La Provincia
Domingo 28 de Junio de 2015

Un hombre de corazón caliente en la ciudad de los muertos

Entusiasta . Término que describe a Eleuterio Miguel Sosa, de 56 años. Albañil de día y sereno de noche en el Cementerio Municipal Santísima Trinidad de Paraná. Nació en Diamante, pescó para comer y hasta emigró a Buenos Aires y volvió. Tiene seis hijos.

Lucila Tosolino / De la Redacción de UNO
ltosolino@uno.com.ar

 

Es viernes y son las 20. El cielo está nublado y la temperatura es de unos 19 grados. Es junio, pleno invierno, pero el clima frío no se hace presente y gana lugar una humedad pegajosa que hace transpirar el piso. Una brisa fresca recorre los pasillos vacíos del Cementerio Municipal “Santísima Trinidad” de Paraná. El aroma a claveles y margaritas puestas hace unas horas en algunos nichos genera un ambiente ameno y tranquilizador, más allá de lo perturbador que puede ser estar en la ciudad de los muertos.

 

La luz de la luna y los incontables faroles recientemente instalados en el cementerio, iluminan las calles internas de las siete hectáreas que se extienden en el predio ubicado en Perú y Gran Chaco. En el lugar en donde se despide a los seres queridos antes de ir “al más allá” sólo está el sereno, Eleuterio Miguel Sosa y el policía, Rafael Gómez. Además, algunos perros y gatos corretean y juegan entre sí.

 

El policía se dispone a caminar entre los 600 panteones, los 14.000 nichos y las casi 2.000 fosas que descansan en el cementerio. Sosa, con una sonrisa de oreja a oreja por ver a otro ser humano vivo aparte de él y Gómez, se presta al diálogo nocturno con UNO. Es un hombre muy hablador.

 

El sereno tiene 56 años y está en excelentes condiciones físicas. Es de estatura mediana -algo menos de 1,75 metros- tiene un aspecto masculino, sus hombros son anchos, sus cabellos conservan el color oscuro, su cara, de mandíbula cuadrada, guarda un color juvenil y sus dientes blancos y tan fuertes como para partir nueces, están intactos. Pesa unos 76 kilos, unos pocos más que cuando era jovencito y se aventuraba a dormir en Plaza Italia de la Avenida Santa Fe del barrio porteño de Palermo.

 

Maniático del diccionario, amante de las palabras difíciles y autor de la frase “nunca se termina de aprender en la vida. Hay que aprender cuanto se pueda”. Sosa nació el 17 de febrero de 1959 en Diamante.

 

La pesca y el acoso escolar

 


—¿Cómo es tu familia?

—Mi papá, Pedro Adolfo Sosa, nació en Islas del Ibicuy y era policía. A los 20 años conoció a una mujer de Crespo, que no recuerdo su nombre, y tuvieron dos hijos a los que llamaron Pedro Javier y César Adolfo. Luego esa mujer murió y mi papá quedó solo con los dos chicos. A los meses conoció a mi mamá, Plácida Floreana González, que también nació en Islas del Ibicuy y se mudaron a Diamante. Ahí se instalaron en un rancho de la zona del Puerto Viejo, que es en donde nací yo y luego mi hermana Graciela, que murió cuando tenía 15 años –cuenta Sosa con voz quebrada, suspira y se frota las manos. Está nervioso, toma fuerzas y se anima a continuar con su pasado- al tiempo mi papá nos abandonó. Yo era muy chiquito no recuerdo bien las cosas, pero sé que mi mamá conoce al tiempo un hombre de Diamante y tienen tres hijos: Ramón, Silvia y María Rosa.

 


—¿Cómo fue tu infancia?

—Muy difícil. Nací en un rancho de la zona del Puerto Viejo de Diamante y eso ya me limitó en muchos aspectos porque estaba yo, con mi mamá, la pareja de mi mamá y mis hermanos que en total éramos siete y nos llevábamos de diferencia uno o dos años. Vivíamos de la pesca, ella trabajaba todo el día, pero su pareja no. Así que a los 9 años empecé a ayudar a mi mamá con la pesca. Ella fue una mujer muy buena y valiente, murió de cáncer de ovario en 1996, tenía la misma edad que yo tengo ahora, 56 años.

 


—¿Qué más te pasó que tenés malos recuerdos de tu infancia?

—Bueno, mi mamá estaba muy sola. Entonces la empecé a ayudar con la pesca. Pescaba de noche y a la mañana cursaba la Primaria en la Escuela N°1 Independencia de Diamante. Pero era horrible. Ahí los chicos eran muy crueles conmigo, me hacían acoso escolar –se detiene un momento, se suena los dedos, según él un hábito horrible que lo hace cuando está nervioso o toca temas que prefiere evitar, sigue con el relato-, hoy se conoce al acoso escolar como bullying y la verdad es que lo sufría a diario.

  

Pobres. Esa es la palabra que utiliza Sosa para describir su infancia. “Éramos pobres, con la pesca no se ganaba mucho. Por más que mi mamá, mis hermanos y yo pescáramos no ganábamos lo suficiente para vivir”, explica el hombre de 56 años y agrega que los verdaderos problemas surgieron en la escuela.

 

 

—¿Qué pasó en la escuela?

—El problema que tenía es que pescaba toda la noche, iba a la madrugada a entregar todo el pescado al acopiador y luego me bañaba, cambiaba y perfumaba para ir a la escuela. Pero el olor a pescado seguía, la gente me sentía el olor igual y se burlaban de mí- su voz es firme, se siente fuerte, se pasa los dedos por el pelo como peinándoselo, mira el piso transpirado y vuelve a levantar la mirada, continúa- era horrible, yo estaba hablando con un amigo y de repente venía uno de los hijos de los hombres que más plata tenía en Diamante y decía ‘no te juntes con Sosa, tiene olor a pescado’. Sufría mucho, pero me aguantaba las burlas por mi mamá, hasta que un día no lo soporté más y empecé a pelearme con los que me insultaban.

  

Desde ese momento, Eleuterio empezó a acumular suspensiones. “Los profesores eran buenísimos. Ellos me entendían y me volvían a aceptar en la escuela. Pero mis compañeros no entendían nada, sólo se limitaban a insultarme. La verdad es que me dolía mucho”, relata el sereno y en ese momento se nota que el triste pasado vuelve al presente. Aprieta sus manos, mastica chicle más fuerte y se limita a decir: “Llegué a empezar el Secundario en la Escuela Nacional de Educación Técnica (E.N.E.T) Nº 1 de Diamante. Pero a los 15 años dejé el cursado y me fui a Buenos Aires”.

  

El cielo sigue nublado. El Servicio Meteorológico Nacional anuncia lluvias y chaparrones para este fin de semana. Parece que en cualquier momento va a empezar a caer agua, pero no, la noche continua tranquila, serena. La ciudad de los muertos descansa. Nada se mueve, ni los perros ni gatos que en un comienzo jugaban entre sí.

 


Dormir con los linyeras

 


—¿Por qué te fuiste a Buenos Aires?

—Tenía 15 años, era joven y tenía un poco de dinero ahorrado de la pesca. Un día, luego de una fuerte pelea en el colegio con un compañero me suspendieron y ahí mi vieja me retó mucho y me dijo que debía volver a la escuela. Pero yo no aguantaba más, así que agarré un bolso y me fui a Buenos Aires –se ríe y cambia de ánimo. Parece recordar lo que era ser joven y no tener ataduras, ser libre y hacer lo que uno quiere continúa con la charla- Me fui sin conocer. Llegué en colectivo a la estación de Retiro y me fui caminando a Plaza Italia, que está ubicada sobre Avenida Santa Fe en el barrio porteño de Palermo. Ahí me hice amigo de unos linyeras, dormía con ellos en esa plaza.

 

 

Cómplices. En eso se convirtieron los linyeras para él. “Nos volvimos muy amigos. Cada vez que venía la policía a corrernos de la plaza, los linyeras me decían: ‘Anda para allá pibe’. Me cuidaron y ayudaron mucho”. Un día, Eleuterio les compró, con el poco dinero que tenía, pan, fiambre y una botella de vino. “Ellos estaban muy agradecidos y me dijeron que comprara el diario del día y eso hice. En ese momento los linyeras se pusieron a buscarme trabajo y me consiguieron en una panadería”.

 

 

Valentín Alsina es una ciudad del partido de Lanús que está unida a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el Puente Alsina, construido en 1938. La panadería en la que empezó a trabajar Sosa, a unas semanas de llegar a Capital Federal, estaba en esa ciudad. “Salí a la 1 de Plaza Italia y llegué a las 5 a Valentín Alsina. Los linyeras me habían indicado por dónde ir, así que me digné a caminar un largo rato”, explica Eleuterio.

  

 

—¿Cómo siguió tu vida luego de conseguir trabajo en la panadería?

—Fue en ascenso. El dueño de la panadería me eligió a mí entre unas 20 personas, supongo porque era joven y tenía un poco de experiencia sobre panadería porque cuando chico ayudé a mi primo que trabajaba en una. El dueño de la panadería era un tipo buenísimo. Primero me consiguió un cuarto en una pensión de la zona. Después me fui a vivir a un cuartito a su casa, en el que estuve durante cuatro años. Mientras trabajaba en su panadería, terminaba la escuela secundaria de noche.

 

A los 19 años Sosa terminó el secundario en la Escuela Normal Superior Nº 9 “Domingo Faustino Sarmiento” del barrio porteño de Once, y luego se fue a vivir con su hermana María Rosa a Lanús. “Ella es hermana mía por parte de mi madre. Vivía con su hija y marido. Estuve muy poco tiempo con ella porque vi cosas que no me gustaron que ocurrían en su casa, así que me fui a vivir solo a una pensión”, relata Sosa y cuenta que alquiló un cuartito en esa localidad y trabajó un tiempo en una carnicería.

 

—¿Qué pasó luego de trabajar en la carnicería de Lanús?

—Mientras estaba en la carnicería trabajando, intercambié un par de cartas con mi hermano Pedro Javier, que estaba en Rosario, y él me dijo que vaya a visitarlo. Así que fui y me quedé trabajando en Rosario unos meses en una construcción con él. Luego se terminó el trabajo, Pedro se volvió a Diamante y yo me fui a trabajar a la Central Nuclear Atucha I, que estaba en la ciudad de Lima, que pertenece al partido de Zárate, Buenos Aires. Ahí estaba con un amigo de Diamante, quien me había comentado que buscaban gente. En la Central me hicieron estudiar y me especialicé en armadura, carpintería de obra y albañil. Cuando terminamos las obras que hacíamos en la Central, nos trasladaron a hacer la autopista San Nicolás-Buenos Aires y luego, cuando se terminó la obra, me vine a Paraná.

 


Echar raíces

 

—¿Cuándo te instalaste en Paraná?

—En 1980, tenía 21 años. Con la plata que había ganado en Buenos Aires me hice una casita en el barrio Anacleto Medina. Conseguí trabajo de envasador de vinos en una fábrica que se llamaba “Franja amarilla”. Luego trabajé en un matadero que estaba por el Volcadero hasta que me despidieron porque cerró. En ese momento un amigo me cuenta que buscan gente en una panadería que estaba en Bulevar General Racedo y Alsina, fui y me tomaron enseguida por mi experiencia. A las dos semanas de estar en la panadería un compañero me comenta de una vacante en la Municipalidad de Paraná así que me fui corriendo a buscar el puesto.

 

En 1980, Sosa conoce a Estela, salen un tiempo de novios y al tiempo ella queda embarazada por lo que decidieron casarse. “Primero vino Paola y al año siguiente vino Miguel y luego Franco”, cuenta el hombre y lamenta que el matrimonio haya durado seis años porque “ella no estaba bien”. Eleuterio hizo los trámites para tener la tenencia de los tres chicos y recibió la ayuda de su madre, que se vino de Diamante a vivir a Paraná, y de sus suegros. “Los abuelos de los chicos me ayudaban mucho. Paola estaba con mi mamá y los varones con los abuelos que vivían a una cuadra de casa”, explica el hombre y detalla que su casa siempre estuvo cerca de la plaza Juan José Valle del barrio Anacleto Medina.

 

—¿Cómo fue el trabajo en la Municipalidad?

—Trabajaba de 6 a 18 en la Municipalidad de Paraná en el área de construcciones. Me tomaron enseguida porque tenía excelentes recomendaciones y me habían mandado a sacar el certificado de buena conducta y todo estaba bien. A los días arranqué en el municipio y combinaba el trabajo en la panadería, aunque casi no dormía -cuenta el sereno y agrega que a la panadería entraba a las 19 y salía a las 5.

  

—¿Tuviste que elegir entre tu trabajo en la Municipalidad y la panadería?

—Sí, y me quedé con el de la Municipalidad. Tuve que hablar con el de la panadería y decirle que estaba agotado, que trabajaba todo el día y casi ni dormía, y no podía ver a mi mujer e hijos. El dueño era muy bueno, me ofreció ponerme en blanco, pero no me convenía porque me ofrecía la mitad de lo que cobraba en la Municipalidad.

  

Fue así como Sosa renunció a su labor en la panadería y empezó a trabajar de lo que le gusta: construcciones. Con los compañeros de trabajo de la Municipalidad armaron un grupo y empezaron a laburar de albañiles en los horarios que no realizaban tareas para el gobierno de Paraná. “Armamos un lindo grupo, de 6 a 18 trabajábamos en la Municipalidad haciendo viviendas, arreglando edificios y hasta hicimos el llamado Paseo Jardín, que está en calle Moreno y San Juan, y por la tarde íbamos y hacíamos trabajos por nuestra cuenta”, explica.

  

En 1986, cuando Sosa se separó de Estela estuvo los siguientes dos años solo. Hasta 1988 que conoció a Miriam, una vecina que empezó yendo a su casa a ver novelas y luego terminó siendo su pareja. “Se quedó 23 años a vivir en casa. Tuve dos hijos con ella: Carla y Alejandro”, cuenta el hombre y se toca la cabeza lamentando las relaciones fallidas que tuvo con Estela y Miriam, y asegura que tiene esperanza que todo salga bien con su actual pareja Gisela, con quien convive desde 2011 y tiene una hija: Floreana de 3 años.

  

—¿O sea que fuiste padre a los 53 años?

—Sí. A Gisela la conocí en el Motoencuentro de Diamante y pegamos muy buena onda. A fines de 2011 decidimos irnos de vacaciones en moto hasta Bariloche. Ella es joven, tiene 34 años, la misma edad que mi hija mayor, y en el viaje quedó embarazada–suspira fuerte, se encoge de hombros y sonríe. Asegura que fue algo que no planearon, pero que ser padre de grande es un regalo maravilloso. Además explica que cuando le contó la noticia a sus hijos todos lo recibieron con “mucha emoción y como una bendición”.

  

En la ciudad de los muertos

 

La noche sigue tranquila, silenciosa. El canto de los grillos acompaña la soledad del cementerio. El paisaje en la ciudad de los muertos es limpio. Los panteones se elevan con sus estructuras de época barroca y clásica. Algunos estilos arquitectónicos permanecen intactos y otros no, el tiempo les pasó factura.

 

Luego de trabajar desde 1980 a 1983 en el área de construcciones de la Municipalidad de Paraná, Sosa pidió el traslado al cementerio porque había ido a ese lugar a hacer unas reparaciones y le encantó. “Fue amor a primera vista. Me encanta el cementerio. Las obras arquitectónicas que hay son alucinantes”.

 

 

—¿Qué hiciste al principio en el cementerio?

—Entré en 1983, cuando lo hice pensé que me iban a hacer trabajar en construcciones, de albañil. Pero no, trabajaba en la morgue y de sepulturero. Treinta años estuve haciendo esos trabajos que al principio pueden resultar difíciles y bastantes tétricos. Pero luego te acostumbras y lo tomas como algo superficial. Sí tengo que reconocer que al comienzo cuando estaba en la morgue y veía un cuerpo muerto, descompuesto, se me revolvía el estómago y cuando me iba a casa no podía comer guiso por ejemplo. Pero con el tiempo uno se acostumbra a tomar distancia y a naturalizar el hecho de que todos los días venga gente a despedir a sus seres queridos.

 

 

Desde hace dos años, Eleuterio combina su trabajo de albañil de 8 a 18 y de sereno de 19 a 5. Él asegura que de esta manera puede ganar un sueldo digno para mantener a su familia. “Toda la vida trabajé y traté de darle lo mejor a mis hijos, quienes ahora trabajan y estudian, menos la de 3 años, que es chiquita”.

 

 

Situaciones extrañas

 


Acostumbrado a que le pregunten siempre lo mismo: “¿Viste algo extraño?”, Sosa dice: “Con mis compañeros hemos encontrado sapos estaqueados con la boca cocida. Cuando vemos eso, nosotros le abrimos la boca y le sacamos la foto que llevan adentro. Dicen que es un ritual para que el tipo de la foto se muera”. 

 

A más de tres décadas de caminar por la ciudad de los muertos, el sereno insiste en que “desde que se iluminó el cementerio se ven menos cosas, pero antes cada tanto me encontraba que en tres lugares del cementerio se realizaban rituales de algunas sectas. Algunas reuniones eran en la cruz mayor o en dos panteones del sector más viejo del cementerio. Una vez sorprendí con un compañero a un grupo de personas en pleno ritual. Eran personas que habían encendido varias velas y dispuesto una mesa servida, con comida y whisky. Todos fumaban cigarros”, dice Eleuterio y agrega que también en una oportunidad se encontró con velas y mesas con comida y buenas vajillas y botellas de whisky.

 

“Si te digo que he visto algo más, miento. Una vez por la noche me asustó un gato y otra vez una paloma. Pero nada más. No hay que tenerle miedo a los muertos, sino que a los vivos”, manifiesta el sereno y dice que cada tanto jóvenes van a robar placas. 

 

El amor por la arquitectura

 


“A mí siempre me gusta mucho la arquitectura, si hubiera podido me hubiese gustado estudiar esa carrera”, afirma Sosa. El sereno pasea a diario por las siete hectáreas con panteones de estilos arquitectónicos alucinantes. Afuera, en la ciudad de los vivos, reinan los edificios modernos y casas prefabricadas que en un abrir y cerrar de ojos están listas. Las casonas antiguas con ornamentaciones que reviven el estilo de Barroco o Clásico están desapareciendo. Pero, paradójicamente, dentro de la ciudad de los muertos aún permanecen.

 

El Cementerio Municipal de la “Santísima Trinidad” se creó a partir de una ley provincial del 13 de noviembre de 1824 que autorizaba la fundación de cementerios. Hasta entonces en las ciudades de esta provincia la sepultura de cadáveres junto a las iglesias era una práctica común y aceptada. 

 

 

La sutil despedida

 


Son las 22.30, Sosa anuncia que va a hacer un recorrido por el cementerio. “Además de cuidar y vigilar el lugar para que esté todo en orden, me gusta mucho pasear y apreciar las obras de arte que son los panteones”, relata mientras se dispone a caminar hacia el crematorio.

 

El cielo está oscuro y la brisa es un poco más intensa, aunque la humedad y el calor pegajoso siguen latentes. En las calles que corren afuera de la ciudad de los muertos no hay ni un alma, parece el desierto, con una atmósfera que puede generar inseguridad y miedo debido al silencio perturbador o, por el contrario, tranquilidad y emoción por caminar en paz por la capital provincial sin la intensidad que se vive a diario.

 

Tal como dice Sosa: “Estando en el cementerio uno aprende a convivir con uno mismo. Vivimos en una vorágine que nos hace estar a mil las 24 horas al día, por eso estos momentos son muy valiosos, porque es cuando se baja un cambio”.

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