A Fondo
Jueves 18 de Junio de 2015

Un sufrimiento que parece no tener final

Marcelo Comas/ De la Redacción de UNO
mcomas@uno.com.ar


Selva María Cabral, la joven oriunda de Villaguay que sufrió un gravísimo accidente en Villa Clara, tuvo que esperar dos años para ser operada en un centro médico de Córdoba. Ni las autoridades políticas ni la fuerza imparable de la solidaridad se habían ocupado de su caso, hasta que en 2013 UNO llegó hasta la sala de Traumatología de mujeres del hospital San Martín de Paraná después de un mensaje que había enviado una compañera de internación. Desde el mismo momento en que ingresó al nosocomio debió esperar postrada en una cama, junto a otras pacientes con dolencias que revestían menor o igual gravedad que la suya. En su cruzada por recuperarse Selva estuvo acompañada de algunos familiares que, como podían, viajaban hasta Paraná, pero siempre deambuló entre consultorios, salas de internación y laboratorios. Si bien ya pasó un tiempo bastante prudente del siniestro que la dejó inmovilizada, María no se olvida de ese momento y todo lo que vino después: su fémur y rodilla izquierdos quedaron virtualmente destrozados. Como la herida se infectó necesitó un tutor que reemplazara al hueso pulverizado. Apareció la prótesis, pero su cuerpo rechazó la pieza, por lo que la única alternativa viable para recuperar su pierna izquierda era una reconstrucción del fémur. Nadie más que ella sabe del dolor espantoso que ha tenido que soportar estando sola en una cama de un hospital, tanto que obligó a los doctores a mantenerla dormida con medicación la mayor parte del día. Su salud psicológica sufrió tal deterioro que se tradujo en una especie de resentimiento con toda persona que tiene cerca. Es la historia de una entrerriana que quedó desamparada, siempre postergada, sin la posibilidad de acceder a un tratamiento adecuado para avanzar en su recuperación. Sin obra social ni sustento económico para poder costearse el material que requería su cuadro clínico. Así fue siempre, ya que mientras se ilusionaba por cada pequeño avance, tímido pero que reflotaba la esperanza, todo se postergaba por la desidia de un sistema público de salud que tiene poco de inclusivo. Dos años postrada en una cama entregada a su suerte: la negligencia en su máxima expresión.

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