A Fondo
Lunes 28 de Diciembre de 2015

Todo vuelve, como el río

Pablo Felizia/ De la Redacción de UNO
pfelizia@uno.com.ar

El silencio era de verdad, ni un grillo, mucho menos una bocina, nada, una nada que por momentos parecía hacerse profunda, a lo sumo un chapoteo extraño de un río helado que le pegaba a las paredes de la calle como si quisiera romperlas o el que generaba el paso lento en un intento por levantar las rodillas para llegar más rápido. Ese es uno de los recuerdos que me quedan de la puerta de mi casa, en los últimos días de abril de 2003 en Santa Fe. Para entrar, aún hoy hay que atravesar un pasillo largo.
Cuando íbamos por la mitad escuchamos un estruendo leve, minutos después y bajo techo nos dimos cuenta de que algunas cosas que habíamos puesto arriba de un armario se habían venido abajo, nada importante, solo unos libros que todavía no los había leído y un balde; las cosas importantes todavía se habían salvado.
Mi papá, que nos había acompañado, se volvió a cuidar a mis hermanas y esa madrugada dormí con mi mamá recostados en la mesada de la cocina. En los pies tenía puestos unos botines, ahora están casi destruidos y con varios años sin impactar ninguna pelota, pero todavía los guardo; los tapones me daban más seguridad.

Me pasa que en estos días, todos esos momentos vuelven, a uno le agarra como una sensación de algo ya vivido y es inevitable advertir las semejanzas y las constantes: abandonar tu casa con todo lo que hay adentro, más que doloroso, es triste.
El consuelo, la alegría, la sensación de que nada está perdido solo me fue posible encontrarla, como la alcanzarán con certezas miles de entrerrianos ahora, en la solidaridad de la gente, aunque a mí me guste llamarlo de otra forma.

En aquella noche de horas largas, me quedé dormido con la cabeza apoyada en la parrilla de la cocina y fue la primera de otras tantas que vinieron después en el mismo lugar. Desde entonces y cada tanto, averiguo como cosa mía, como un rezo, la altura del río Salado.
Si alguien me pregunta cuál fue su altura máxima, mi respuesta es inmediata: 10 centímetros por debajo de la mesada adentro de mi casa la primera noche. Cuando el sol salió nos vinieron a buscar, decían que tenían miedo de que el nivel creciera y además, con mi mamá, estábamos mojados.
Volvimos a salir a la calle, el agua pegaba en el pecho y otro recuerdo es el frío, uno distinto, uno de las 7 casi sumergidos en un Salado helado. El perro había nadado al lado mío la noche anterior antes de volver a mi casa y ahora, con el sol en punta, iba su encuentro como al del resto de mi familia.

Hoy no puedo acordarme de cuánto tiempo duró aquello y de un montón de otras cosas que están escondidas y que aparecen por estos días como sin querer.
Además de los muertos que hubo en la ciudad, todos mis vecinos, varias cuadras a la redonda, perdieron algo: televisores, heladeras, autos y motos, roperos, aberturas, puertas, ropa, animales; pero entonces no había Internet como ahora y la mayoría ponía en la calle, en una especie de collage, todas sus fotos al sol: decían en mi barrio Roma, una y otra vez, que eran esos sus recuerdos y todo lo que tenían.
En estos días en que todo vuelve, como el río, pienso en esas familias que aquí han abandonado sus hogares, en los que aún no pudieron regresar y tienen la incertidumbre de no saber con qué se van a encontrar cuando el agua baje.
Aunque suene a consuelo, la única certeza que tengo es que alguien, aunque anónimo, va a estar ahí para dar una mano, abrir una puerta, recuperar lo que quede y volver a empezar; a esos le dicen gente, aunque a mí y desde entonces me gusta llamarlos pueblo.

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