A Fondo
Jueves 03 de Marzo de 2016

Una vuelta a la realidad en 80 días

Héctor de los Santos / De la Redacción de UNO
hdelossantos@uno.com.ar


Desde el 10 de diciembre de 2015, hasta este 1º de marzo, el trayecto recorrido por el país ha pasado por los estados de ánimo más diversos. Tan dispares como los de los propios argentinos que se sienten de un lado y del otro de esta rivalidad eterna que necesariamente cultivamos como para mantenernos en forma, no vaya a ser que algo nos sorprenda unidos y no sepamos qué hacer. Siempre parece que debemos estar en contra o a favor, porque si no nos quedamos sin expectativas de revanchismos futuros. En estos 80 días las cosas cambiaron, y eso también tiene doble lectura. Para los que piensan que antes las cosas estaban mejor e ignoran los serios problemas que teníamos y tenemos, y para los que se rasgan las vestiduras afirmando que “al fin cambiamos” y se niegan a ver una realidad que todos los días pone nuevas dificultades y amenaza con un futuro, por lo menos, preocupante.

Acusar todo a “la pesada herencia recibida” está en el manual de todo gobierno entrante. Sobre todo si es de distinto signo político o quiere romper filas con los anteriores del propio partido. Eso está claro. Tan claro como que ese esquema tiene fecha de vencimiento, porque en pocas semanas más, sino días, la gente ya no se acordará de lo anterior y los hará directamente responsables de cada cosa que pase en el país, en las provincias, y en cada ciudad o pueblo del territorio nacional.

Pretender que un discurso de apertura de sesiones ante la Legislatura nacional, provincial o ante un Concejo Deliberante, sirva de motivador para convencer a la gente, es pensar que hubo multitudes expectantes ante los anuncios. Haga la prueba y pregunte a su alrededor. No a la gente de la política, ni a los interesados en algún funcionario en particular. Pregunte a los albañiles, a la gente de los frigoríficos, a los enfermeros, a los choferes, a todos aquellos que tienen que romperse el lomo todos los días para que finalmente el sueldo no le alcance. Pregunte a cualquiera de ellos si escuchó completo cualquier discurso este 1° de marzo. Pregúnteselo a usted mismo.

Los que están directamente vinculados a la política, de un lado y del otro, son los únicos en realzar o denostar estos discursos que cada vez interesan menos porque cada vez son menos los que creen que algo de todo eso se vaya a cumplir. Es más, las dudas ya no son solo hacia lo que pueda suceder hacia adelante. Ahora también se duda sobre lo que se dice del pasado, al que se distorsiona a gusto y placer a través de cifras, citas y estadísticas de dudosa procedencia.

Los discursos no dejan de ser una puesta en escena. Un montaje donde la atención final se desdibuja a propósito entre los carteles que pegaron los opositores, la camarita que llevaba Macri para transmitirse en vivo por Facebook, los invitados, el Presidente que se equivoca leyendo su discurso o la cantidad de gente en la plaza.

Siempre fue así. El secreto del truco está en distraer la atención de quien observa. El problema es cuando se acaba la magia, y la realidad cae tremenda y sin máscaras. El problema, como siempre, será entonces de la gente. De todos, de los unos y los otros. Ahí ya no servirán de nada las redes sociales para hacer esa catarsis boba que solo sirve para decorar un poquito más el escenario que otros han montado.  

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