La Provincia
Domingo 03 de Abril de 2016

Tejiendo y desentrañando el secreto de los mandalas

Diálogo Abierto. Ileana Alfaro revela aspectos y conclusiones logradas a partir del trabajo personal y en talleres con este y otros símbolos considerados sagrados por culturas milenarias. Trazos de la actividad en la provincia y la región

Tanto en países de Oriente como en pueblos originarios americanos, los mandalas son utilizados desde antaño mientras que en la cultura occidental comenzaron a ser más conocidos a partir de la experimentación e investigación del psiquiatra suizo Carl Jung –discípulo de Freud– quien los aplicó para su terapia propia. Ileana Alfaro comenzó a tejer éstas y otras formas para paliar su insomnio, comprobó sus efectos benéficos, inició un profundo trabajo de observación y estudio, y actualmente es una gran difusora e instructora en el tejido y pintura de estos símbolos universales.
Leer mucho y vaciarse
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en esta casa (Yrigoyen entre Chacabuco y Maipú).

—¿Cómo era la zona en tu infancia?
—Igual que ahora, salvo algunas casas que se reformaron. Un cambio respecto a cuando era chica, es que no está el ferrocarril y todo su movimiento. Mis bisabuelos maternos trabajaban allí y uno era fundidor de bronce. Algo muy característico era el pito de la estación, que sonaba cuando salían los trabajadores. Estábamos todo el día jugando en la vereda.

—¿Ibas a la estación?
—No; aunque sigo conectada con eso por el Club Talleres, del cual mis bisabuelos fueron fundadores.

—¿A qué jugabas?
—A la escondida, al elástico y a la cachada; éramos todas nenas e íbamos a la misma escuela.

—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi papá era policía –pero falleció cuando yo tenía 10 años– y mi mamá, ama de casa.

—¿Practicaste alguna actividad regularmente?
—Solamente leía y por eso luego entre a la Facultad de Letras. Me encantaba.

—¿Había libros en tu casa?
—Los compraba –desde chica– en la librería El Sol o los sacaba de la escuela. Leía los clásicos de la colección Robin Hood, era muy romántica, me gustaban los de aventuras y Mujercitas, para recrearme. En la adolescencia –cuando leí a García Márquez– noté la diferencia en cuanto a que eran textos más trabajados, no tan centrados en la historia sino en la forma. Ahí mi primera literatura vino a través de la escuela porque nunca compré libros fuera de aquellos clásicos. A la facultad entré “analfabeta” en cuanto a literatura –aunque me creía una gran lectora– pero, por lo menos, me ayudó para la ortografía.

—¿De aquellos primeros, alguno te hizo conocer algún universo nuevo?
—No, ni cuando era chica ni en la facultad. Recién ahora –cuando abandoné y me vacié de todo ese conocimiento y comencé con la espiritualidad– me di cuenta que había autores que estaban como iluminados o que con su literatura llegaban a un punto de conexión con ese ámbito. Por ejemplo, Walt Whitman, que es una elevación a través las letras o de los procesos que en su época se dieron para llegar a la inspiración. Al principio sentí que había leído tanto para nada, pero después comencé a ver desde otro punto de vista y que estos autores estaban con una conexión superior.

—¿Qué materias de la Secundaria te atraían?
—Literatura, pero fui a una escuela comercial. En 3º año pensé en cambiarme a una de humanidades pero me quedé por mis amigas.

—¿Sentías que la Literatura tenía que ver con tu vocación?
—Claro, quería escribir en el diario (risas) pero nunca fui buena escribiendo.

—¿Leías pero no escribías?
—Solamente era una buena lectora.

—¿Qué idea te hacías de esa actividad?
—Era una visión romántica de la escritura periodística.

—¿Qué decidiste?
—Siempre tuve claro que iba a estudiar Literatura, hice dos años en Paraná y después tres en Santa Fe. Me maravillé por la Literatura más basada en la forma, en las palabras, que en lo que decía o en la historia.

—¿Releíste algo con esta nueva óptica?
—No, porque consideraba que estaban bien escritos en cuanto a la historia. Como lo que había leído eran todos clásicos, eran muy estructurados aunque los disfruté mucho. Con Rayuela –de Cortázar– me maravillé con la forma. Todo lo de Cortázar fue un descubrimiento de otros universos y un impacto, una apertura mental que no tenía y un paso a la adultez.

—¿Una materia o profesor en especial?
—Me gustaban mucho las materias lingüísticas pero no las pedagógicas, por eso dejé. También me gustaba la crítica literaria –con la idea de trabajar en el diario– y latín.

—¿Qué idea te hacías en cuanto a lo profesional?
—Dar clases pero, a la vez, sentía que si llegaba a tener 40 chicos, todos tenían que leer el libro. En cambio, en la carrera sentía que el alumno no era lo importante y para mí, sí.

—¿Cómo pensabas dedicarte al periodismo gráfico, sin haberte dedicado a escribir?
—A lo mejor pensaba que me lo iba a dar la carrera.

—¿Por qué la crisis con la carrera?
—Por las materias pedagógicas. Después me encontré enseñando acá (se refiere a los talleres de mandalas) y haciendo talleres de Pedagogía 3000 y por mi cuenta lo estudio a Rudolf Steiner –de la Pedagogía Waldorf. Además, me enamoré, tuvimos un bebé y no quería saber nada. Conocer el amor me hizo abandonar, replantearme y desaprender todos los discursos heredados y aprendidos de los cuales mi ego estaba orgulloso.

—¿En ese transcurso tuviste alguna aproximación a temas filosóficos o esotéricos?
–Nunca, aunque en Psicología nos dieron para trabajar sobre los arquetipos según (Carl) Jung e hicimos un trabajo por el cual nos felicitaron. Me di cuenta que me gustaba pero solo era una mirada científica. Cuando me vacié de eso, entraron otras cosas.

Tejido y terapia
—¿Cuándo fue?
—Hace unos 12 años. Dejé la carrera, comencé a tejer como terapia, me gustó la fonética de la palabra mandala –aunque no sabía lo que era– y fui a buscar al diccionario. Los conocí y no los abandoné más.

—¿Por qué por terapia?
—Porque mi marido se había ido a trabajar afuera, tenía mi nene chiquito y no me podía dormir. Comencé a tejer macramé hasta las 3 de la mañana (risas) hasta dormirme, por eso sé que funciona la terapia de tejer mandalas. Más si se le suma la forma que tienen, sus connotaciones e implicancias. Primero tejía nuditos, maceteros y puntillas, luego de ir dos o tres clases a aprender. El insomnio –en biodecodificación– significa hacer un duelo y en mi caso era que mi marido se había ido. Luego comencé a hacer joyas tejidas y las definí como “mandalas joyas tejidas”. A la gente le gustaba y participé de ferias. Conocí los mandalas, comencé a tejerlos en macramé, los “ojos de Dios”, los “atrapasueños” y continué tejiendo. Hice muchísimos, aunque luego fue por placer.

—¿Cuál era la vivencia en la primera etapa, cuando lo hacías en forma terapéutica?
—Me recreaba igual que la lectura y mentalmente, me calmaba y podía dormir; después encontré una explicación energética en cuanto a que estaba abriendo mi chakra Cardíaco –de color verde–, el cual rige los brazos y las manos, entonces aprendí a dar y recibir.

—¿De dónde obtenías los modelos que tejías?
—Lo definía en función de si lo sentía o no. Sentía que quería hacer una estrella y la sacaba. Simplemente miraba una figura de las pocas que había en Internet y sacaba el diseño. Me pasa también con el macramé: veo algo complejo y sé cómo se hace, al igual que los ojos de Dios o los atrapasueños. Sigo creando formas aunque no me obligo, sino que es cuando me viene.

—¿Hasta ahí era algo recreativo y terapéutico?
—Sí y una necesidad –como la lectura. Cada mandala que hacía, se vendía, porque venía alguien y le gustaba. Todavía pensaba que era un tejido, después fui aprendiendo que tienen una frecuencia vibratoria de forma y de color. Todavía sigo aprendiendo porque aprendo de cada una de las chicas que vienen al taller, por los detalles, sus vivencias, las miro mientras tejen y se me ocurren formas nuevas. A medida que evoluciono, activo otras formas en mí.

Círculos con leyes
—¿Qué fue lo primero que entendiste en torno a los mandalas?
—Que era, simplemente, un círculo –que es su significación en sánscrito–, luego aprendí sus leyes, formas simétricas y las múltiples connotaciones.

—¿Y los “ojos de Dios?
—Pertenecen a la tradición del pueblo Huichol (habitan el oeste central de México), son vistosos y coloridos rombos de lana –hechos con las manos sobre una estructura de dos palitos cruzados. Son protectores para cuando un niño nace, el padre hace un rombo hasta que el niño cumple 5 años, quien hace el propio. Cada niño –en la Fiesta del Tambor– tiene que tener su ojo de Dios ante el chamán. El ojo permite –en su creencia– poder ver el pasado, presente y futuro del niño. También es un nierika, que son como portales dimensionales: hacen un agujerito en la pared, un círculo o una forma, y a través de ese símbolo los antepasados pueden ver lo que sucede en el hogar. El mandala también es un nierika porque tiene centro.

—¿Qué sabés del pueblo huichol?
—Es un pueblo originario que actualmente mantiene su identidad, con idioma propio y que vive de sus artesanías. Pero el ojo de Dios no es una artesanía sino que pertenece a su cosmovisión del mundo, es más bien un nierika, un talismán. También hacen cuadros de hilo que son muy famosos. Una vez al año hacen una peregrinación a un lugar para buscar el peyote –donde querían instalar una minera.

—¿Cuál es la diferencia del ojo de Dios con los mandalas?
—La forma.

—¿Y la utilidad?
—Después –cuando me armonicé– descubrí que servían para armonizar.

—¿Por qué te atrajo ese pueblo y los ojos de Dios?
—No sé, todavía tengo que descubrirlo, seguramente tiene que ver con la evolución de mi alma en otro tiempo.

—¿Cuál es tu interpretación actual sobre los mandalas?
—Si bien tengo para enseñar algo, aprendo un montón, porque la mejor forma de aprender es enseñar. Cuando trabajamos con mandalas, lo hacemos con un círculo, que tiene centro, diámetro y radios equidistantes del centro, formas geométricas y leyes –“como es arriba, es abajo”. Puede ser un mandala pintado, tridimensional, dibujado o tejido con otras técnicas, pero siempre son frecuencias vibratorias de forma y color. Parece que solamente tejemos pero estamos creando esas frecuencias, las cuales también activamos en nosotros, en nuestros chakras. Por eso me sentía mejor cuando tejía y los contemplaba, y me servían para el autoconocimiento.

—¿Cómo comenzaste a entender la esencia?
—A través de mi experiencia práctica. No había información, fue autoconocimiento y un montón de lecturas dispersas. Tuve que ir conectando informaciones y aún continúo. Con la práctica me doy cuenta que una persona que sufre depresión –que tiene que ver con el chakra Raíz– no usa el rojo y delante de mí toma conciencia que antes que le pasara determinado suceso –que la dejó en un estado triste– usaba todo rojo. En la próxima clase comenzó a utilizarlo intencionadamente y lo activó en su vida –energéticamente hablando. Y así un montón de casos en los cuales aprendo esas conexiones que no están escritas en ningún lado. La certeza que te da el vivirlo y observar la sincronía en el otro, es muy importante.

—¿Cómo opera la forma y el color en términos energéticos?
—A través de la experiencia y el autoconocimiento comencé a relacionarlos con el color y la forma de los chakras en cuanto a información que me venía del exterior. De hecho, los chakras son círculos o ruedas de energía. El aprendizaje en mí tenía que ver con ciertas formas y colores, pero no con otras porque había millones de vivencias que no tenía. Comencé a observar el proceso de evolución de las personas y cómo se activaban esas formas y colores en ellos.

—¿Alguna situación muy reveladora?
—Todas las vivencias son importantes. Revelador fue lo que te comenté de la mujer y su relación con el color rojo. En la siguiente clase –cuando tomó conciencia de que había dejado de usar el rojo– comencé a observar el cambio.

—¿Qué le sucedió?
—El chakra comenzó a trabajar más armónicamente y fue dejando la tristeza, no obstante que es un proceso. El mandala es una herramienta más en ese proceso. Lo trajo (Carl) Jung (Ver Datos) a Europa y se curó de una depresión con ellos. Él decía que con el mandala podíamos integrar nuestras polaridades Yin y Yang; es una representación simbólica de cómo estamos en el momento y en esa representación nos integramos. Ocurre porque salimos del lado lógico y entramos en el lado derecho del cerebro –el creativo, el de la intuición y las emociones. Los mandalas armonizan nuestros hemisferios y ahí nos conectamos con las emociones y el lado oscuro, lo cual se hace presente en el mandala. Por eso es una forma de autoconocimiento. Ese lado oscuro y lo que nos pasa en la vida se manifiesta en la forma y el color del mandala.

—¿Qué análisis hacés ahora del color en cuanto factor terapéutico?
—Existe y es una vibración de la cual hay que comenzar a tener conciencia para aprovecharlo a favor de nuestra armonización. Por ejemplo, con una caminata, podemos abrir y armonizar el chakra Coronario, por la observación de la Naturaleza, y a la vez lo hacemos con los dos chakras inferiores –que tienen que ver con el movimiento.

—¿Qué formas provocan desequilibrios?
—Las que no son armónicas, las líneas rectas, aunque en realidad no me lo había planteado hasta este momento.

—Te lo pregunto porque es algo estudiado en la Radiestesia al analizar las líneas de energía.
—Una vez le preguntaron al padre (Ricardo) Gerula sobre cómo darse cuenta de las zonas geopatógenas y él contestó que “son desagradables a la vista”. Con eso entendí porqué los mandalas armonizaban aunque luego profundicé en cuanto a las frecuencias vibratorias.

—¿Qué agrega el hecho de confeccionarlo personalmente?
—Se puede trabajar haciéndolo o contemplándolo, es lo mismo, porque hay que tratar de ver qué nos pasa y qué emociones nos emiten esas frecuencias vibratorias. El hecho de hacerlo te lleva a la conexión de estar metódicamente trabajando y armonizar los hemisferios cerebrales, pero si se lo contempla, también. No hay diferencia. Sí en cuanto a la intención, porque podemos hacerlo por intuición o intención. Por intención, puedo tejer o pintar un mandala, por ejemplo, en rojo para armonizar determinado chakra. Por intuición, veo un mandala que me guste para pintarlo y lo hago según lo que siento, y después me pregunto porqué utilicé determinados colores. Si no se conoce la simbología de los colores y las formas, hay que observar qué emociones se tuvo o parte del cuerpo fue afectada cuando se meditó o se hizo el mandala.

—¿Se produce una meditación activa?

—Sí. Meditación es la ausencia de pensamiento, entonces mediante la observación se baja la cantidad de pensamientos, y si se baja a nada de pensamiento, genial.

—¿Te sucedió de confeccionar uno y sentir la necesidad de destruirlo?
—No, tal vez no me gustó, pero no lo destruí.

—¿Uno del cual no te desprenderías?
—Ese (señala uno de grandes proporciones, el de mayor tamaño de los innumerables que hay en la sala)… aunque también me desprendería, practico el desapego.

—¿Cómo lo hiciste? Por el tamaño.
—No me demandó tanto tiempo, al igual que aquel (señala uno hecho con trocitos de espejos, en un patio contiguo), creo que lo hice en tres días; me apasiona y no me cuesta esfuerzo.

—¿Te ha llevado a explorar otras disciplinas o conocimientos?
—Intuyo lo que necesitan las chicas que asisten al taller, entonces estudio, por ejemplo, sobre los Registros akashicos o los Círculos de mujeres, de hecho a los talleres vienen maestras de Reiki y de otras disciplinas, a quienes les pregunto e investigo. Los mandalas los utilizan en los Círculos de mujeres. Como es una herramienta universal, también se puede usar en Yoga, Reflexología, Tai Chi, otro tipo de tejido, etc.


Presente en todas las culturas y en la naturaleza
—¿Cuál es el registro histórico más remoto?
—Está presente en todas las culturas aunque la palabra puntualmente proviene del sánscrito. Lo más antiguo es en los textos Vedas (los cuatro textos más antiguos de la literatura india) que hablan de los chakras, aunque se trata de la naturaleza misma.

—¿Hay una estructura ideal o un mandala por excelencia que esté presente en la naturaleza?
—Se repite el espiral como un patrón presente en toda la naturaleza, porque es la evolución de la Tierra hacia lo divino, nada es estático y están en continua evolución. El embrión nace de un círculo y evoluciona en espiral, al igual que todo. Las cosas cuadradas las inventamos nosotros. El círculo está en todo, y todo es energía y vibración –al igual que las palabras, las piedras, los aromas y los números. Cuando hacemos un ojo de Dios hacemos un espiral de adentro hacia afuera y es una expansión del alma, es otra significancia. Si pintamos o hacemos un mandala de adentro hacia afuera, estamos expandiendo el alma. Si es hacia adentro –como en el atrapasueños– es un trabajo interior.

—¿Cuál es la significación del atrapasueños?
—Tiene un significado y una historia particular en los pueblos originarios de Norteamérica. La historia es que el dios Iktomise le apareció –con forma de araña– a un chamán, tomó una rama de sauce, formó un círculo, comenzó a hablar de cómo en la vida todo es cíclico y tejió una red. Habló de las malas y buenas energías, y cómo hay que seguir el Camino Rojo –en su tradición. Una historia cuenta que las buenas energías se quedan en la red y las malas pasan de largo, la otra es que las malas queden en la red y se disuelvan con el primer rayo de sol, y las buenas pasen por el agujerito. La historia habla de energía pero se traspasó a los sueños porque ellos creían que en los sueños se baja mucha información.

—¿Se puede hablar de un arquetipo universal?
—Es un arquetipo de conciencia colectiva de los cuales habla Jung. Estos tejidos manifiestan la universalidad y que somos uno. Los tibetanos, por ejemplo, tienen los llamados namkhas, que es el mismo tejido que el de los huicholes. Son estructuras de madera y el tejido es el mismo, trabajan el desapego, entonces los hacen y luego los queman, al igual que los monjes budistas tibetanos hacen durante meses mandalas de arena y luego los barren. Los namkhas están astrológicamente hechos según el conocimiento de monjes que son astrónomos –aunque no hay demasiada información.

—¿Y en América del Sur?
—Se han encontrado ojos de Dios en Perú pero formas muy rústicas, no avanzadas.




Una técnica muy simple
¿Cuándo te decidiste a transmitir tu experiencia?
—Me insistían mucho pero no quería saber nada y fue de un día para el otro. Me levanté y quise hacerlo.

—¿Puede asistir alguien que no sepa tejer?
—Es una técnica muy simple y en dos horas creas una forma, sin saber tejer. Son dos palitos en forma de cruz, ahí vamos tejiendo con las manos y así las formas se multiplican. También se pueden dibujar y pintar con distintas técnicas. A un chico de Capilla del Monte le compré uno hecho en metal que es tridimensional. No hace falta ir a un taller, sino que también se puede comprar un libro para pintar mandalas o bajarlos de Internet. Es la terapia que yo hice y evita el bruxismo, los calambres, el insomnio, fortalece la confianza y ayuda a saber qué pasa con nuestras emociones.

—¿Cómo opera en el caso de que sea de metal?
—Habría que preguntarle al artesano, porque el metal tiene una frecuencia energética particular.

—¿Qué sensación te provoca?
—No trabajo el metal porque es un material muy duro para mí. Lo utilizo como desestresante y armonizador de los dos hemisferios.

—¿Cuál es la metodología de los talleres?
—La primera clase es el diseño básico de cuatro puntas –el del pueblo Huichol–, como para aprender la técnica y que se sientan cómodas. Luego, las chicas vienen y hacen el diseño que sienten.

—¿Con qué periodicidad?
—Los lunes a la tarde hay taller de mandalas tejidos y jueves a la mañana, de mandalas pintados –ambos en mi taller–, los martes en El Recreo y una vez al mes en Patrilan, La Madeja y Casa He Pai –ésta última en Santa Fe.

—¿Página en Internet?
—En Facebook: La maga hila mandalas.

Datos
*Carl Gustav Jung (1875-1961) –médico psiquiatra, suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis, posteriormente fundador de la escuela de Psicología Analítica– fue quien dio a conocer el uso terapéutico de los mandalas en Occidente, luego de muchos años de investigación. Según él, representan todo el ser y constituyen uno de los arquetipos de lo que llamó “inconsciente colectivo”: imágenes y símbolos universales heredados genéticamente.

*Comenzó a dibujarlos en una etapa de crisis de su vida, cuando se separó de su colega y amigo Sigmund Freud. Cada mañana pintaba una y otra vez formas circulares que eran un reflejo de su estado psíquico. Durante este proceso creativo y curativo, confirmó que la pintura calmaba su inquietud interior, curaba sus heridas y lo ayudaba a retornar a su propio centro.

*Sus estudios sobre el simbolismo del mandala lo condujeron a definirlo como “la expresión psicológica de la totalidad del ser”.

*Los mandalas y sus efectos en quienes los utilizan han sido estudiados por la ciencia, demostrando su efectividad como activadores de muchas áreas del cerebro, razón por la que inclusive son muy utilizados por la Medicina occidental para tratar estados específicos de los pacientes.

*Algunas de estas aplicaciones están referidas a la estimulación del sistema de defensas del organismo humano, la reducción del dolor, la depresión, el estrés, y la presión arterial, así como también han mostrado su efectividad para retardar la vejez y provocar un buen sueño a la hora de dormir por las noches.

*El trabajar con un “mandala intutivo” ayuda a obtener información oculta, actualiza sentimientos guardados, experiencias traumáticas bloqueadas, sueños olvidados, recuerdos y heridas dolorosas que han sido guardadas sin integrar en alguna parte profunda del inconsciente

*El mandala trabaja enviando estímulos sensoriales a la mente interna en forma similar a lo que hoy se conoce como subliminal.

*El mensaje pasa a través de la visión hacia los receptores del cerebro en donde se procesa y se obtiene una reacción, como cambios de actitud positiva, recuperación de autoestima, liberación de miedos, angustias, desbloquea emocionalmente y genera una gran cantidad de cambios internos.

*Es muy probable que la universalidad de las figuras mandálicas se deba al hecho de que las formas concéntricas sugieren una idea de perfección –de equidistancia con respecto a un centro– y de que el perímetro del círculo evoque el eterno retorno de los ciclos de la naturaleza.








 

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