no vale la pena perder el tiempo ante una causa perdida (como lo pensó este profesor). Y, en este sentido, la imagen más triste es la del abuelo o la abuela con la mirada en cualquier lado al sentirse ignorados y "aislados" frente a la imposibilidad del chateo que le imponen los años.

-Hola, ¿cómo te fue ayer? -preguntamos a un amigo-.
-¡Bien!, te mandé un whatsapp, después leelo, ¡chau!-contesta sin ganas de repetir lo que ya escribió-.

Y así nos pasamos todo el día, enviando mensajes encubiertos a esa persona que nos hizo enojar en el laburo o manifestando un mensaje de cumpleaños por Facebook a un familiar o un verdadero amigo para no gastar en un mensaje o un llamado, o lo que es peor: para no gastar saliva. Cada vez cuesta más, cuesta discusiones, cuesta descuidar a la persona que nos quiere dedicar un momento del día para conversar, y cuesta el intercambio cara a cara con los pares. Más allá de estas pérdidas que a simple vista y ante el peso del devenir cotidiano no se ven, hay otras alteraciones más graves que esto genera. Muchas personas sienten una gran ansiedad cuando dejan de entrar durante un tiempo a sus redes sociales, tienen miedo de perderse algo interesante y esto se traduce en cansancio. Incluso hay especialistas que aseguran que hay quienes sienten que el celular vibra o suena cuando en realidad no lo hace, lo que se debe a que como el cerebro está en constante evolución, estar conectados todo el tiempo cambió la manera de pensar y ese estímulo se vuelve una obsesión.

Ahora, ¿no podríamos encontrar un punto medio? Porque por más que le restemos importancia, dialogar con el otro también es escucharse a uno mismo, sacar lo bueno y lo malo que llevamos como personas. Abrirnos al intercambio con otros es esencial ya que implica la interacción que, como individuos sociales que somos, nos define. Reírse, discutir o ponerse mal por un diálogo, escuchar a un docente impartiendo su clase, apreciar los tonos, las miradas, la calidez y los vínculos que solo la presencia compartida nos brinda, creemos, jamás podrá compararse con lo producido por una pantalla. Por todo eso, ratificamos: vale la pena gastar saliva.



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