A Fondo
Jueves 08 de Octubre de 2015

Un viaje de una pareja argentina a Alaska se convirtió en una aventura familiar por el mundo

Partieron en un auto modelo 1928 con rumbo cierto por sólo seis meses. Tras 15 años de viaje tuvieron cuatro hijos y ya recorrieron cuatro continentes. 

Ellos están dando la vuelta al mundo. Y su historia también. Candelaria y Herman Zapp emprendieron viaje el 25 de enero de 2000. La idea era ir hasta Alaska en un plazo de seis meses. Y hoy siguen en ruta. En una auto modelo 1928 y con cuatro hijos que nacieron en el camino.

"Sólo faltaban 30 kilómetros para llegar a Alaska cuando Cande rompió a llorar. Llevábamos tres años y nueve meses de viaje", contó Herman. "Es que el sueño terminaba en Alaska. Lo más lindo de un sueño es vivirlo y no llegar al final", acotó jovial Candelaria, quien contó que esa noche, antes de cruzar la frontera de Canadá, "nos quedamos en una cabaña de madera. Sin luz. Con frío. Tratábamos de encontrar algo que nos hiciera felices. Y Alaska podía ser el comienzo de otro sueño".

Ese terminó siendo el punto de partida un formidable periplo. "Entre 2005 y 2006 recorrimos Chile y Argentina. En 2007 comenzamos la vuelta al mundo. Durante los dos primeros años visitamos Canadá y Estados Unidos por rutas distintas. En 2009 llegamos a Australia. Un año más tarde viajamos por Nueva Zelanda, Japón y Filipinas. En 2011 entramos al continente asiático a través de la isla de Borneo", enumera Herman desde Egipto, el país donde acaban de cerrar su travesía por Africa.

En mitad de la ruta -atravesando selvas, desiertos y un sinfín de puertos- la familia fue creciendo. Se sumaron a la tripulación Nahuel Pampa, Lucas Tehue, Paloma Huyaa y Marco Wallaby. Cuatro retoños que llevan tallado en la mitad del nombre su lugar de nacimiento. "Tienen dos nombres: el oficial y el exótico. A Paloma, por ejemplo, fue el líder de la tribu de los indios de Vancouver quien le puso Huyaa. En su idioma significa «que vuela alto»", relató el patriarca de este clan.

El auto con el que atravesaron ya cuatro continentes es una reliquia a la que bautizaron como Macondo Cambalache. "Después de Alaska, nació nuestro segundo hijo y queríamos tener más. Todo el mundo nos decía que el auto no daba para más. Las cosas se tienen que adaptar a nosotros. Así que lo cortamos por la mitad y le agregamos 40 centímetros", detalló Herman. "La mayor dificultad fue siempre quedarnos sin dinero. Nos sucedió en Ecuador, en un momento gravísimo, cuando se cambiaron al dólar". Fue cuando Candelaria se puso a pintar acuarelas que Herman enmarcaba y vendía casa por casa; se convirtieron incluso en objeto de trueque para sufragar los partos. "Íbamos pagando con cuadros", contó la madre, que inmediatamente agregó: "Los dos primeros nacimientos fueron en hospitales de EEUU y Argentina. Los otros dos, en casas de Canadá y Australia, con la asistencia de parteras".

Desde entonces, tanto el historial médico como la educación de los hisjo fueron ambulantes. "Educar a mis hijos fue un desafío. Tengo cuatro niveles distintos. Sigo el sistema argentino, pero lo más difícil es tener una rutina. Se trata de incorporar el viaje al estudio. Cuando estamos en carretera, intentamos hacer actividades en las que no tengan que concentrarse mucho. Sin darse cuenta van aprendiendo, y cuando visitamos Argentina, cada tres años, ingresan en el colegio".

Durante su expedición compartieron hogar con miles de familias. "Recibimos invitaciones constantemente. La mejor es la espontánea: alguien ve el auto, te lleva a casa y pone más platos en la mesa", confió Herman.

¿Para cuándo el regreso a la vida normal? "Hay un mal concepto de la realidad", respondió ella. "La realidad no es trabajar para pagar las cuentas. Tampoco somos unos hippies. Nos encanta un buen sillón o una buena televisión. No estamos en contra de esta sociedad, pero sabemos que podemos vivir y ser felices fuera del confort". Europa les aguarda: "Tenemos que conocer al Papa Francisco, Máxima (reina de Holanda) y Messi. Francisco es campechano. Máxima ya está avisada. Y Messi será cuestión de hablar con la seguridad. A él le tenemos que agradecer que nos abriera muchas puertas. Era decir su nombre y una frontera dura se convertía en una sonrisa", concluyó Herman.

 

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