A Fondo
Miércoles 15 de Julio de 2015

Una ficción demasiado realista

Luciana Actis/ De la Redacción de UNO
lactis@uno.com.ar

“House of cards” es una serie que narra la intrincada carrera de un político que no siente empacho a la hora de incurrir en manipulaciones oscuras con tal de llegar al Salón Oval de la Casa Blanca. Aunque su difusión no es masiva, porque sólo se puede ver a través de Netflix, en las redes sociales y la prensa internacional su repercusión es inversamente proporcional.
Básicamente, la serie viene a respaldar la presunción de que el ejercicio de la política implica –como condición sine qua non– corrupción e intrigas.
Muchos dirigentes y mandatarios que siguen la serie con entusiasmo –incluyendo a su fan número uno, Barack Obama–, han remarcado que en la serie hay demasiadas exageraciones. Y seguramente las exacerbaciones son un condimento importante de la teatralidad, pero no hay que olvidar que Lord Michael Dobbs, fue jefe de gabinete de Margaret Thatcher y escribió la novela en que se basa la serie tras discutir fuertemente con la Dama de Hierro y renunciar al cargo. Más allá de eso,“House of Cards” refleja la percepción –infundada o no– de la gente sobre la política; para el deleite de algunos y la indignación de otros.
Las intrigas y la manipulación obscena son el elemento esencial de la serie, que ha sabido aprovecharse de las peleas entre republicanos y demócratas, la política exterior estadounidense y el manejo de la prensa.
Frank Underwood, cruel y maquiavélico protagonista de la serie –interpretado por Kevin Spacey– nos invita a los espectadores a adentrarnos al mundillo de la tan mentada “rosca política” y nos hace sus cómplices: “la Democracia está sobrevalorada”, nos secretea a espaldas de sus potenciales votantes. Y nosotros, que protestamos por la falta de honestidad, de acción y de compromiso de nuestros gobernantes, nosotros que vociferamos nuestra crispación en las redes sociales, simplemente amamos hasta la obsesión a este corrupto y nefasto personaje.
Quizás, este amor se deba a que Underwood es el único político –aunque sea de ficción– que viene a confirmarnos que los manejos dentro de un gobierno son tal como los imaginamos. Porque lo que nos importa es la verosimilitud y, aunque no nos guste, la realidad y la ficción no están en las antípodas en este caso.
Pero, cabe preguntarnos si esa inmersión ficticia en la trastienda del escenario político, es lo que nos está faltando en la realidad misma. Quizás, la mejor forma de corroborar qué hilos se mueven detrás del entramado del poder, sea recordar que, antes que público, somos ciudadanos. Claro que, en ese caso, la realidad no será tan entretenida como la ficción. Por supuesto que ser meros espectadores es más cómodo que leer dos o tres diarios, asistir a debates, o –aunque sea– preguntarnos quiénes componen ese largo listado de candidatos que metemos en una urna sin leer en detalle la boleta. Pero valdrá la pena intentarlo.

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