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Sábado 23 de Enero de 2016

Sucesos de duendes y de ovnis

Enigmas. Relatos de un bosque donde las personas que se extraviaban, al reencontrar el camino aparecían en sus aldeas muchos años después. Historias de bailes de hadas que marcaban su estampa en la hierba sobre la que andaban

Gustavo Fernández
editor@uno.com.ar

Oberón era el rey enano de un bosquecillo encantado del sur de Francia (en realidad, del mágico Languedoc, en ese entonces). Un bosque donde las personas que se extraviaban (esto ya es un clásico), al reencontrar el camino, aparecían en sus aldeas 50, 80 años más tarde. Un bosquecillo donde en las noches de Luna llena bailaban las hadas, dejando marcados en la hierba sus corrillos.
Un bosquecillo, en síntesis, donde se diluían los velos entre este y otros mundos. Cuando muere, su cuerpo es encerrado dentro de un arcón metálico y sostenido en el aire mediante imanes….

A la leyenda la cantan trovadores por toda Francia a partir del siglo XIII, pero se ha rastreado su origen hasta el siglo VIII. Enanos con poderes superiores a los humanos comunes, arcones metálicos,  levitación y magnetismo. Mientras reflexionamos, la música de Carl María Von Weber nos retrotrae a esos tiempos de ¿leyenda? Vallée sin duda está en lo cierto y su Pasaporte a Magonia (esa crónica incómoda de dos milenios de portentos tan similares a nuestros reportes ufológicos) merecerían tener un apartado donde sumar nuevas constancias. Enanos dominando el arte del magnetismo en “arcones metálicos”, en bosques donde el viandante irresponsable espera agazapado ver bailar a las “hadas” en el claro de Luna y apenas aparecen estas cae dormido.

Tiene extraños sueños en mundos de maravilla (o de pesadilla, según el caso), despierta cansado, muy cansado por la mañana y al regresar a su pueblo lo descubre extrañamente cambiado. La gente lo observa con mirada entre desconfiada y asombrada a su paso. Llega a su casa y la encuentra en ruinas.

Y cuando, desorientado y trémulo, pregunta a cualquier caminante, descubre que sus parientes murieron hace ya muchos años, que la gente por la que pregunta es solo un recuerdo de abuelos y de él mismo (o de una persona que se llamaría como este desconocido dice llamarse, porque nadie le cree) se corre la leyenda de que una noche, hace mucho, mucho tiempo, entró al anochecer en un bosque y nunca regresó…

Y así imagino ese lugar al sur de Francia donde quizás permanecieron por largo tiempo un grupo de extraterrestres. La avanzada de una civilización que estableció un área de distorsión temporal, o un portal dimensional ante el cual eventuales testigos humanos registraron (y contaron con las limitaciones propias de sus conocimientos de entonces) extraños eventos. Incluyendo esa infantil pero brillantemente precisa descripción tecnológica de sus sistemas de propulsión.

Y que no queda lejos, qué casualidad, de una futura y previsible “puerta en el Tiempo” que hemos descripto aquí.

Y atentos, porque en esa región, donde en la arcana Rhadés –hoy, Rennes-le-Chateau; sí, “esa” Rennes, la del cura Sauniére que se hiciera millonario de la noche a la mañana por descubrir algún secreto vinculado, quizás, a María Magdalena- los visigodos tuvieron su capital, donde deambulaban los primeros reyes merovingios, los “magos reyes” (que no “reyes magos”), estuvo -¿está?- oculta una mesa tallada en esmeraldas (o cubiertas de esmeraldas), la “mesa de Salomón”, capaz de levitar… y el Grial, un grial fantástico, tallado en una sola gigantesca esmeralda caída de los cielos y desprendida de la frente de Lucifer… Y todo ello, en los alrededores de ese cerro, Bugarach, el “Uritorco de Francia”, lugar mitológico de apariciones y luces extrañas. Y a pocos kilómetros de Opoul Périllos, el pueblo donde la leyenda templaria dice que María Magdalena y Jesús vivieron, años después de escapar de Palestina.

Y donde un extraño proyecto científico espera que algún año, un 1º de mayo, se materialicen en el lugar unos viajeros del tiempo llegados del futuro en respuesta a un satélite que, hoy, orbita por los próximos 50.000 años la Tierra con esa propuesta…

Cabellera larga
Los reyes merovingios, esos que llevaban como signo de distinción lo que luego sería la “tonsura eclesiástica”, el rapado del cabello en toda la parte superior de la cabeza pero el resto de la cabellera larga. Que tenían por linaje “dotes de sanación” (de allí quedó la creencia que los reyes, de cualquier casa, lo tenían) y se decían descendientes sanguíneos de Jesús…

De lo que estoy hablando, entonces, es de mi convicción de que en esas bellas tierras del sur francés, codificado en la memoria colectiva u oculto en los intersticios de alguna grieta, se guardan para el devenir evidencias del enigma extraterrestre que insinuamos aquí.

La hipótesis es que hace millones de años, una civilización extraterrestre, a la que genéricamente llamaremos “Annunaki”, como parte de su propia expansión galáctica, decidió generar en este planeta una especie nueva, funcional a sus propios planes así como a lo de otras entidades no humanas (hasta aquí, nada nuevo, Sitchin dixit). Para ello, previendo que la natural evolución de las especies se dirigía –como quizás lo ha hecho en otros cuerpos planetarios- a un epítome inteligente de naturaleza reptiliana (seguramente por evolución del “Trodon”),  provocan la catástrofe “natural” que extingue a los grandes saurios.

¿Meteorito? ¿Cometa? Qué oportuno para los mamíferos, que encontraron entonces un “espacio vital” para desarrollarse que de otro modo no habrían logrado, por no dejar nunca el escalón de desayuno dinosaurístico. A fin de cuentas, la “ingeniería planetaria” necesaria para provocar un cataclismo como ese evento es menor para una cultura de aquellos alcances. Recordar aquí la persistencia de las leyendas sobre “hombres-serpiente” desde aquellos que en tiempos preiranios fundaron la “Orden de la Serpiente” devenida después en la “Orden de Melquisedec”, los “hombres-serpiente del sudoeste americano que ayudaron a los hopi a protegerse de catástrofes cósmicas y los “hombres-dragón” de la China prehistórica.

Cambios
Esas modificaciones genéticas habrían incluido la adaptabilidad de esos cuerpos entonces “humanos” a, en ciertas condiciones –de selección previa, ambientales, etc.) de resultar adaptables para la manifestación a través de ellos de otras entidades, no físicas y extradimensionales, como “avatares”. Esas entidades, de orden evolutivo superior (superior en términos espirituales, es decir “metafísicos”, pero no por carácter transitivo necesariamente “morales”, sea lo que fuere que en nuestro contexto entendamos por moral) insuflan periódicamente a nuestra especie con “cargas informativas” que enfocan el desarrollo evolutivo –si no biológico, sí intelectual, espiritual, social- en determinadas direcciones. Por cierto, algunos “receptores” lo son de entidades decididamente trascendente y proactivas, y muchos otros, de calidad, rango o “vibración” inferior.

Esa “capacidad de asimilación” exige algunas condiciones, principalmente genéticas. De allí la importancia de los “linajes”, de ciertas transmisiones de autoridad conservadas en el seno de grupos parentales. La “sangre azul” de las metáforas de realeza retrotrae a esta “diferencia” genética. La arcaica relación entre poder temporal transmitido sanguíneamente y poder “divino”, también. Luego, por supuesto, degenerado por razones políticas y económicas, como tantas otras cosas.

Jesús incorpora uno de esos seres. Es Avatar. Podemos asimilar también a tantos otros guías espirituales, pero lo señalo como ejemplo obvio de lo que culturalmente se acepta como identidad divina en el hombre. Su continuidad de linaje –es de la casa de David, por lo tanto y aunque se nos oculte, rey de Palestina por derecho sanguíneo- le permite “sintonizar” esas entidades extradimensionales.

Ser “vehículo” de esas entidades no queda restringido solo a unos pocos que son, cuando menos, “receptáculos” de entidades particulares. Otro universo (nunca mejor empleado el término) de entidades, discutamos luego los “porqué” necesitan acceder a través de cuerpos humanos a este mundo tetradimensional. Y para procesar eso, allí tenemos las abducciones pretendidamente extraterrestres.
La activación de esa cualidad de sintonía se vincula con una tecnología espiritual, donde la Geometría Sagrada, ciertos rituales –entendidos no como actos devocionales sino como operaciones que en el plano físico operan, por principio de Correspondencia, cambios en los planos sutiles, por eso los rituales ocultistas abrían portales dimensionales- la operación consciente de puntos de “energía telúrica” (en puridad, puntos geográficos donde se establecen amplificaciones de esos portales por la naturaleza electromagnética del lugar) y la alineación con la “Diosa” interna. El “Ánima” y el “Ánimus” de cada hombre, de cada mujer, es la dualidad microcósmica de esa dualidad Macrocósmica que debemos recuperar si queremos incrementar la percepción de esos planos. Así, a través del “ritual exterior” a la Diosa acompaña, sincrónicamente, el desarrollo de la “diosa interior”. Que en el hombre será el reconocimiento y aprovechamiento de su “joven Yin”, su lado femenino, y en la mujer la recuperación de un espacio sagrado que despierta su “joven Yang” su lado masculino.

Eclosión
Intuyo que este conocimiento estuvo a punto de “eclosionar” en el siglo XI. Ante el contraataque de ciertos grupos de poder (que se perpetuarían en el ideario colectivo de nuestros tiempos con el nombre de “Illuminatis”) hubo grupos muy activos en preservarlo. Simbólicamente, se le conoció –ya en tiempos más o menos modernos- como el Grial. Cátaros y templarios fueron sus depositarios, así como las órdenes que apoyados en la Geometría Sagrada construyeron las catedrales góticas, pensadas como amplificadores psíquicos.

En los últimos siglos, ante el avance de una dialéctica materialista-consumista funcional al exterminio de esa sabiduría, el conocimiento mutó, casi como un ser vivo con entidad propia, para adaptarse y sobrevivir. Ante la imposibilidad de resguardarse oculto en mínimos cenáculos finalmente vulnerables, adoptó la hábil estrategia de atomizarse y multiplicarse en innúmeras corrientes de pensamiento, filosóficas, espiritualistas, neoespiritualistas, metafísicas, orientalistas, enmascarándose en tantas creencias polimórficas de las cuales solo el ojo avizor y el espíritu entrenado podría distinguirlas de manera relevante.

Bien, escrito está. Pueden continuar con lo suyo, si no les resulta de interés. O compartirlo, que también para eso fue pensado. Después de todo y como decían los romanos, “nullum librum essen tan malum, ut non aliqua parte prodesset”[1]
[1] “Ningún texto es tan malo, que no tenga alguna parte aprovechable”.

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