A Fondo
Domingo 25 de Octubre de 2015

Stalislav Petrov, el desconocido héroe que salvó a la humanidad

Enigmas. Pocos, muy pocos en el mundo saben que hubo un militar ruso que salvó la vida de al menos 3.000 millones de personas. En 1983 debía apretar el botón rojo y desatar un guerra nuclerar pero pudo soportar la presión y no lo hizo

Gustavo Fernández / Especial para UNO
editor@uno.com.ar


No recuerdo qué estaba haciendo el 23 de setiembre de 1983, a eso de las cuatro de la tarde. Vivía entonces aún en Buenos Aires, y –supongo- estaría atendiendo consultantes o dando clases. 

No sé si el lector recordará lo que estaba haciendo. Vaya cosa: todos recordamos qué hacíamos cuando cayeron las Torres Gemelas, y los abuelos recordarán qué hacían cuando asesinaron a Kennedy. 

Tenemos que enterarnos de lo que deberíamos habernos enterado en el momento para grabar esa foto fugaz de nuestra propia vida. Enterarnos más de treinta años después, no tiene gracia: el paso del tiempo se tragó esos recuerdos cotidianos.

Pero seguro, estimado lector, que era un día cotidiano. Usted –si es que había nacido ya- estaría trabajando, o en el colegio, o con sus amigos o sus seres queridos. Eran casi las diez de la noche en Moscú…

Seguramente muy pocos de ustedes escucharon hablar de Stanislav  Yevgráfovich Petrov. Hoy es un anciano amable, casi tímido, que vive de una modesta pensión en un suburbio de Moscú (la ciudad-dormitorio de Friázino), en un departamento de dos ambientes, con un viejo televisor, muebles vetustos y algunos gatos. 

Enviudó hace unos años, sus hijos trabajan y tienen sus familias en ciudades alejadas, y dicen que aún añora y se le llenan los ojos de lágrimas al hablar de su mujer. Tal vez ustedes no habrán pensado llamar “Stanislav” a algunos de sus hijos varones, y si lo pensaron habrá pesado más el exotismo –para latinos- del hombre que por remembranza de este protagonista de nuestra historia. 

No hay escuelas “Stanislav Petrov” en mi país, no sé en los de ustedes. Deduzco que tampoco. Tampoco, seguro, calles “Stanislav Petrov”, parques públicos “Stanislav Petrov” ni centros culturales “Stanislav Petrov”. Ni siquiera una opaca placa de fundición en alguna plazoleta o zócalo. Pero por él, por Stanislav Petrov –a ver si memorizan de una vez su nombre- es que yo estoy escribiendo esta nota y ustedes, todos ustedes, leyéndola.

A principios de la década de los 80 el mundo atravesaba una período de “Guerra Fría” sin precedentes. Es curioso que cuando empleamos ese término pensemos en la década de los 50, quizás y recordando la crisis de los misiles con Cuba, principios de los 60. Fueron tiempos peligrosos, sí, pero de un peligro, digamos, “acotado”. 

El estallido de una guerra nuclear en aquellos viejos años hubiera significado la muerte para millones de personas, el desamparo y el sufrimiento para otros tanto, el descalabro económico, tecnológico y geopolítico para todo el orbe. 

Pero en la fría mirada de los números, habría habido seis, siete, como mucho una docena de países gravemente afectados y el resto del planeta, poco a poco, trabajosamente, lentamente, habría recuperado un cierto equilibrio y bienestar.

Empero, la “Guerra Fría” de los 80 era potencialmente termonuclear. No ya con decenas, sino con miles de misiles inteligentes distribuidos sobre la faz toda del globo. 

De haberse desencadenado un conflicto bélico, todo ese monstruoso arsenal habría arrasado, inmediatamente o en pocos meses, con prácticamente toda la vida sobre la Tierra. 

A la consecuencia de las explosiones y la subsiguiente exposición a la radiación, se habría sumado un “invierno nuclear” que, por la colosal magnitud (en número y potencia) de las armas empleadas cubriría rápidamente todo el mundo. 

Agricultura, ganadería, pesca, serían literalmente impracticables en grandes escalas. Los sistemas eléctricos masivos, represas hidroeléctricas, centrales nucleares, impracticables. Sin ir más lejos, porque casi no quedarían personas capaces de operarlas. 

Habríamos regresado en un par de días, en el mejor de los casos, a principios del siglo XIX. Adiós centros médicos, laboratorios farmacológicos. No tendría sentido la educación porque la supervivencia, al mejor estilo del cine apocalíptico hollywoodense, ocuparía todos nuestros esfuerzos. En una generación, un salto al vacío y hacia el pasado…

La –aún entonces- Unión Soviética y Estados Unidos, sumados todos sus adláteres, sabían esto pero la escalada atómica era irreversible. Tiempos en que Reagan proponía su escudo espacial de defensa estratégica (conocido como “Guerra de las Galaxias”) y guardias terrestres, aéreas, navales y submarinas, veinticuatro horas al día, se miraban y apuntaban sus mensajeros de la muerte. 

Así nos encontró el 23 de setiembre de 1983. EEUU y la OTAN planeaban colocar misiles en Alemania Occidental y organizaban un ejercicio militar en Europa, entre otras cosas. Pero los líderes de URSS eran de la generación de la Segunda Guerra y recordaban perfectamente cómo, con el pretexto de un ejercicio, Hitler había engañado a Stalin y lanzado la Operación Barbarroja. Permitir que se repitiera era inadmisible.

La tensión era máxima. A punto tal que el 1° de setiembre de 1983, un avión de línea surcoreano entró por error en el espacio aéreo soviético y no dudaron en derribarlo sin aviso matando a 269 personas, incluido un senador y varios ciudadanos americanos.

De modo que esa noche, cuando a las 22 el coronel de Inteligencia Militar Stalislav Petrov se hizo cargo de su puesto directivo en la Unidad de Alerta Temprana –que coordinaba la vigilancia y respuesta inmediata en caso de ataque- conocida con el nombre en código de  Serpujov-15, estaba perfectamente consciente del clima imperante. Sus órdenes eran claras: si había clara evidencia, visual registro de ataque enemigo, liberar su propio Armagedón.

Y a las 0.15, los tableros comenzaron a parpadear en rojo y las alarmas a sonar. Las pantallas indicaron que un ICBM (misil balístico intercontinental) había sido lanzado desde Estados Unidos. Los ciento veinte oficiales del búnker miraban a Petrov. Este trató de conservar la calma; no tenía sentido que USA lanzara un solo misil.

Cuando se dispararon las alarmas otra vez: el gran mapa luminoso de Estados Unidos, que dominaba todo el escenario visible desde el segundo piso de la instalación, señalaba el lanzamiento de un segundo misil.

Petrov era perfectamente consciente de lo que tenía que hacer. Ordenó que los aviones en vuelo trataran de establecer contacto visual, cosa que resultaba imposible porque todo el Atlántico Norte estaba bajo los efectos de una extendida tormenta.

Y en ese lapso, un tercer misil apareció en la pantalla.

El protocolo era claro. Tres misiles era un ataque directo. Petrov tenía al alcance de su, no dudo que, sudorosa mano, el protector plástico que tenía que romper para introducir la llave que colgaba de su cuello, girarla y apretar un botón rojo. Así, el habría cumplido su obligación de soldado, y ya no sería su responsabilidad. Pero eso alertaría a una cadena de mando que llegaba al Premier del Soviet y que, en el camino, habilitaba progresivas “medidas represivas”. Esto significaba comenzar con el lanzamiento de un número igual de misiles como los que se detectaban, mientras se tomaba la decisión de incrementar la devastación disparando todo el arsenal nuclear. Petrov conocía los números: los muertos, los incapacitados de por vida, los huérfanos, los futuros nacimientos monstruosos. Su mano temblorosa la imagino, casi suspendida, sobre el protector plástico.

Y entonces en las pantallas apareció un cuarto misil. Y enseguida, un quinto.

En menos de cinco minutos, cinco misiles nucleares se dirigían a la Madre Rusia. Ya no importaba tanto lo que harían con él si no cumplía las órdenes. Degradarlo, quizás fusilarlo (si es que quedaba alguien para hacerlo). Ahora seguramente pensaba en la familia, en los vecinos, en los millones de compatriotas mientras las cinco líneas luminosas avanzaban.

Él sólo tenía que hacer su trabajo. Cumplir su deber. No tenía ni responsabilidad ni culpa, así se tratara de un demencial ataque norteamericano o un masivo fallo en la electrónica del lugar. Él no tenía nada que ver. Solo tenía que hacer aquello para lo que fue tantas veces entrenado. Las voces nerviosas de sus subalternos, las lágrimas de sus compañeros, lo estaban presionando. Ordenó –una vez más- calma. Si no reaccionaba, los misiles caerían y perderían toda capacidad de reacción defensiva. No quedaría en Rusia siquiera lugar para la venganza.

Quiero creer que en esos instantes eternos Petrov pensó en parques al atardecer con niños jugando, en amaneceres luminosos, en selvas vírgenes repletas de vida. En arroyos cantarines. En un grupo de amigos tomando vodka y tocando la balalaika en un bar. Debe haber sido así, porque siguió pensando, no; deseando convencerse que todo debía ser un error. “Ni siquiera en Estados Unidos puede haber nacido un loco semejante”, contó muchos años después que pensó. Y retiró su mano del botón (no sea cosa que un traicionero espasmo de adrenalina lo traicionara) y se cuadró, evitando las miradas de sus camaradas de armas, los ojos clavados en el mapa luminoso. Pensó seguramente que allá, al otro lado del océano, también había parques y amaneceres y selvas y arroyos y bares y amigos. Faltaban dos minutos para los impactos. Y, sorpresivamente, todas las luces se apagaron.

La masiva falla técnica, que de eso se trataba, había terminado por descalabrar al sistema y saltaron algunos fusibles de protección.

Si Petrov hubiera sido un “buen soldado”, si se hubiera refugiado como tantos militares en la “obediencia debida”, si como tantos empleados de oficina hubiera pensado “no es asunto mío, yo solo cumplo órdenes”, ni ustedes ni yo estaríamos ahora, yo escribiendo, ustedes  leyendo. 

No habría habido Internet, ni computadoras, ni cómoda vida hogareña, ni celulares, porque también es muy posible que ni ustedes ni yo, y seguramente muchos de nuestros seres queridos, no existiríamos. Los nacidos a posteriori de 1983 no habrían nacido, o habrían nacido con terribles deformaciones, o viviríamos, todos, en forma precaria y bárbara. Apenas pasando los cuarenta o cincuenta años de edad por haber estado respirando toda la vida un aire contaminado, bebiendo y comiendo nutrientes raquíticos y radiactivos. Hasta el mayor otario usuario de Internet y redes sociales con sólo una neurona apenas apta para entender frivolidades de la farándula le debe a Petrov más de lo que es capaz de imaginar.

Dicen que esa madrugada se fue a su casa y durmió veintiocho horas seguidas. Dicen que días después le reprendieron por no respetar las normas castrenses y lo enviaron un tiempo a un puesto de escritorio. Rusia jamás podría haber aceptado públicamente que un error electrónico estuvo a punto de sumir al mundo en el desastre y ordenó silencio a todos los implicados. En un par de años lo jubilaron prematuramente, y lo mandaron a su casa con una pensión, al cambio de 200 dólares mensuales.

Sobre el año 2000, la historia trascendió y Petrov comenzó a recibir algunos premios en distintos países. La ONU, Alemania yAustralia, entre otros. Kevin Costner realizó una ficción-documental: “El Botón Rojo” (¿alguien la vio?). Sigue viviendo en el mismo departamento, con un subsidio vitalicio del gobierno que incrementa esos magros doce mil rublos.

Supongo que Petrov recibe con una mezcla de satisfacción y sorpresa estos halagos. Y sé que no es suficiente. ¿Cómo homenajear a alguien que salvó la vida –es un cálculo conservador- de al menos tres mil millones de personas?. Uno espera estatuas, un día celebrado mundialmente (y muy conveniente para la reflexión y la oración, quizás), un decreto de héroe nacional cuando menos, aunque el de héroe mundial le sentaría mejor. A mí se me ocurre uno muy sencillo y creo, muy justo: que todo el mundo, literalmente todo el mundo, en cualquier idioma, conozca de memoria su nombre y su historia. Pienso en hijos bautizados en su honor, en esta época donde tantos padres crucifican de por vida a sus hijos poniéndoles el nombre del jugador de fútbol o de la estrella de telenovela de moda. Pienso en maestros enseñando esta historia a los pequeños en la escuela, señalando cómo (qué duda cabe) hay acciòn en la no acciòn. 

Supongo también que el abismo de idiomas y de kilómetros no permitirán que alguna vez pueda sentarme, frente a frente, con Petrov. Mirarle al fondo de sus ojos para agradecerle. Por los demás, por los míos, por mí. Por este mundo que con todo lo bueno y todo lo malo, hoy está aquí porque él estuvo allí. Si como enseña el Hermetismo el Mago es la persona justa haciendo lo adecuado en el momento correcto, Petrov es un Mago. Y de los poderosos. Porque su magia es esto que somos, que tenemos, que hacemos, que nos rodea, que nos alegra y nos entristece todos los días. Su magia está en la pelea de políticos bananeros por televisión, en el grito ronco del vendedor callejero que me aturde por las mañanas, en el sabor del café que me alcanza mi mujer, en el abrazo de tu nieto, la discusión con tu jefe, el olor de la comida de tu mamá.

Quisiera escuchar su nombre en labios de Obama, del Papa, de Hollande, del imán y el rabino del barrio de al lado. Del Dalai Lama, ya que estamos. Y con algunos de ellos -sólo un par- estaría hablando de igual a igual. Porque es un hombre espiritual como el que más. Con una actitud de Maestro. Porque muchos Maestros pueden haber “salvado” a muchos, pero pocos hay que salvaran a casi todos...

No pregunten cómo, pero sé un secreto de Petrov: en esos dos minutos mirando el tablero, no tuvo la mente llena de pensamientos de muerte. Estaba muy ocupado llenando el corazón con sensaciones de vida.

 

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