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Sábado 23 de Abril de 2016

Ser o no ser contemporáneo: Shakespeare se multiplica en series, cómics y apps

La obra de Shakespeare es uno de los mejores ejemplos para explicar criterios de validación de los clásicos 

Julieta Grosso/Télam
Las creaciones del dramaturgo inglés atraviesan los siglos y las generaciones 
a través de subjetividades que condensan conflictos intemporales como el desarraigo y la lealtad, el odio racial, la traición, el amor, la libertad y la censura. 
Hace falta mucho más que una obra de tamaño considerable para dejar una huella persistente en la civilización a lo largo de más 400 años: William Shakespare funda su condición de clásico imperecedero en una estirpe de personajes que delinean comportamientos sociales y conflictos intemporales en torno a la traición, el desarraigo, la inmigración y el odio, así como en su aporte a los atributos de la lengua a través de vocablos y expresiones coloquiales todavía en uso como "veleta" o "hacerse humo".

Este sábado 23 se cumplen cuatro siglos de la muerte de este dramaturgo inglés cuya personalidad deja zonas inasibles para los biógrafos, a contramano de una producción literaria esparcida en 37 obras que han sido intensamente analizadas, reapropiadas y hasta descontextualizadas de modos diversos a lo largo del tiempo, convertidas incluso en las más adaptadas en la historia del cine.

Imposible no contrastar el desfasaje entre los múltiples homenajes que a escala planetaria se reproducen en estos días a propósito del aniversario con la tibia repercusión que tuvieron sus obras en la Inglaterra isabelina: Shakespeare no fue profeta en su tierra, ni tampoco en su tiempo.

Su muerte no generó grandes reacciones oficiales en Stratford-upon-Avon, su ciudad natal. No hubo petitorios para ofrecerle a sus restos una sepultura con honores ni escritos insignes que rindieran homenaje a su figura, acaso porque en ese entonces el teatro no era un arte universalmente reconocido y este hijo de carnicero que recitaba sus poemas a los compañeros matarifes de su padre no acreditaba linaje suficiente para ser despedido con rituales fastuosos.

Su incorporación a la cartografía literaria mundial demoró casi un siglo y medio, cuando sus textos fueron traducidos por primera vez al alemán y desencadenaron una revisión crítica que desempañó el horizonte hacia su consagración, y volvió visible los aciertos de una prosa que acumula metáforas y adjetivos pero no se posiciona omnisciente frente al sentir de los personajes.

La obra de Shakespeare es hoy uno de los mejores ejemplos para explicar los criterios de validación de los clásicos, el propósito de hacerlos trascender su momento histórico para iluminar una secuencia de tiempo ajena a su circunstancia: como en loop, las creaciones del dramaturgo inglés atraviesan los siglos y las generaciones a través de subjetividades que condensan conflictos intemporales como el desarraigo, la lealtad, el odio racial, la traición, el amor, la libertad y la censura.

El diálogo que los clásicos entablan con la contemporaneidad no se limita a la cantidad de lectores que revisitan la obra de un autor sino a la manera en que un texto es retomado para producir nuevas resignificaciones: la dramaturgia de Shakespeare reaparece con sus variantes seculares en el esqueleto argumental de producciones audiovisuales como "Los Soprano","Juego de Tronos" o la más reciente "House of Cards", así­ como se expande en paralelo por otros formatos como los videojuegos y el cómic.

"Antes de Shakespeare, el personaje literario cambia poco; se representa a las mujeres y a los hombres envejeciendo y muriendo, pero no cambiando porque su relación consigo mismos, más que con los dioses o con Dios, haya cambiado. En Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí­­ mismos. A veces esto sucede porque se escuchan hablar, a sí­ mismos o mutuamente", sintetiza el crí­tico inglés Harold Bloom en su obra "La invención de lo humano".

El autor de "El canon occidental" sostiene que el creador de "Otelo" y "Sueño de una noche de verano" inventó al mismo tiempo la lengua inglesa y una definición todaví­a vigente acerca de la naturaleza humana: antes de sus textos habí­a arquetipos que funcionaban como disparadores ascéticos de un conflicto. A partir de Shakespeare surge la idea del personaje como un entramado laberí­ntico de sentimientos y vacilaciones.

"Antes de que Hamlet nos enseñara a no tener fe en el lenguaje ni en nosotros mismos, ser humano era mucho más simple para nosotros pero también bastante menos interesante. Shakespeare, a través de Hamlet, nos ha hecho escépticos en nuestras relaciones con los demás, porque hemos aprendido a dudar sobre la claridad en el dominio de los afectos", aprecia el hombre que en su polémico canon occidental posicionaba al escritor inglés y a Dante Alighieri como los máximos genios en "precisión cognitiva, energí­a lingüí­stica y poder de invención".

Construidos al filo de un paradigma en descomposición -el del esplendor renacentista- los protagonistas de "Otelo", "Macbeth" o "Hamlet" basculan entre la ambigüedad y la duda mientras se interpelan sobre la identidad, la vejez y la ambición para reinvindicarse como sujetos libres que escogen su propio destino, alineados con la declinación del ideario teocéntrico que habí­a guiado el ideario medieval.

El legado de Shakespeare se propaga a través de su concepción desjerarquizadora de los roles, que se traduce en su idéntico rigor para desplegar papeles protagónicos y secundarios. Así­, Lear y Falstaff -rey y bufón respectivamente- son retratados con precisión milimétrica en sus devaneos y contradicciones. Similar audacia explicita el dramaturgo para volver maleables las fronteras entre la tragedia y la comedia, un preanuncio de las vanguardias que siglos más tarde apostarí­an a cuestionar los lí­mites de los géneros.

El otro bastión donde ha dejado su impronta decisiva es el lenguaje, que enriqueció con la incorporación de más de dos mil vocablos nuevos, como antipatí­a, horrendo, abstemio, frugal, menguar, extraer, desenmascarar, destrabar o desatar. Su influjo impregna también el territorio de los lugares comunes, que debe a su inventiva expresiones todaví­a en uso como "piedra angular", "contener la respiración", "meterse en un berenjenal", "ser un veleta", "de un tirón" o "hacerse humo".

Fuera de la dramaturgia y la literatura, Shakespeare revalida su leyenda con una impensada habilidad para dialogar con los nuevos soportes: convertido en marca registrada en una era en que las producciones artí­sticas y literarias se analizan en términos de su pertenencia a una industria cultural, su nombre inspira por estos dí­as una nueva aplicación que permite a los usuarios escribir de la manera en que lo haría el autor de "El mercader de Venecia" si hubiera tenido en sus manos algo similar a un Smartphone.

La aplicación se llama SwitKey y sus artí­fices señalan que para materializar el propósito de rendirle tributo a Shakespeare dedicaron varios meses a rastrear su palabras y frases más populares, aunque el flamante teclado tiene capacidades predictivas de manera que también está preparado para asimilar el estilo de los propios usuarios para arriesgar cuales serán las siguientes palabras.

Así, el creador de "Romeo y Julieta" y "La tempestad" resiste impasible el paso de los siglos encaramado por estos tiempos al podio de los autores más buscados en Google, mientras se ramifican las versiones de sus obras y nacen algunos de los innovadores que acudirán a su cantera creativa en busca de inspiración para las obras que trazarán las coordenadas de la renovación cultural.

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