A Fondo
Jueves 23 de Julio de 2015

Tu ojo en mi bolsillo

Paula Eder / De la Redacción de UNO
peder@uno.com.ar


Hay algo en la vida que no me interesa y es saber qué almorzaron mis contactos de Facebook. Sin embargo hay una fuerza superior que hace irresistible esa práctica e inunda los timelines de polentas, tartas y ensaladas rusas. Actualmente es normal leer que un excompañero de trabajo anuncie a la comunidad virtual, con bombos y platillos, que es muy tarde y se va a “noniar”. -Morite, Ricardo, pensamos, como si lo escandaloso fuera que use verbos que no existen, y no el saber que Ricardo -a quien no vemos desde el año 2002- en ese preciso momento está lavándose los dientes para ir a dormir. 

A Ricardo no le preocupa que la chica que le gusta sepa que está participando en el sorteo de dos calzoncillos Dufour, ni que por esto ella piense que es un miserable. Y es que la tendencia a hacer de lo privado un objeto de exhibición se ha profundizado hasta lo absurdo.

Si lo público y lo privado ya coqueteaban desde tiempos inmemoriales, la llegada de Gran Hermano vino para confundirlos en una misma cosa. ¿Es que estamos espiando? ¿O es que la voluntad de los participantes de exponerse destierra la idea de lo privado? En esa cotidianeidad ficticia, no es fácil definir ese límite.

El reality llegó a la Argentina en 2001. Casi 15 años después, las peleas, el morbo y el sexo transcurren sin pudor y sin sábanas: como si no hubiera cámaras. Y afuera, millones de jueces en ojotas. Ayer por la tarde una publicación referente a una pareja que tuvo sexo en la casa, se llevó cerca de 10.000 visitas y más de 80 comentarios juzgando el accionar de los participantes. Algo similar ocurrió en General Campos esta semana. Una mujer se filmó mientras le practicaba sexo oral a un funcionario e hizo públicas las imágenes a través de las redes sociales. En diálogo con UNO, la mujer explicó: “Quería que todos supieran lo que son capaces de hacer los políticos”. Y lo logró, aunque a un precio bastante caro. El video llegó a los medios nacionales y fue el más visto en You Tube durante dos días, mientras que en el pueblo de 3000 habitantes su nombre corre como reguero de pólvora. La aparición de las redes sociales y la obsesión por la popularidad, en muchas ocasiones nos enfrenta a esa dualidad que nos constituye como víctimas y victimarios a la vez. A veces somos Ricardo; y a veces somos el ojo de Gran Hermano, que haciendo alarde de una ética barata, opina, califica y juzga. Los dispositivos móviles marcan la diferencia con el relato de Orwell: al ojo del otro lo tenemos en el bolsillo. Abrirlo o cerrarlo es nuestra decisión.


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