La Provincia
Jueves 02 de Abril de 2015

Sobre los chicos de la guerra (y algunos casos indebidos)

A 33 años de la gesta de Malvinas.

Carlos Saboldelli / Especial para UNO

csaboldelli@hotmail.com

 

 

Uno puede recordar todos aquellos días insensatos. Por cierto, a la distancia y con el temor natural de las revisiones que siempre le dan aditamentos modernos a situaciones de otrora. Vaya uno a saber lo que pasaba en las mentes desquiciadas de los energúmenos capaces de llevar a la guerra misma una tanda gigantesca de muchachos apenas veinteañeros (en el mejor de los casos). Pero la historia hará su trabajo con ellos y además debe seguir su marcha. Pero la pregunta quizás sea sobre las mentes y las almas de aquellos pibes de la guerra, esos hijos de padres y madres que todavía no sabían lo suficiente de la vida como para tener que dilucidar el perenne enigma de la misma muerte. Si uno intenta el ejercicio de siempre, de plantearse la posibilidad de la regresión justamente a aquellos años, a esa época donde un día los titulares de los diarios anunciaban un conflicto bélico seguramente puede llegar a tener una posición crítica hacia sí mismo, o hacia el conjunto o al menos un ejercicio natural de reflexión ante la presencia de lo que fuera luego una tragedia infinita. Pero lejos estamos en esta nota de las regresiones éticas, de las preguntas de moralina o del azar mismo. Es seguro que en otras páginas se comentará sin dubitaciones y con la eficacia merituada la situación de los veteranos de batalla, de los conscriptos, de los operadores y de todos aquellos seres a quienes la guerra de alguna manera convocó en ese momento y les dejó estigmas para siempre. Por el contrario, pienso en un día como este pero en el comienzo de esas revisiones, allí mismo sobre el paño del comienzo de la década del ochenta.

 

 

Los chicos de la guerra Hay sensaciones que son dolorosas como la del engaño, de la sinrazón, del olvido, de la inhumanidad. Solo se neutralizan con los elementos contrastantes que suelen aparecer en esas instancias: la templanza, la verdad, la realidad, la humanidad, la generosidad, el afecto… hasta parece justo animarse a decir el amor también. En todas sus dimensiones, claro: familiar, filial, personal. Para ese año de 1982, un por entonces joven periodista llamado Daniel Kon se animó (parece un exceso, pero es así) a recorrer barrios y casas donde los conscriptos veteranos de Malvinas sobrevivían a esa experiencia cúlmine. La recopilación de sus reportajes dio origen a un libro que iba a nominarse justamente, con un título que sería para siempre el bautismo de esos pibes: Los chicos de la Guerra. La modalidad tenía una evidencia: despejar el eje de las discusiones castrenses, de la culpabilidad de los jerarcas o de las miserables vicisitudes de las batallas inequitativas para llevarlo a los anónimos protagonistas de siempre. Parece mentira que hablando de guerra sea necesario hablar de pibes, hablar de jóvenes apenas menos que impúberes, algo más que adolescentes. Pero en fin, las cosas ya habían sucedido y en vez del clamor de las batallas o de los sonoros clarines casi una decena de reporteados comentaban sus nuevas cuitas frente a una pluma voraz por contener las experiencias. Asi es que Guillermo, Ariel, Santiago, Jorge, Juan Carlos, Carlos, Fabián E. y Fabián desgranaron sus experiencias, sus vidas y sus estados de ánimo. Largo sería repasar esas casi 300 páginas de testimonios adversos, crudos. Pero si recordar el testimonio de Fabián E. que era guitarrista de un conjunto de rock. Después del ataque del día 11 de junio, fue tomado prisionero en su trinchera y obligado a sepultar a sus compañeros caídos. Sus palabras textuales en la entrevista (recordando cuando llegó de regreso a la Base de Puerto Madryn) fueron: “Reencontré a chicos a los que daba por muertos. Ellos, a la vez, me daban por muerto a mí. Fue algo impresionante, como encontrarnos entre fantasmas, entre gente que volvía de la muerte. Nos mirábamos sin poder creerlo, nos revolcábamos por el piso, llorando abrazados. Yo no podía parar de llorar”.

 

 

La versión cinematográfica Hacia el año 1984 un viento renovador arrasaba con los días malditos. La presencia de la democracia como mecanismo de gobierno impulsaba como un tornado los deseos de expresiones que otros tiempos solapaban. Así es que con la dirección de Bebe Kamín y algunos nombres del cine nacional como Héctor Alterio, Ulises Dumont, Carlos Carella, Tato Pavlosky, Marta González o Miguel Ángel Solá llega al cine la versión de Los Chicos de la Guerra. Parece algo previsible y hasta un comentario elemental sino fuera que debemos considerar que para la época todas y cada una de las cosas vinculadas al proceso tenían una carga emocional adicional, además de una dificultad documental manifiesta. Como fuera aquella película se habría paso entre títulos superficiales y contenidos descartables para que muchos y tantos convivieran con los hechos en la mejor de las adaptaciones posibles. ¿Una de guerra? Así se catalogan las películas donde las escenas viajan por batallas y fogonazos, disparos y música épica. Muy lejos la idea de cuestionar el género, simplemente aclarar que Los Chicos de la Guerra no era (justamente) una película de la “guerra” sino de los chicos. De las cosas que habían pasado apenas unos pocos años antes, tan comunes a los adolescentes de esos tiempos donde la velocidad de los cambios sociales carecía de atrocidad y vértigo como los bailes de secundaria, los noviazgos furtivos, el deseo, los sueños y hasta las necesidades de supervivencia laboral que padecían muchos de ellos. Y también de como (de repente) el ocaso de las ensoñaciones que les cayó sobre sí nada menos que en forma de la peor de las barbaries humanas. Hasta la resistencia al derecho injusto es una verdad de Santo Tomás de Aquino, solo que las guerras como estas contribuyen a la historia con dolor indagante y melancolía culpable. Y no solo recoge actitudes de los pibes, claro. Lo notable suelen ser las acciones de adultos (si, claramente en contraposición) con esos jóvenes veteranos. La película llegó aquí para ser estrenada en un antiguo cine, ya desaparecido de la urbanidad ciudadana. El viejo cine Ópera ocupaba la esquina de calles Pellegrini y Perú; ataviado con unos enormes e intensos telones de paño rojo que cubrían el costado de la sala; puertas internas acolchadas y tapizadas y unas butacas mullidas y acogedoras. En ese cine familiar, donde las aventuras y los dramas se renovaban cada semana, un día de agosto de 1984 se estrenaba Los Chicos de la Guerra. La avidez de conocer, el deseo irrefrenable de compartir y el dolor subyacente de tantas personas hicieron que aquel film permaneciera en la cartelera durante muchos días, varias semanas completando la taquilla del Ópera. Sin morbo pero con respeto lentamente avanzaban las colas de hombres, mujeres y muchachos que (a manera de dulce complicidad) buscaban en imágenes alguna explicación al infortunio.

 

 

El ocaso de la tecnología y la vigencia de las sensibilidades Con el paso del tiempo el filme se diluyó entre los títulos, casi de la misma forma en que el viejo y ostentoso cine Ópera sucumbió a las malvadas piquetas. Al recordar aquella emisión recorrí algunos videos buscando la versión, donde la perplejidad de los empleados fue la respuesta a mi pregunta. Tampoco aparece en ningún sitio de películas en el ciber mundo ni mucho menos en los modernos sistemas de cable, Hd o emisiones satelitales. Por fortuna, entre papeles y libros acumulados sin orden alguno el viejo ejemplar del libro apareció allí, esperando quizás que sus hojas ajadas por el paso de las decenas de años vuelvan a la vida, en el sencillo ejercicio de abrir sus tapas. Dicen por allí que las guerras dejan reflexiones sobre el miedo, sobre la valentía, la entereza, el coraje, la cobardía. La templanza, la fortaleza, la solidaridad, la sabiduría. El arrojo, el empeño, la resistencia. Quién diría que a veces todas esas virtudes son horadadas por el olvido y la ignominia. Como fuera y volviendo a Los Chicos de la Guerra, aquel libro nunca llegó al premio Pulitzer ni tampoco a algún equivalente; y la película que mencionábamos tampoco fue a los Oscars, ni a San Sebastián, Goya o a cualquiera de esos tantos ampulosos premios. Mucho menos fue un ícono de efectos especiales, escenas de alto riesgo o imágenes en 3D. La evanescencia del tiempo solo logra que perdure en los altibajos de la memoria una triste escena, en la cual los soldados argentinos juntaban a sus propios muertos. Los enterraban en una fosa, entre la turba y la ventisca. Uno de ellos, al dar vuelta uno de esos cuerpos encuentra a un amigo suyo con quien había compartido toda su adolescencia y también (irónicamente) aquel fúnebre final. El joven soldado amigo se había endurecido en las batallas y adversidades, pero en aquel instante lloró por primera vez. Lejanos días fríos de agosto Los días de agosto en Paraná antes eran fríos. Como en aquel 1984…dos pibes de apenas 17 años pateaban piedras en el camino, saliendo del viejo cine. En silencio y conmovidos, cuando uno solo pregunta (sin levantar la cabeza de la vereda): ¿Y si hubiera sido yo? Vaya uno a saber qué fue de las copias de la película, de las ediciones del viejo libro y de los restos del Cine Ópera. Pero a veces (y ojalá que solo a veces) lo que resulta cierto es que hasta el dolor también enseña.

 

 

Actos oficiales en Paraná

 

 

Al cumplirse un nuevo aniversario del Día del Veterano y los Caídos en la Guerra de Malvinas se organizaron una serie de homenajes conmemorativos a la fecha. Los actos alusivos al 33º aniversario de la Gesta de Malvinas darán inicio a las 8, con el izamiento del Mástil en Plaza 1º de Mayo. A las 8.30 se realizará un desayuno en el Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas, en calle Montevideo 266. Posteriormente, a las 9.30, en el Panteón de Veteranos de Guerra en el Cementerio Municipal se realizará un minuto de silencio, responso religioso y colocación de ofrendas florales. A las 10, se llevará a cabo el desfile en bulevar Racedo, entre Maipú e Hipólito Irigoyen, frente al centro cultural Juan L. Ortiz.

 

 

Por la tarde Desde las 15.30 se realizará el maratón Malvinas, No Olvidar desde el Monumento a los Caídos y a los Veteranos de Guerra de Malvinas, en la zona del Puerto. El arrío el pabellón nacional se realizará a las 18.30 en Plaza 1º de Mayo. Posteriormente, desde las 19, se brindará una misa en la Catedral Metropolitana.

 

 

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