A Fondo
Lunes 23 de Febrero de 2015

Todos odian a Christian Grey

La película, como toda transposición fílmica, sirve como anclaje de una escritura: la vuelve única mirada

Comentario de Ferny Kosiak

 

Se estrenó la película 50 Sombras de Grey. Estoy seguro de que usted algo vio en algún medio de comunicación o a través de alguna red social. Hablamos de un suceso que primero causó conversaciones y análisis en el campo de la literatura y ahora reaviva ese fuego en los campos cinematográficos. Ingeniosamente los productores decidieron estrenarla para el Día de los Enamorados para solaz de la soltería y entretenimiento de las parejas.


¿Por qué tanta alharaca? La historia, a muy grandes rasgos, es la de la inocente universitaria Anastasia Steel que se enamora del bello millonario Christian Grey cuyas preferencias sexuales están basadas en la relación de dominación y sumisión. Si usted quiere saber más googlee porque es un universo demasiado vasto. Todos sabemos que lo que ocurre dentro de cuatro paredes entre dos personas adultas y de manera consensuada no le importa más que a esas dos personas. El problema con esta historia es la diferencia de discursos: Anastasia sostiene una postura romántica (se enamora de Grey e intenta alejarlo de sus prácticas), Christian mantiene el discurso sexual entre Amo y Sumiso, se distancia del amor y se acerca a prácticas que uno podría pensar medievales con un toque de capitalismo: la Sumisa accede a los tratos de su Amo a cambio de determinadas compensaciones. Por supuesto que, casi al pasar, nos vamos enterando de que el señor Grey ha tenido una niñez atroz (de ahí el nombre de la novela: son las sombras pasadas acarreadas por el personaje), pero eso ya pertenece a un análisis psicoanalítico y esa no es mi intención.

 

 

Del libro al film

 


La película posee una fotografía delicada, con una iluminación tenue y cuidadosa. Las escenas sexuales no tienen nada que envidiarles a sus compañeras de los años ochenta. Casi con descuido se ven senos, pubis, glúteos y dos cuerpos que participan de una situación sexual. Los detalles son significativos: por ejemplo el papel tapiz del cuarto de Anastasia tiene dibujos de aves que están dentro de una delicada jaula pero con la puerta abierta, como si dijera: “Recordá que cuando quieras podés tomártelas”.


El gran desafío es llevar el libro a las imágenes. Toda descripción escrita siempre será más rica que una imagen, aún contrariando el dicho de que “una imagen vale más que mil palabras”. El lector es quien llena los vacíos, imagina los cuerpos, los rostros, los tonos en que hablan los personajes. La película, como toda transposición fílmica, sirve como anclaje de una escritura: la vuelve única mirada. Quizás por ello es más fuerte ver las quemaduras en el pecho de Grey que imaginárselas o quizás cansa que Anastasia esté media película mordiéndose el labio.


Al igual que con novelas como Crepúsculo, 50 Sombras de Grey, pone énfasis en el narrador protagonista. En Crepúsculo, de Stephenie Meyer, Bella se pasa medio libro preguntándose si hace bien en enamorarse del vampiro Edward. En 50 Sombras de Grey, de E. L. James, Anastasia hace lo mismo con Christian: “No quiero perderlo. A pesar de sus exigencias, de su necesidad de control, de sus aterradores vicios.” Y así también se pasa medio libro. Cualquiera de las dos sagas se podría haber convertido en un solo tomo si la narradora protagonista no se planteara decenas de veces la conveniencia de su enamoramiento. Claro está que si las protagonistas aceptaran la situación, de buenas a primera, no habría historia: cualquier novela de un amor imposible es mejor que la cotidianeidad. Esa indecisión novelesca, en las películas (por suerte) solo puede mostrarse de pasada para evitar el tedio. Lo que quedan son las imágenes y qué hace el espectador con ellas: se ríe incómodo, se emociona, se escandaliza, se excita.

 

 

No es literatura, sepámoslo

 


El siglo XXI trajo una subespecie literaria que se llamó la chick lit, literatura “liviana” para señoritas. Tampoco me quiero meter en un análisis en este terreno porque sería mucha la madera que hay para cortar pero sepamos que hay editoriales que tienen todo un sector de ventas destinado a este público que, por otra parte, accede y compra los libros propuestos.


E. L. James entró de lleno en este subgénero y las comparaciones con las novelitas eróticas de Corin Tellado no se hicieron esperar. James comenzó como una escritora de fan fiction (género que toma personajes de series, películas o novelas y que crea continuidades diversas para ellos, una estrategia hipertextual pero sin ínfulas literarias). James contó que sus primeros escritos fueron continuidades eróticas para los personajes de Crespúsculo y que 50 Sombras de Grey fue su primera (y ella cree que única) experiencia dentro de la literatura. Fue un golazo de media cancha inmediato: cualquier escritor del mundo la odia por el éxito que consiguió sin tener mucha idea de lo que es escribir literatura.


El logro de las novelas de James fue volver a poner el foco en el erotismo. Si bien se podrían trazar líneas hasta el Marqués de Sade o hasta algunas poesías de los clásicos romanos, el aporte de 50 Sombras de Grey es el de una historia que atrae pero no escandaliza lo suficiente como para cerrar el libro o abandonar la sala del cine. La literatura erótica y hasta la pornográfica en los últimos años ha abandonado el estigma social de los tugurios oscuros. Y si bien la historia de Anastasia y Christian no deja de ser una historia de búsqueda del príncipe azul, este príncipe tiene distintos niveles de sombras, de oscuridades encerradas en un cuarto rojo, frente al cual se para y extiende la mano a quien pase frente a él. Está en usted tomar esa mano que esconde un rebenque.

 

 

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