Ovacion
Jueves 26 de Noviembre de 2015

Taché algo de mi lista de cosas pendientes

Una mirada neófita del encuentro de anoche entre Patronato e Instituto de Córdoba, en el Presbítero Grella  

Luciana Actis / Ovación
lactis@uno.com.ar


Nacida y criada en Paraná, tengo una lista mental de cosas pendientes que considero que ningún paranaense que se respete puede dejar sin concretar. Hace poco más de un año cumplí una: pasear por el río Paraná remando. La experiencia me gustó, y repetí varias veces. Otra, que todavía no cumplí, es ir a comer pescado en Puerto Sánchez. 

Pero anoche concreté otro pendiente particularmente emocionante: fui a ver a Patronato en su cancha y, además, fue el primer partido de fútbol que presencié en mi vida.

Los que saben me dijeron que una semifinal en la que se juega un ascenso es el momento indicado para borrar el pendiente de mi lista, y no se equivocaron. Llegamos temprano, una hora antes de que arranque el encuentro. Las calles que rodean el Presbítero Grella, inundadas de rojo y negro, me anunciaban que no se trataba de cualquier partido; incluso una neófita como yo podía darse cuenta.

Rodeamos la Barra Fuerte que castigaba los bombos en un ensayo improvisado, y atravesamos entre medio de la gente que formaba fila para entrar a la popular. Me sorprendió la rapidez con la que pudimos ingresar; en menos de tres minutos conseguimos buenas ubicaciones en la platea.

Todo estaba demasiado calmado, pero no por mucho tiempo. Primero las familias empezaron a copar la cancha. Saludos, cargadas de ocasión. Noté que la gente –al menos en esa zona– era amable. Charlaban y me preguntaban sobre la netbook que desenfundé apenas me senté.

Quince minutos más tarde, el panorama ya era otro. Patronato entró al campo para precalentar y los aplausos se volvieron ensordecedores; Instituto hizo lo mismo y los jugadores recibieron una catarata de puteadas y proyectiles de papel. El clima de exaltación iba in crescendo, mientras los jugadores se retiraban, la Barra Fuerte hacía su ingreso, asegurándose de ser notada. Después, las promotoras les robaron toda la atención.

La defenestrada entrada de los árbitros me indicó que se acercaba el momento que había estado esperando. La gente se desgargantaba, los fuegos artificiales coronaban la fiesta. “Vamos rojo y negro que esta noche tenemos que ganar”, era la voz de la histeria colectiva.

Apenas arrancó el partido la pelota cayó en la tribuna, a pocos metros de donde yo estaba. Comencé a darme cuenta de que un partido en vivo es otra cosa. Los jugadores tienen sangre, uno puede verlos de cerca, captar gestos y actitudes que a las cámaras de tevé no les interesan. De a poco, los de Instituto comienzan a transformarse en los villanos ante mis ojos.

No soy hincha pero realmente quería que Patronato ganara. Debo confesar algo: tenía miedo de ser tildada de mufa. Y a los pocos minutos, cuando Instituto marcó gol, sudé una gota fría. Quería mantenerme al margen, más no pude.

Pero, en un momento sucedió una bendición: el 2 de los visitantes cometió falta contra Comas, que derivó en un tiro libre. Tenía miedo de mirar y mufar, así que fijé la vista en la hermosa luna que reinaba en el cielo. Mientras tanto, Quintana metió el primer gol de Patrón. Sin darme cuenta, me encontré alentando.

Y ahí la cosa se puso caliente. Una pelota voló alto y salió del estadio. Pareciera que ese primer gol de Instituto fue un aliciente para los locales. Momentos después, un golazo del que sí fui testigo. El autor: Jara. Ahí respiré aliviada, mi potencial mote de mufa se iba diluyendo. Sin querer me enganché, quería escribir, ya la vez ver todo lo que pasaba en la cancha. Un coro de directores técnicos me rodeaba y acompañaba sus indicaciones con insultos.  Comencé a disfrutar del folclore.

Fin del primer tiempo, los ánimos se diluyeron. La calma vuelve y la gente paseaba, buscaba un chori. Yo aproveché para ordenar las frases sueltas en mi netbook, pero quince minutos son insignificantes para alguien que escribe, y el segundo tiempo arrancó de inmediato. Esta vez, los pelotazos picaban seguido dan en el área de Bértoli y la preocupación me invadía. Aplaudí cada vez que interceptaban las jugadas potencialmente peligrosas. Quería que terminara, no porque no disfrutara del partido –que me resultó dinámico y emocionante–; es que quería que mi primera visita a la cancha cerrara con una victoria del local.  

La hinchada seguía instando a poner huevo, y los jugadores se aceleraban. Las faltas se intensifican de ambos lados. La tribuna parecía marcar el ritmo del partido. Silbidos y las conchas de 22 madres eran traídas a colación. De repente, Becerra salió disparado y la gente sabía lo que va a pasar. Todos se pusieron de pie y el tiempo se detuvo: el grito de gol sacudió la cancha.

Pero el festejo se empezó a mezclar con el alboroto. Un hincha de Instituto estaba sentado al lado mío fue identificado y la Policía lo retiró del lugar. Los cantos se volvieron amenaza: “La van a pasar mal putos”. Mientras, en la cancha, empujones. El partido se reanudó, pero como una mera formalidad: el resultado era inminente. Por fin, el árbitro marcó el final y el abrazo de los triunfadores fue interminable.
 

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