A Fondo
Sábado 23 de Enero de 2016

Un mandato maquillado de instinto

“No todo el que tenga un útero tiene que tener un hijo, así como no todo el que tenga cuerdas vocales tiene que ser cantante de ópera”. La frase pertenece a la periodista y escritora Gloria Steinem, y es una original respuesta para la trillada pregunta sobre la decisión de no ser madre. Por su parte, la actriz Cameron Díaz tuvo que dar explicaciones en una entrevista: “Tengo una vida increíble en muchos sentidos precisamente porque no tengo hijos. Es simplemente una opción”, 
La interrogación –en apariencia inocente– esconde una presión social de la que ninguna mujer se salva. Pareciera que la gente no puede descifrar cuál es el verdadero motivo que subyace en el simple hecho de que muchas –cada vez más– argumenten con un sintético “porque no quiero”.
En diciembre de 2015 la BBC publicó un informe que generó polémica en torno al asunto, poniendo en evidencia que el mundo está empecinado en opinar sobre las decisiones de aquellas que se atreven a sostener que su realización personal no pasa por darle uso al útero, sino por forjar una carrera profesional, o vivir sin las enormes responsabilidades que la maternidad implica.
“Yo creo que es una moda, una tendencia. Ojalá no se les haga tarde a la hora que deseen ser madres. Es lo más bello que hay”, fue una de las opiniones destacadas entre algunos de los lectores del informe, sin siquiera reparar en que lo que es bello para unas, no lo es para otras. Otros sintieron lástima, porque el reloj biológico es tirano. Y la mayoría decidió estigmatizar con un adjetivo hiriente: “Egoístas”.
Todos esos prejuicios se basan en la creencia incuestionable en el mentado “instinto maternal”. Si una mujer carece de él, hay algo malo con ella, está fuera de lo que se considera “normal”. 
Paradójicamente, quienes deciden ser madres de una familia numerosa también son blanco de críticas. Lo típico es aplicar el mote de “coneja” o “irresponsable” a aquella que decide tener más de tres hijos. Al momento de escribir esta líneas, me vienen a la mente las apreciaciones a las que suele ser sometida la cocinera Maru Botana, madre de ocho.
Pero, dejando de lado la paradoja, hay que comenzar a considerar la posibilidad de que el instinto maternal sea más un mito que un hecho, y que esté más relacionado con la tradición que con la biología pura y dura. 
De lo contrario, ¿cómo se explica que –al mismo tiempo– nadie hable de un denominado “instinto paternal” cuando cada vez hay más hombres dispuestos a cambiar pañales, jugar, alimentar y educar a sus hijos? Simplemente porque no es instinto, sino un positivo cambio social.
De la misma manera, este cambio de paradigma se da en las mujeres que toman la decisión de no ser madres por diversas circunstancias ligadas a la evolución cognitiva de la sociedad: los roles de hombres y mujeres han cambiado para adaptarse a las nuevas tendencias. 
Esto implica que la decisión de ser madre alude más a una convicción que a un instinto, y ninguna mujer debería ser juzgada por ello.

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