Teatro
Lunes 18 de Julio de 2016

Una oda a los creadores, las culturas y las inteligencias

El viernes, Rubén Clavenzani presentó una función a sala llena de "Aquel tiempo de hoy", en el Teatro Municipal 3 de Febrero

"Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente, que hacemos de la eternidad una nada, y de la nada una eternidad", decía el escritor y científico francés, Blaise Pascal. Es que una mente inquieta puede recrear una infinitud de mundos en un lugar vacío, rompiendo las rígidas leyes de la física. Eso fue lo que hizo Rubén Clavenzani el viernes, en el Teatro 3 de Febrero.

Para darse un gusto, para "satisfacer un capricho", tal como él mismo lo expresó, ofreció una función única en el coliseo mayor de Aquel tiempo de hoy, su aclamado unipersonal estrenado en 2012, que fue galardonado por la Universidad de Buenos Aires, en los premios Teatro del Mundo y distinguido como Mejor Unipersonal en el 11º Festival Iberoamericano de Teatro que se desarrolló en Mar del Plata en el 2015.

Ante un auditorio repleto, el actor, director y dramaturgo realizó un viaje en tren, valiéndose tan sólo de su corporalidad y su fonación, más algún que otro elemento de utilería.

Así, durante un viaje de una hora y media, su locomotora fue haciendo escalas irrespetuosas de las reglas témporoespaciales, haciendo elipsis de la vida de un tal Julián para luego partir hacia la cuna de la cultura occidental en la Grecia antigua, para luego recrear la vida en un conventillo porteño a principios del siglo XX, para después presenciar la hazaña de los "locos de la azotea" y, así sucesivamente, saltar antojadizamente por las historias mínimas y máximas de eso que llamamos humanidad. Es que nuestros cuerpos están hechos de esas historias grandes y pequeñas, que forman parte de un todo, sólo perceptible a través de los prismas del arte y la imaginación.

Da Vinci, Perón, Susini, Marconi, Edison fueron algunos de los personajes históricos, visionarios y creadores que –por instantes– resucitaron a través de Clavenzani, como si éste fuera una suerte de médium. Otros, como el Turco y Constantina, el Tano verdulero, o don Francesco, el librero milanés, también decidieron darse una vuelta por el escenario.

Humor, nostalgias, sutilezas y groserías de las culturas que conviven en este mundo y en estas latitudes, suscitaron aplausos, risas, y algún que otro lagrimón.

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