Hoy por Hoy
Sábado 12 de Noviembre de 2016

Si somos lo que comemos...

Casi todos los que aún tenemos la fortuna de cobrar un salario, una vez al mes vamos al supermercado o la despensa con una lista más o menos armada. Algunos cargan el changuito con leche, galletitas, café, fideos, carne, bananas, papas. Otros, más preocupados y cuidadosos de su alimentación, buscan que los lácteos sean descremados, que las frutas no estén envasadas en papel film, incorporan verduras de hoja y cambian el azúcar por la sacarina. Lo cierto es que ninguno de los dos grupos, a pesar de las listas prolijamente anotadas ni los intentos por cuidar sus hábitos alimenticios, tiene pleno conocimiento de lo que come.
Una frase trillada dice que somos lo que comemos. Si eso es cierto, no sabemos quiénes somos. Comer debería ser mucho más que el simple acto de masticar y tragar. Debería implicar preguntarse de dónde viene lo que consumimos, cómo se ha elaborado, en qué condiciones, por qué pagamos un determinado precio.
De esto se trata, en parte, la soberanía alimentaria: decidir sobre nuestra alimentación. A un nivel macro, es el derecho de los pueblos, de sus países o uniones de estados a definir su política agraria y alimentaria, sin "dumping" frente a países terceros (práctica comercial en la que se vende un producto por debajo de su precio normal con el fin inmediato de eliminar a la competencia). El concepto fue definido formalmente por La Vía Campesina –movimiento campesino internacional– como "el derecho de cada nación a mantener y desarrollar sus alimentos, teniendo en cuenta la diversidad cultural y productiva".
En la Argentina, los grandes pooles de siembra –y los gobiernos que hacen la vista gorda desde hace varias décadas– no han contribuido en lo absoluto a la soberanía alimentaria. En un escenario ideal, los agricultores podrían decidir qué cultivan, tener acceso a la tierra, al agua, a las semillas. Y los consumidores tendríamos toda la información sobre lo que consumimos, saber si una manzana es transgénica o si determinada marca de galletitas fue elaborada con semillas genéticamente modificadas. Todo esto hoy resulta imposible. Incluso, químicos tales como tartrazina, aspartamo, fluoruro de sodio, jarabe de maíz de alta fructosa, glutamato monosódico, sal yodada, sucralosa, goma xantana, dióxido de titanio, metanol, acesulfame, fenilalanina, son componentes primordiales de los alimentos elaborados que consumimos a diario (gaseosas, galletitas, golosinas, lácteos, etcétera). Y los consumimos sin pestañear, aunque las investigaciones hayan comprobado que esta pesada artillería química provoca obesidad, diabetes, gastritis, caries, artritis, derrames cerebrales, osteoporosis, insuficiencia renal, tumores, infartos, y una interminable lista de padecimientos. Si somos lo que comemos, entonces somos veneno. Somos cuerpos enfermos, tumores en potencia. Somos zombies que llamamos "zurdito" o "hippie" a quien hable de las contaminantes políticas neoliberales y de la necesidad de restablecer el equilibrio con la naturaleza.
Por lo pronto, comencé a leer los envases y adquirir los productos que menos químicos contienen. Comencé a dejar de comprar comida elaborada por industrias monopólicas y a comprar verduras provenientes de las pocas quintas que quedan en Paraná y la zona. Empecé a ir más a las dietéticas y menos a los supermercados. Porque, por algún lado, hay que empezar a cambiar.

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