Homicidio
Domingo 17 de Julio de 2016

Una secta umbanda se guarda el secreto del homicidio de Comas

La familia de Alejandro, a 13 años del crimen, se siente decepcionada: "Nunca se va a hacer justicia", afirman. Un testigo con una historia inverosímil es la base de una causa que está elevada a juicio, pero no se sabe para cuándo

La familia Comas lleva 13 años y un mes de un duelo trunco, inconcluso, que no logran cerrar como cualquier persona que le pasa lo peor y de alguna manera aprende a convivir con ello. Los principales responsables son las autoridades judiciales que no supieron darles respuestas y esclarecer el homicidio de Alejandro, ocurrido el 14 de junio de 2003, en Paraná. Afirman que desde el juez Jorge Barbagelata en adelante, nadie mostró siquiera empatía con ellos para demostrarle esfuerzos para encontrar al asesino. Pese a que el año pasado la causa fue elevada a juicio, saben que hay pocas pruebas contra el acusado, más parecido a un perejil, y encima les dijeron que el principal testigo está muerto, pero nadie lo confirma. Por eso "nunca va a haber justicia, nunca", lamentan.

Aquel sábado minutos antes de las 15, la Policía recibió un llamado anónimo y acudió a calle Zárate al final, en la zona de bañados del barrio Paraná XVI. El oficial Rodríguez y el sargento Garcilazo encontraron un cuerpo sin vida, boca a arriba, completamente desnudo salvo medias marrones en los pies, con el puño cerrado apretando una colita para el pelo, el brazo derecho sobre el pecho y las piernas cruzadas. Tenía incontables heridas de arma blanca por todos lados. A los costados había un buzo negro, una remera gris, una tenaza, cinta de seda roja y verde, una estampa de San Jorge, un par de zapatillas azules, dos cuchillos con cabos de madera, y un DNI a nombre de Comas Oscar Alejandro, argentino, clase 1976.

Minutos después llegaron Mario y Néstor, padre y hermano de la víctima. Enseguida una gran cantidad de personas se congregaron en la casa de la familia, en el barrio Anacleto Medina Sur, a confirmar el rumor y buscar explicaciones a lo que nadie podía creer, a llorar y consolarse. Quedaron en la mesa las empanadas que le guardaron para el almuerzo. En esa misma casa, ayer por la mañana, Ramona, la madre de Alejandro, junto a Mario y María Eugenia, la hermana, recibieron a UNO y recordaron el hecho como si hubiera ocurrido ayer, pero con el peso de 13 años de impunidad encima. Y reiteraron las sospechas de siempre contra el grupo de personas que unos meses antes habían captado a Alejandro y aquella madrugada, creen, lo llevaron hacia la trampa que fue su asesinato en la forma más cruel, en medio de un ritual umbanda.

María Eugenia expresó la decepción que sienten frente a la Justicia: "Nunca se movieron, nunca se preocuparon, nunca se calentaron siquiera en leer una hoja. Yo de memoria me lo sé al expediente, entonces el juez no me puede preguntar quién es quién. Yo se lo digo a ella (por la madre): 'Olvidate, nunca va a haber justicia'. Porque por algo pasó de mano en mano, Barbagelata me decía que no había presupuesto para hacer un ADN, había sangre y había huellas, siempre tenía un pero y nunca se preocupó y los otros que lo agarraron tampoco se preocuparon". "La primera fiscal, Lidia Taleb, nunca me recibió", contó Ramona. "Por lo menos tener la delicadeza de que el secretario atienda y cuente las cosas. No 'que la causa está igual o la causa ya no la tengo más y la tiene tal y tal'. Nunca hicieron nada y ahí va a quedar el caso", agregó la hija.

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Ingenuos, negligentes o cómplices


La noche del 13 de junio, Alejandro salió de su casa, dijo que iba a comer pizzas a la casa de Lupe, una amiga que vivía cerca, y regresaba. Sobre lo que sucedió esa noche y madrugada hay varias versiones, las declaraciones de varios testigos son contradictorias y no permiten rearmar el recorrido que hizo la víctima por las calles de la zona oeste de Paraná. Sin embargo, le dieron crédito a un testigo que contó una historia de mala ficción, con la cual imputaron a Héctor Rafael Albornoz.

Este hombre tiene hoy 49 años y está procesado hace 12 por el homicidio de Comas. El que lo señaló fue un joven que, en aquel entonces, tenía 17 años y vivía en el barrio Paraná XIII. Se llama (o se llamaba) Lucas Gonzalo Núñez, quien le dijo a la Policía y al juez de Instrucción: "Venía del barrio Gaucho Rivero para mi casa, donde está la virgen vi a dos personas abrazadas. Se para uno de ellos, viene a donde estaba yo con una cuchilla en la mano, me asusté porque pensé que me iba a asaltar, quise correr, me agarró de los pelos y ahí reconozco que era el Tati Albornoz. Lo hace levantar al otro que estaba sentado y nos hace caminar por Galán para el río. Nos dice 'vayan quietitos porque me escapé del Roballos'. Caminamos cuatro cuadras y doblamos a la derecha para el bañado, nos hace parar y me dice 'mirá y hacete hombre', y le metió una puñalada en la panza al otro pibe, y yo salí disparando para arriba hasta mi casa".

Dio características físicas y de vestimenta que coincidían con Alejandro Comas. Pero varias pruebas ponen en serias dudas su relato, principalmente que la remera de la víctima no tenía ningún corte. Además, pensar en que una persona mantiene bajo su dominio a dos solo con un cuchillo, los hace caminar y sin motivo apuñala a uno, resulta inverosímil. Pero, en la pobre investigación, es lo que hay.

"Cuando a la causa la tenía el doctor Ríos decía que Núñez no estaba en Paraná, que se había ido a no sé dónde y que supuestamente allá lo habían matado, y que estaba esperando el acta de defunción. Entonces, le digo. 'a usted que es un juez no le mandan el acta de defunción, ¿qué queda para nosotros?' -recordó Ramona-. Yo no entiendo por qué pasó la causa para juicio, con qué testigos si ese supuestamente está muerto. No entiendo nada, la verdad, la última vez que fui a Tribunales se fijaron pero no hay ninguna novedad. Pero para mí que lo van a dejar pasar, pasar y pasar para que caduque. Estoy convencida de que va a ser así".

"He escuchado tantas versiones; el primero que agarró la causa fue Barbagelata, que nunca hizo nada, incluso yo iba y me agarraba con él -recordó María Eugenia-. Yo no tendré un título pero no me agarrés de estúpida. La ropa de mi hermano no estaba rota cuando este muchacho dice que lo apuñalaron. Mi hermano no tenía una gota de sangre en el cuerpo, como si estuviera lavado. Yo sé que no es como dice Núñez, él participó. Ese pibe en el Paraná XVI se juntó en una esquina con un par de chicos, uno de esos era cuñado de mi hermano, y sin saber empezó a hablar, y dijo un montón de cosas, pero ese chico tampoco se quiso presentar".

Albornoz, el procesado, declaró cuando fue citado a indagatoria y se defendió: "Yo no lo hice. Ni sé de qué me están hablando. El muchacho que me acusa no sé ni quién es ni nada. Esa noche a esa hora yo estaba con mi señora Beti Todoro". Dijo que no conocía a la víctima y respecto de Núñez aseguró: "No lo conozco, ni del barrio. No estuve nunca en el Roballos ni en el penal. La noche del hecho yo había ido a cirujear solo, salí como a las 8 y volví como a las 10". Luego, lo mandaron a la cárcel por un tiempo con prisión preventiva.

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Los testigos, la secta y los ritos


Alejandro se había empezado a relacionar, desde unos meses antes de su muerte, con personas que practicaban la religión umbanda. El referente era Ángel Agustín Pérez, quien armó en su casa del barrio Mosconi el templo donde se hacían los rituales. Las mayoría de las personas que estuvieron con Alejandro la madrugada en que fue asesinado, estaban de alguna manera vinculados a la secta.

Según consta en el expediente, la primera en declarar fue Sandra Marcela Zárate. Dijo que esa madrugada Alejandro pasó por su casa de calle Casiano Calderón y le golpeó la ventana porque quería ir al baño. Fue a las 2 y estuvo 15 minutos, le contó que venía del ciber de calle Santa Fe y 25 de Junio y que luego se iba a la casa de Roxana Villanueva, en Montiel y Galán.

Villanueva dijo que Alejandro fue a su casa a la 1.30 y estuvo como hasta las 3.15. "Tiraba las cartas, practicaba la religión del círculo de San Cipriano, que es una rama de la religión umbanda, era devoto de San Jorge. No tenía enemigos, no se drogaba y siempre era de ayudar a los demás. Yo practico esa religión, el Chavo y otras personas también, pero para nosotros la máxima autoridad es Ángel", contó.

Norma Beatriz Mendoza, de calle Luis Palma, contó que aquel sábado, el Chavo, su vecino, la llamó y le contó: "Mataron al Ale". Recordó que el día anterior Alejandro estuvo en su casa entre las 20.30 y las 2 de la madrugada. "Ellos hablaban de una religión, les pregunté si podía ir a chusmear, iba a ir hoy (por ese sábado) a ver de qué se trataba, me dijeron que se comunicaban con los espíritus y me podían llegar a conseguir un trabajo", dijo la mujer.

Hasta acá, alrededor de las 2 del sábado, Alejandro estuvo en tres lugares al mismo tiempo, según las declaraciones.

Otro testigo fue José Luis Morato, quien entonces era repartidor de diarios: "Yo dije no puede ser, porque anoche como a las 3 estuve con él en Montiel y Galán. Me enteré por comentarios que Ale practicaba cosas satánicas con Ángel Pérez y Roxana Villanueva. El viernes Ale tuvo que ir con Roxana a la casa de Pérez a llevar velas y otras cosas para sus rituales", declaró.

La Policía allanó la casa de Pérez, en calle 1314 del barrio Mosconi, a dos cuadras de la escuela Esparza, que tenía la pared pintada con la leyenda "Promotora Solanas". En la habitación secuestraron un cuchillo de mango plástico blanco, con posible mancha de sangre, un buzo gris que estaba en el cesto del baño, una campera reversible, una pulsera de hilo verde, roja y blanca, y en otra habitación una lona plástica con manchas de sangre y restos de cabello, y una estampita de San Jorge.

Finalmente, Pérez fue citado a declarar como testigo en la causa: "Ale iba a mi casa donde solamente prendíamos velas y escuchábamos cumbia. Puedo decir que era muy curioso y que puede ser que haya concurrido a otro lugar. Le gustaba lo misterioso. Para mí esto fue por celos de una mujer o una persona drogada. Según me enteré, lo habían visto alrededor de las 7 en la zona de su casa", contó. Luego explicó lo que hizo entre la noche del viernes 13 y el día siguiente: "El viernes hasta las 20 estuve con mi pareja en Wal Mart, fui a la casa de Sandra, no había nadie y nos fuimos a mi casa. Me quedé mirando una película de la momia en el canal 26 y después Rompeportones en canal Volver, y me quedé dormido hasta las 11".

Después amplió su declaración, donde aclaró: "Yo soy el centro del círculo de San Cipriano. No tengo religión umbanda ni quimbanda, ni nada de eso, soy bien católico apostólico romano, aparte tengo 17 ahijados bautizados. Yo le rezo a todos los santos, oro y pido sanación, curación y liberación, pero sin perjudicar a nadie. Quiero aclarar que acá en Paraná no hay ritos satánicos, para mi esto es obra de un psicópata que no debe tener ni sentimientos en su madre". Y luego se quejó: "Me pareció raro y gracioso el allanamiento, me llevaron un toldo de una pileta donde dormía el perro, y la campera de mi mamá. Yo me sentí como si fuera el autor el hecho, y no se llevaron una carta que Ale me escribió".

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Las versiones, el silencio y la espera


"Se contradicen las calles y los horarios", afirma María Eugenia, y agrega: "Después hubo otra versión, que una señora del Paraná XVI, que se llama Sandra, había pedido algo, tenía que entregar a alguien, por eso estaba entre mi hermano y otro chico de la otra cuadra. A este le fueron a avisar que no saliera. Y por eso ella lo hizo matar a mi hermano. Otros dicen que a él lo mataron en la casa de ella, que lo dejaron desangrar en la bañera. Ella no vive más ahí en el XVI".

"Todos se fueron de la zona -dijo Ramona-. La chica de atrás de mi casa, que prácticamente vivían juntos con mi hijo, se cambió, vive por Caputto, y así todos se han cambiado". Su hija sostuvo que "por algo se cambiaron. La primera fue la que supuestamente era su mejor amiga, Luciana Ibarra".

Durante todos estos años, la familia vivió con la impunidad y más de una vez se cruzaron con estas personas que aparecen en sus sospechas. "Yo a esta gente la he cruzado en la calle. A Ángel Pérez, al que era su pareja, ellos dijeron un montón de cosas que no fueron así, y ellos lo saben, porque cuando los enfrento y les digo las cosas no saben qué decir", afirma María Eugenia.

Mario contó que esto también le ha producido malestar y bronca, y, como todos, ha pensado en hacer justicia por mano propia, pero Ramona siempre lo frena: "Vos no podés ponerte a la par de ellos porque a tu hijo no te lo van a devolver, y él no hubiera querido eso para vos".

El ámbito umbanda en Paraná es más que una secta. O son varias, o hay una cultura de esta religión caracterizada por rituales que se extienden hasta la madrugada los fines de semana, al ritmo de los tambores.

"Mi hermano contaba hasta ahí... decía que había políticos, jueces, gente del IAPV, y hacían fiestas. Hay mucha gente metida en todo eso. Yo que tengo un título no me toman para la Municipalidad. Ellos, todos están trabajando. Es así, ellos te lo van a negar, hasta el día de hoy hacen esas fiestas en el Mosconi", dijo María Eugenia.

Por último, la hermana de Alejandro concluyó: "Nosotros crecimos en un barrio que teníamos todo a mano, hasta el día de hoy tenemos todo a mano, y nunca en la vida ni siquiera sabemos lo que es ponerse un porro en la boca. Esa es la bronca que uno tiene, el único error de mi hermano fue conocer a esta gente, el único error. La impotencia es que la Justicia espera que uno haga justicia por mano propia ¿por qué? Si están ellos para hacer justicia. Pasa el tiempo, el dolor es grande, uno piensa todos los días, no haber estado ahí por lo menos para ayudarlo, o se imagina todo lo que sufrió". "Lo que sufrió -agrega Ramona-, cuánta cantidad de puñaladas".


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Escasos rastros de sangre pese a la gran hemorragia


En el informe de la autopsia realizada por el médico forense Luis Moyano, se detalla que Comas tenía 52 heridas de arma blanca punzo cortantes en la cabeza, el tórax, el abdomen y miembros superiores, en todo sentido.

"Es de hacer notar la escasa cantidad de sangre que se encontró en el lugar del hecho, y la falta de sangre libre en el interior del cadáver, teniendo en cuenta que las lesiones sufridas produjeron una hemorragia muy importante", refirió Moyano.

De manera contundente quedó claro que el homicidio no fue un ataque de improviso, sino un asesinato demasiado cruel, muy pocas veces visto al menos en Paraná.

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