A Fondo
Domingo 24 de Abril de 2016

Un duelo demorado por los próceres racistas del aula

Descubriendo Entre Ríos. Algunas razones para comprender el racismo que se lee en los diarios, se escucha en las tribunas del fútbol e impregna la vida de los argentinos. Responsabilidades en la educación y la historia mejor difundida

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar


“El 90 por ciento de las denuncias de estafas son contra gitanos”, titulaba ayer un diario de Neuquén. No hemos leído un título que diga “el 99,99 por ciento de los hechos de corrupción no involucran a gitanos”.

“Señor Thuram, son los negros y los árabes quienes crean problemas en los suburbios”, dijo el presidente francés Nicolás Sarkozy. Y el jugador le respondió: “Los que crean problemas en los suburbios no son los negros ni los árabes, se llaman delincuentes”.

El racismo ha acompañado las peores torturas, las peores matanzas, varios genocidios y es fuente del descrédito de millones de sobrevivientes. Por eso hay que extremar la delicadeza en el asunto.

Cuántos nacen disculpándose, por el racismo, como diciendo “perdón por mi nariz aguileña, no volverá a ocurrir”.

Y el racismo tiene varias marcas, puede ser color, estatura, religión, pertenencia a un grupo o a una región; puede ser por costumbres.

La portación de rostro nos hace sospechosos en un país racista. Y no es difícil que el vecino suponga que somos tacaños con solo husmear en nuestra la religión, o que merecemos el cargo con mirarnos la marca del orillo. Prejuicios al fin, pero prejuicios sociales y con efectos graves.

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Los rotuladores

El color de la piel, la forma de la nariz, la textura del cabello, la estatura son flores del bellísimo jardín de la humanidad que podemos apreciar y celebrar, un regalo de la naturaleza.

Sin embargo, las pretensiones de mando de unos pocos señalaron rasgos a la vista para descalificar culturas enteras, milenarias, con un rótulo. Así les fue fácil colocarlas a su servicio. “Me gritaron negra”, canta la bella Victoria Santa Cruz.

La propaganda convenció a unos de su deseada superioridad, a otros de su odiada inferioridad, y esa estratificación maliciosa prendió en muchos inocentes. 

Fue tan exitosa Europa en su racismo que logró pintar a Jesús como un francés de ojos celestes. Aunque dé un poquito de risa.

“Ustedes no creen en el mismo Dios que nosotros, los perfectos: se marchan de acá, no son personas”. “A ustedes los necesitamos de esclavos, entonces veamos la diferencia: el color de la piel, la estatura”. Cualquier diferencia palpable y conveniente sirvió a los fines del menosprecio.

No se fijaron en la cantidad de los dedos de la mano o la cantidad de ojos en la cara, porque eso no les rendía. Buscaron la diferencia y la hallaron.

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Es una droga

Despreciar lo distinto y subordinarlo fue la meta de las clases altas. Eso dio sus ventajas a unos sobre otros durante siglos, y lo que era una excusa para el dominio, el saqueo y la explotación del humano fue encontrando justificativos a través del tiempo, porque todo poder encuentra sus pretendidos “intelectuales”, sean obispos, sabios, corporaciones, que actúan como caballería blindada imponiendo argumentos falsos. No son los más brutos, son los menos escrupulosos, los eunucos que se extirparon la capacidad de autocrítica. Mercenarios a todo o nada.

Y los hay también cándidos que, echada una versión al ruedo, se la creen porque les llega de una zona de prestigio, de estatus, y porque les conviene un poquito. Entonces hacen malabares para sostener estupideces a como dé lugar, ya que eso los coloca, en su tiempo, en la cresta de la ola.

Los argentinos tenemos un plus de racismo incorporado, desde que el llamado “padre del aula” es racista y sigue siendo padre del aula. ¿Eran todos racistas en la época? No, de ninguna manera. 

Los racistas muestran otras facetas que pueden ser geniales, talentosas, pero a su paso tiñen el aire con su racismo. Por algún lado desacreditarán lo distinto para quedar ellos encima, y su droga es tan adictiva que los que mordieron el anzuelo desde un ámbito más amistoso, menos controversial, justificarán luego su racismo y relativizarán sus consecuencias perversas. El racismo nos calza una camiseta, nos partidiza, nos droga.

Llegado el siglo XXI, el racismo continúa. Se escucha incluso en las canchas de fútbol (“yo a veces me pregunto, che negro sucio, si te bañás”).

Descalificar al pobre, al morocho, al vecino de al lado, al que practica otra religión es moneda corriente, y el sistema busca combatir con represión esas actitudes que mamamos en el aula. Por ejemplo con un árbitro parando el partido. Como quien dijera “pensalo, pero no lo digás porque nos comprometés, no es políticamente correcto, y nos van a descontar los puntos”.

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Blanquearnos

Frente al estado de cosas, aquí intentaremos mostrar cómo nuestros poetas, filósofos, políticos, los que impusieron su modelo a fuerza de Remington y sobornos, en general pertenecientes a una alta burguesía o a una oligarquía, establecieron un sistema racista con distintas marcas, algunas aún inexploradas. Nos dejaron de herencia una escala en una suerte de inconsciente colectivo, una tabla que todo lo mide y lo pesa.

Esto caló hondo. Conocemos personas que se ponían felices si en la planilla de sus hijos en la escuela no aparecía la nariz aguileña y la piel trigueña.

El violador declaró inferiores los rasgos propios de sus víctimas. El ventarrón cruzó 500 años y sigue soplando. Hoy mismo en algunos países de Sudamérica se registran masivas cirugías para disimular la curvatura de la nariz, un hermoso rasgo propio, milenario, pero desacreditado. 

Muchas familias buscaron entrar al ruedo que controlaba el invasor, y si la suerte les daba algún abuelo italiano, alemán o español, alguna chapa que no fuera africana o del Abya yala (América), entonces se aferraban a esa tabla de salvación. Cruzar el umbral, mantenerse a flote, desprenderse de raíces poco edificantes, vergonzantes. Blanquearse en suma.

En la Argentina, el llamado “padre del aula” es racista, y lo mismo el llamado “padre de la Constitución”. Y es racista el llamado “padre del Estado”, y es racista el mayor de los llamados “nativistas”, y es racista el sacerdote bueno amante de los niños.

No hablaremos de otros padres de la patria grande porque los ejemplos ya alcanzan. 

Así es como nos tragamos el relato de que debíamos liderar a toda Latinoamérica, por el “mérito” de ser más “blancos”. 

Sería largo enumerar las consecuencias. Nuestra desidia, por caso, frente a los actuales atropellos a Haití.

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El velorio

Es claro que señalar el racismo de algunos no equivale a descreditarlos por completo. Nos estamos refiriendo a una mancha, cada cual calibrará lo que importa en el individuo, en el conjunto, en la época, en la nación.

Pero a calzarse pues el luto porque hablar de racismo equivale a un duelo, un velorio donde nuestros (mis) próceres caen como moscas. 

El racismo es tan perverso, genera tantas distorsiones, privilegios, muerte, que apenas coloquemos sobre la mesa el problema nos veremos obligados a revisarnos, si somos honestos. A hurgar en nuestras mochilas y dejar caer de su pedestal incluso a los “grandes entre los grandes”. 

Eso no es gratuito, la reacción está dentro de los cálculos.

¿Cuántos estamos dispuestos a soportar el duelo? ¿Cuántos, si además ese duelo implica descolgar algunos cuadritos ilustres, destruir algunos escalones de nuestro propio ascenso social?

¿Y cuántos esperarán que el vecino descuelgue su cuadro para colgarle en ese clavito el propio, seguros de que el racismo es un problema de la puerta de casa para afuera?

Como ocurrió cuando las pruebas abrumadoras contra un sacerdote que “amaba” a los niños en Buenos Aires: la defensa de sus allegados era insostenible a todas luces, pero es que la confianza depositada había sido inmensa, y eso impide a veces registrar lo que está a la vista. Además la caída del otro suena a fracaso propio.

Lo mismo ocurre ante los corruptos, o las mafias enquistadas en la política. Pueden robar ante nuestros ojos que buscaremos justificarlos.

(Me pasó también en el fútbol. Era tan fanático de mi club y de un gran defensor de mi club y de la Selección, que siempre puse reparos cuando me mostraban que era un bandido).

Esa partidización llevada al inconsciente colectivo soldará los engaños, y algunos bien soldados se los llevarán al cajón. No, no y no. El padrecito es incapaz de eso…

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Altas casas chatas

Si en los sectores populares los próceres quedan en el corazón, como la camiseta de fútbol, algo similar ocurre en las universidades y allí están en juego además el estatus, el prestigio. Allí no se baila el tango porque nadie recula. Y es más fácil hacer pata ancha porque las góndolas de argumentos están repletas, los hay al por mayor para todos los gustos.

Afuera de la universidad caen los bustos populares, adentro caen los padres de la ciencia. ¡Qué horror! ¿Hay citas, bibliografía? ¿Es ésta una proposición apodíctica?

Se recuerda a un señor de Paraná con cierta fama en la escala social que, ante una columna con razones para sostener que el genovés Cristóforo Colombo no había “descubierto” América, respondió enojado: “Ahora dicen que Colón no descubrió América, ¡entonces quién carajo la descubrió!”.

Es decir: aquí me planto, esto es lo que me enseñó la señorita, lo que sostenía mi finadito padre, no vengan los zurditos a cambiarme la historia. ¡Imberbes!

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Al por mayor

Un caso reciente, el de aquellos que aún refunfuñan porque Néstor Kirchner mandó descolgar el cuadro de Jorge Videla, y no se preguntan lo obvio: qué caracho hacía aún ese cuadro ahí.

Algo así pasó cuando la confluencia de varios sectores permitió la devolución del nombre Alameda de la Federación a la avenida Rivadavia en Paraná. ¡Los lagrimones!

Es decir, algunos que alcanzaron un grado de escolaridad son (somos) a veces más fanáticos, más siervos de los dogmas aplicados por el sistema.

En estas columnas mostraremos ciertos ejemplos de un listado inagotable de racistas que sostienen en las aulas ese racismo (o ur racismo, parafraseando a Umberto Eco). Un racismo corroborado cada 11 de setiembre en la celebración del Día del Maestro en homenaje a un presidente que sentía repugnancia por personas como el 90 por ciento de nosotros, los argentinos. (Y me voy a sentar, porque este duelo nos duele a todos, claro).

Como se verá, hasta aquí no dimos nombres. Nosotros mismos nos debemos unos funerales. 

En grupo se hará más llevadero, mirando cómo llegan los ramos de flores, las coronas, reavivando las bondades del difunto, las anécdotas, y abrazándonos con los demás deudos, prestándonos un pañuelo, en desprendimiento ritual que nos aceite la resignación.

Porque sería horrible decir que el muerto tiene olor a muerto hace rato ¿no? Y armar una de piñas y escupitajos, a vela limpia en medio del velorio.

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Y llegó Watson

El Nobel de medicina James Watson, biólogo genetista, echó nafta al fuego hace casi una década cuando afirmó que los llamados blancos (ese color de piel no existe) son superiores desde la perspectiva de la razón.

Racismo científico en la boca de uno de los padres del ADN. Sus declaraciones explotaron en el centro del universo de la ciencia y los derechos humanos.

Ya teníamos a los padres del aula, del estado, de la constitución, del nativismo, ahora tenemos al padre del ADN. Con padrecitos así quién precisa enemigos ¿no?

Ahora, ¿cómo combatirlo, una vez instalado?

El problema está en Watson, que debiera conocer la trascendencia de una opinión infundada. Y las consecuencias de la selección puntillosa de un aspecto del humano que podría ser tomado por el todo y de fogonear con imprudencia el racismo que tanto daño nos ha hecho.

Como si fuera poco, estudios de ADN están mostrando mezclas diversas de homo sapiens, neandertal y denisovanos, relaciones sexuales antes impensadas, de manera que la manipulación de la ciencia puede hacer estragos en la conciencia. Hay que estar en alerta, seriamente. Más allá de cierta veta erótica en las novedades, que hacen a la historia humana menos aburrida.

Pero el mayor problema no está en Watson sino en occidente que al reducir al humano a su mínima expresión se metió en un berenjenal.

El racismo negativo es insostenible en cualquier caso, más aún si miramos al humano en su real dimensión compleja, una confluencia de mil factores en proporciones que ignoramos, y que dan frutos iguales en su diversidad. (Los zapatistas dicen: “somos iguales porque somos distintos”).

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Un paisaje

El humano es un paisaje en un paisaje, tiene dimensiones, redes insondables; sinergias inexploradas, factores que se potencian en forma recíproca, donde las medidas de la ciencia dicen poco y nada. Los modos, las vías, los ámbitos del conocimiento son diversos, la capacidad de comprensión es mucho mayor que el uso habitual, de manera que si conocemos al humano desde una mirada integral estaremos inmunizados contra cualquier discriminación negativa, curados de soberbia.

¿Puede medirse esa complejidad? ¿De qué largo es el saber? ¿Cuánto pesan el amor, la amistad?

Respecto de las lógicas diferencias entre grupos, comunidades, historias, nada mejor que el diálogo, la interacción, el trabajo en común, el espíritu comunitario para curarnos de la estupidez del racismo. En el plano social, como los zapatistas, pediremos que los demás vayan al paso del más lento (el nuestro quizá), para acompañarnos.

Lo que decimos está en las antípodas de un profesor que teníamos en la Facultad que decía que los negros son “inferiores desde la punta del dedo gordo”, y bien lejos de los cánticos de la hinchada de mi propio equipo de fútbol, que me avergüenzan y me dan pena. Racismo de corbata, racismo descamisado. 

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Los padres

Domingo Sarmiento sentía “repugnancia” por los indios. Decía que el mérito de los ingleses en Norteamérica consistía en no mezclarse con el indio, mantener la raza “pura”. Además, el “padre del aula” era antisemita.

Dice Juan Bautista Alberdi: “Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente”. 

Y dice Alberdi: “Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaríais la república ciertamente. No la realizaríais tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla allá o acá. Si hemos de componer nuestra población para nuestro sistema de gobierno, si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona”.

Ahora, ¿eso tuvo influencias? Veamos el artículo 25 de nuestra Constitución: “El Gobierno federal fomentará la inmigración europea”. En 150 años, nadie cambió ese artículo racista.

Julio Argentino Roca: “Estamos como nación empeñados en una contienda de razas en que el indígena lleva sobre sí el tremendo anatema de su desaparición, escrito en nombre de la civilización. Destruyamos, pues, moralmente esa raza, aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Esta raza quebrada y dispersa, acabará por abrazar la causa de la civilización”.

¿Y José Hernández? En la misma época en que el blanco (de Rosas a Roca) atacaba a los indios, dice en el Martín Fierro: “el indio es de parecer/ que siempre matar se debe,/ pues la sangre que no bebe/ le gusta verla correr”.

“El indio es indio y no quiere/ apiar de su condición/ ha nacido indio ladrón/ y como indio ladrón muere”…

¿No es una manito para atropellarlos?

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Breves ejemplos de un mundo de expulsiones

Pensadores de la Argentina y del mundo que cayeron en la trampa del racismo, y siguen vigentes, sin mayores críticas que adviertan su error, o el error de sus generaciones.

Zambo. Así figura en las redes el correntino Juan Bautista Cabral, hijo del guaraní José Jacinto y la angoleña Carmen Robledo.

De entrada nomás lo distinguen. Nadie dice “blanco” de un blanco (más blanco, ya que blancos no existen). Y como el occidente inventó un nombre racista desde su visión racista que separa a las personas por el color de piel, entonces seguimos leyendo ese disparate naturalizado: “zambo”.

¿Zambo? Ah, entonces no era normal como “nosotros”, que somos ¿“puros”?

Por una carta de San Martín quedó el recuerdo del “muero contento” en servicio de una patria que estaba maltratando a los suyos por 300 años. Debemos suponer que Cabral era un esclavo del esclavista correntino Luis Cabral, o siervo en el mejor de los casos, como sus padres y como la mayoría de los combatientes de la independencia.

Con él, como con María Remedios del Valle y otros, sabemos que los originarios y los negros estuvieron al frente en las batallas de la independencia. Es decir, la patria fue regada con la sangre de la servidumbre, los esclavizados, los gauchos.

En las representaciones infantiles de los actos patrios escolares, los que hacen la revolución son blancos de galera y levita, las señoras de miriñaque, y los negros se ven reducidos al aguatero y la mazamorrera. Ni combatientes para evitar que se note quién puso el cuero, ni esclavizados para evitar que se sepa.

Por eso una pareja de docentes de María Grande aceptó que su hijo actuara representando a los negros en una fecha patria, pero sólo si le permitían cargar una espada o un fusil. Es decir, la verdad de la revolución.

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Los intocables

En los bastiones de las universidades. Immanuel Kant: “Los Negros de África no tienen por naturaleza ningún sentimiento que se eleve por encima de la frivolidad”.

David Hume: “Tiendo a pensar que los negros y en general todas las especies de hombres (porque hay cuatro o cinco clases distintas) son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca ha existido una nación civilizada cuya tez no fuese blanca”.

Voltaire: “representa un gran problema respecto de ellos (los africanos) saber si descienden del mono o si el mono desciende de ellos. Nuestros sabios han dicho que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios: ¡he aquí una cómica imagen del Ser eterno, con una nariz aplastada y con poca o ninguna inteligencia”.

Federico Hegel: “La inferioridad de estos individuos en todo sentido, hasta en su propia estatura, es notoria”.

Y basta por hoy.

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Con la cruz

El estudioso Juan José Rossi nos recuerda palabras de Juan Bosco: “Solo a la iglesia católica le está reservado el honor de amansar la ferocidad de esos salvajes (onas, tehuelches, mapuche). Para alcanzar tan noble fin se ha convenido con el papa Pío IX y el metropolitano argentino el siguiente plan: fundar colegios y hospicios en las principales ciudades de aquellas tierras y rodear con nuestras fortalezas (o sea, las famosas  misiones, que han desaparecido porque europeos y criollos aniquilaron a esas tres naciones) a la Patagonia, recoger a los jóvenes indígenas en esos asilos de paz y caridad, atraer principalmente a los hijos de los bárbaros o semi-bárbaros e instruirlos cristianamente de modo que por su medio penetremos en aquellas regiones y abramos  así la fuente de la verdadera civilización y progreso’”.

Habían pasado casi 400 años de la invasión genocida europea, y el curita italiano seguía pensando que sin ellos esto no funcionaba.

El poeta ítalo argentino José Ingenieros pensaba que la Argentina tenía una ventaja sobre los demás pueblos de alrededor: era blanca. “Los hombres de raza de color –dice- no deberán ser política y jurídicamente nuestros iguales; son ineptos para el ejercicio de la capacidad civil y no deberían considerarse personas en el concepto jurídico (...) cuanto se haga en pro de las razas inferiores es anticientífico”.

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Una emisión exitosa mejora el despegue

Alejo  Acosta / Economista

La reciente emisión de deuda argentina fue un éxito, tanto en términos de costo como en relación a la enorme demanda de los inversores. Si bien el costo de financiamiento podría aún reducirse unos 100 puntos básicos adicionales, el enorme interés y entusiasmo por parte de los inversores es una gran señal mirando hacia adelante. Las ofertas (si bien mentirosas en la época actual, donde los libros suelen estar sobresubscriptos) fueron 4 veces superiores a la emisión de 16.500 millones. 

Para el país, la emisión no solo representa la captación de fondos necesarios para el acuerdo con los holdouts, lo que permitió al Juez Griesa levantar la medida cautelar que impedía a Argentina hacer los pagos de sus bonos de los canjes. También permite al país contar con una buena parte de sus necesidades financieras para el año, dando una herramienta fiscal al gobierno. En términos de tasa, el costo fue menor al esperado, en parte por el muy buen trabajo del equipo argentino, y en parte porque el contexto internacional fue favorable. 

Del lado del gobierno argentino, la rápida ejecución de medidas macroeconómicas en el primer trimestre, junto a un compromiso de reducción gradual del déficit fiscal y la inflación, transformaron a Argentina en una de las mejores historias dentro de los países emergentes, con perspectivas favorables en un mundo donde las buenas historias escasean. El contexto también ayudó: las señales de la Fed y el BCE redujeron las expectativas de tasa, mientras que los datos de China redujeron los riesgos de un aterrizaje forzoso, incrementando el apetito por el riesgo y por bonos de mayor plazo. 

El éxito de la colocación le abre las puertas a las provincias y el sector corporativo para financiar gastos de capital a menores costos. Las provincias podrían colocar deuda a un costo anual de entre 7.5% y 8%, con emisiones totales que oscilarían entre los u$s 3500 y u$s 4000 millones. El nuevo escenario también representa una gran oportunidad para las empresas del sector privado, que percibirán una reducción en los costos de financiamiento y un mayor interés por parte de los inversores institucionales globales, ya hambrientos por triplicar el nivel de deuda corporativa argentina en sus carteras. En Puente creemos que esta relocalización de las carteras, que ya comenzó en el lado de los bonos soberanos, con una mayor participación de Argentina en las carteras de los inversores institucionales del exterior, también se va a dar con los bonos corporativos. 

El país ha dejado atrás un conflicto que restringía el acceso al crédito internacional del gobierno nacional y encarecía su costo a provincias y empresas, dificultando el desarrollo energético y de infraestructura. 

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