La Provincia
Domingo 28 de Febrero de 2016

Según la UCA, creció el trabajo infantil en Paraná

La cantidad de chicos de 5 a 17 años trabajando pasó de 12,7% a 15,6%. El precario ingreso al mercado provoca rezago educativo, ausentismo y abandono, y perpetúa el círculo vicioso del que los pobres no pueden escapar

Daniel Caraffini / De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar 


El trabajo infantil, un proceso que adoptó una nueva fisonomía a partir de los años 80 y 90 con los nuevos regímenes de producción capitalista y que se consolidó como un problema estructural de la sociedad, constituye no solo un acto ilegal, de precariedad y atentatorio contra los derechos de los niños, sino que es un factor que reproduce la fragmentación, discriminación, y que perpetúan la exclusión social. Su alto impacto en la escuela impide que niños y adolescentes puedan adquirir herramientas para superar esas situaciones que se observan en las calles de la ciudad: niños mendigando, recorriendo contenedores para el cirujeo, en la venta ambulante, haciendo changas, trabajando con sus familias en huertas, o acompañando en labores de la construcción. Y ello sin incluir realidades mucho más graves, como su incorporación al mundo del narcotráfico –se los denomina “soldaditos”– o hasta en la explotación sexual.

Lo que en tiempos de nuestros abuelos y padres, en una etapa temprana, conformó un primer aprendizaje en el ámbito laboral o un modo de ingresos para progresar en estudios o actividades futuras, se convirtió en una necesidad del sistema económico para contar con mano de obra barata, para maximizar ganancias; y que condena a esos niños, a ingresar a un círculo vicioso del que les resulta imposible salir.

La realidad y sus circunstancias son complejas. Influyen también en este fenómeno creciente del trabajo infantil aspectos culturales e incluso hasta la disgregación familiar.

El trabajo infantil en Paraná, en cualquiera de sus formas –en tareas domésticas o en actividades económicas en el mercado–, se incrementó casi 3 puntos entre los años 2010-2011 y 2013-2014 ya que pasó del 12,7% al 15,6% de los menores entre los 5 y 17 años, de acuerdo con el informe conocido a fines del año pasado por el Barómetro de la Deuda Social, que elabora la Universidad Católica Argentina (UCA).

La situación toma mayor impacto en la adolescencia, a partir de los 14 años. Es allí donde el porcentaje de los que trabajan y estudian se intensifica mucho más, ya que es a esa edad a partir de la cual comienza a producirse el ingreso al mercado de trabajo informal, precarizado, de changas y ayuda en el comercio del hogar, las tareas de ayudante de albañilería, trabajadoras en hogares de familia, clasificación de residuos, entre otros.

De acuerdo con los índices del informe, durante la última medición se observó que hay un 21,4% de chicos entre 14 y 17 años que trabajan y estudian, pero en esa franja el rezago educativo y la inasistencia escolar puede llegar hasta el 33% de ese universo. A ello se le debe sumar que hay un 6,9% de adolescentes que no trabaja ni estudia, y un 2,6% que trabaja y no estudia.

Si tantos números confunden, se simplifica la lectura al decir que más del 30% –casi uno de cada tres adolescentes paranaenses– no puede dedicarse con exclusividad a sus estudios secundarios.

El relevamiento, que en la capital entrerriana estuvo a cargo de los investigadores Silvia Montaño, María Soledad Menghi y César Alberto Sione, remarca que “el trabajo de niños/as y adolescentes influye negativamente en su situación educacional. La falta de tiempo para el estudio y el cansancio con el que concurren a las clases generan un atraso en el ritmo de cursada, que puede culminar en una asistencia con sobre-edad –en años inferiores al correspondiente a su edad–, tanto en el nivel primario y secundario”. 

Asimismo, expone que “la participación temprana de niños y adolescentes en el mercado de trabajo, en conjunción con la exposición a temáticas y problemáticas no propias de su estado de desarrollo madurativo, pueden ocasionar un desinterés en culminar los estudios o una falta de posibilidades debido a la complejidad de compatibilizar los tiempos y espacios de estudio y labor”. 

Ambas situaciones, sobre-edad en la cursada y no asistencia a establecimientos educativos, constituyen un déficit escolar: en el caso de los niños de 6 a 12 años, se aprecia un sistema educativo más eficiente en la protección ante esa realidad. En tanto, el déficit educativo asociado al trabajo es más marcado entre los adolescentes –de 14 a 17 años–, en edad de cursar los estudios secundarios, que en los niños. Esto ocurrió en el marco del aumento de la incidencia del subempleo inestable en la población general y de la necesidad de incrementar los ingresos de los hogares para hacer frente al aumento del costo de vida. Este escenario generó una tendencia de mayor participación laboral de los adolescentes y, posiblemente, una intensificación de la jornada laboral que incrementaron el déficit educativo. 

En ese sentido, cumplir con las obligaciones de las actividades domésticas intensivas –como cuidar hermanitos en la casa, (limpiar, lavar, planchar, hacer la comida, hacer compras, mandados, buscar leña) suele afectar los procesos de formación y socialización de los niños y adolescentes. Para estos, en muchos casos, la lógica organizativa del hogar hace prevalecer las tareas domésticas sobre la metódica asistencia a los establecimientos educativos. Se observa que los niños/as y adolescentes que las realizan no asisten o asisten con sobre-edad en mayor proporción que el resto. 

Como una mejora en esa realidad, se observó que en comparación al medido período anterior –entre 2010 y 2011–, se aprecia una disminución del déficit educacional en los niños/as y adolescentes que realizaron actividad doméstica intensiva. “Esto una posible consecuencia de la mayor eficiencia de las políticas sociales que exigen contraprestación de asistencia escolar en este grupo que en los niños/as y adolescentes que trabajaron”.

Finalmente, la reflexión particular del trabajo infantil y su impacto en la educación, contemplado en una investigación más amplia que abarcó el sondeo del Barómetro de la Deuda Social en Paraná, resume que el trabajo infantil en actividades económicas y domésticas intensivas continúa siendo parte de estrategias familiares constreñidas a la situación desfavorable de los hogares más pobres que aún perduran en nuestra ciudad, estrategias de sobrevivencia que son respuestas culturales frente a situaciones de pobreza y marginación estructural. Además, reproducen la fragmentación y discriminación por sexo observada en otros ámbitos de la sociedad: la dedicación a actividades domésticas intensivas es marcadamente mayor entre las niñas y adolescentes mujeres que entre los niños y adolescentes varones. Los adolescentes varones por su parte son los que más ingresan al mercado de trabajo precarizado e ilegal desde lo que postula la legislación referente a la prohibición del trabajo infantil. Por otra parte, la pertenencia a hogares de estrato socioeconómico bajo, el residir en villas o asentamientos precarios, la desocupación o baja calidad en el empleo del jefe de hogar, el núcleo conyugal incompleto en el hogar, la endeble situación de las familias que reciben ayuda por medio de un plan social o las que la necesitan y no la reciben se constituyen en factores asociados a una mayor participación de niños/as y adolescentes en el trabajo y en la realización de actividades económicas y/o domésticas intensivas que los alejan de la asistencia escolar o retrasan sus estudios limitando las posibilidades de movilidad social ascendente y les restan tiempo para sus juegos y actividades de dispersión y recreación.

Reflexión

En el marco de una entrevista con UNO, la Técnica Silvia Montaño situó al nuevo panorama del trabajo infantil –que dejó de ser ese aprendizaje con la familia– a partir del cambio de producción industrial y de globalización, en el que empresas y sectores productivos incorporan a los niños como mano de obra, que está invisibilizada, ilegal y muy barata. “En el caso de Paraná, mayoritariamente los niños se concentran en las huertas, en construcción y en la mendicidad. Nuestra ciudad está afectada por la cercanía con Santa Fe y muchos niños fueron tratados bajo esa forma de explotación; se trasladaban en transporte, para la mendicidad o para la venta ambulatoria.  En Santa Fe hubo momentos que se decidió que eso no se podía hacer allá y entonces se trasladaron acá; esto además genera tráfico de niños.

–Es una situación preocupante, porque pese a leves variaciones, no se observan muchos cambios.
–Hay cambios, pero los niños los vemos en las calles. También tenemos explotación sexual infantil, fundamentalmente niñas. Lo podemos ver, más allá de la edad que ellas puedan denunciar.

–Me comentó acerca de la experiencia de Barriletes, como un ejemplo concreto para combatir esa situación.
–En la crisis de 2001 es cuando Barriletes se inicia, alertados por la situación de niñez de calle fundamentalmente, y se buscó una alternativa para que estos niños no estén mendigando; la mendicidad puede iniciarse a una hora y terminar por la noche, con riesgos para el niño. Entonces fue una alternativa para que el niño esté algunas horas vendiendo la revista, y pudiera incorporarse a la escuela, porque esos niños abandonaban la escuela, o se dormían, o directamente se ausentaba porque no se podían levantar. La premisa fue la escuela y la organización con la herramienta de la revista. Pero se buscaba ubicar la familia de estos niños, para hacer un trabajo directo con la familia y que sea la familia la que pueda vender la revista y el niño vuelva a su entorno familiar, a sus actividades naturales y a su escuela. Esa fue la experiencia de Barriletes en Paraná y se llegó a mucha gente del cordón de la ciudad: en un momento llegamos a tener 4.600 números en la calle, y alrededor de 700 familias alcanzadas en forma directa. 

–La realidad económica, la perpetuidad de formas precarias de trabajo, consolidó comportamientos sociales que incluyen al niño como un recurso para sustentar a la familia.
–Los cambios económicos provocan pérdida de poder adquisitivo o mucha gente en la pobreza, y hace que la estrategia del hogar sea incorporar a los niños como otro sostén. Por eso también los niños tienen y llevan con orgullo ese aporte que llevan a los hogares, porque no solo les da un lugar social, en el cual se pueden vincular a través del trabajo, sino además aportan a sus familias. En la calle, están en riesgo a muchas otras cosas como la droga, la explotación sexual, están expuestos permanentemente. Se deben reincorporar inmediatamente hacia la escuela, porque sino, su etapa madurativa va directamente hacia el trabajo. Un niño pasa de vivir en la escuela y jugar, a que el recurso del trabajo lo identifica como tal, como persona, como parte de su hogar, del barrio. Por eso Organización Internacional del Trabajo (OIT) alertó y fuimos hacia la prohibición del trabajo de los niños, porque en verdad los efectos de crisis económicas en la niñez han producido muchos daños, además de la exclusión y de la pobreza: no les ha permitido estudiar, no les ha permitido poder siquiera terminar la secundaria, menos aún un nivel superior, impensable para ellos; produce jóvenes en el mercado laboral en situaciones precarias y volvemos a reproducir el ciclo.

–Se trata de un problema estructural, que incluso resulta difícil de abordar por su penetración cultural. No bastan solo los controles.
–Controles debe haber porque los niños están muy expuestos a este maltrato. Deben hacerse en las fábricas, porque al mercado no le importa, no son personas, sino son los producientes haciendo producción.

Pero fundamentalmente, tiene que ver con la precarización laboral. La precarización laboral produce estos temas de explotación; si tengo un trabajo precarizado gano menos que otro que está blanqueado. Y si soy mujer peor, porque gano menos que el que está precarizado y blanqueado. O sea que a su vez, la mujer si es sostén de hogar tiene otra dificultad, ya que aún gana menos.

El tema cultural se transforma por este hecho que el niño trabajando, llevando un ingreso a la casa, lo posiciona culturalmente en otro lugar, y esto lo enorgullece, lo pone en una visión hacia los demás, que si no es de esta manera el niño pasa a ser nadie, puede que coma, que alguien lo cuide, o está en la nada. Tenemos muchos niños que están en la nada, que no trabajan ni estudian, no están incorporados en ningún lado. Es decir, su abordaje tiene que estar acompañado por un control fuerte, por campañas y por un cambio del concepto de trabajo, porque seguimos teniendo el imaginario que el trabajo tiene que ser un asalariado. No, tenemos muchas otras alternativas de trabajo para fortalecer y ver cómo se trabajan, para que efectivamente el trabajo dignifique a todos, al que pueda y quiera vivir solo, al que tenga que solventar una familia, o una familia amplia, a quien sea más humilde o a un profesional. Y para mejorar, la educación es un pilar; por eso hay que reincorporar a los chicos en la escuela, e incentivándolos para que puedan recibirse. Cuando estos niños se incorporan al ámbito laboral, socialmente estamos diciendo nuevamente a los más humildes, que están en un eslabón de cadena productiva, que no van a poder superar la pobreza o su situación económica, y tener otro nivel de vida, su casa, irse de vacaciones. Nunca van a salir del trabajo no calificado.

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Datos

* Un 15,6% de los niños y adolescentes entre 6 y 17 años realizaron trabajos durante el bienio 2013-2014, superando el 12,7% detectado en los años 2010-2011.
* El problema se profundiza en la adolescencia: un 22,4% se desempeña en actividades económicas –la anterior medición fue de 13%–, y un 4,3% en trabajo doméstico intensivo –antes fue de 3,9%–.
* En la comparación, la inasistencia escolar bajó entre los que trabajan: de 11,6% en 2010-2011 a 6,6% en 2013-2014. Pero creció considerablemente el rezago educativo: pasó de 12,8% a 33,4%.
* En el universo de adolescentes entre 14 y 17 años, el 69,1% solo estudia; el 21,4% trabaja y estudia; el 6,9% no trabaja ni estudia; y el 2,6% trabaja y no estudia.

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Normativas sobre derechos del niño

En las últimas décadas, diversas acciones normativas de la Argentina intentaron mitigar el trabajo infantil: la ratificación de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1990 y su introducción en la Constitución Nacional de 1994, la ratificación de convenios de la Organización Internacional del Trabajo: Convenio N° 138 sobre la edad mínima (mediante Ley 24.650 en 1996) y Convenio N° 182 sobre las peores formas de trabajo infantil (mediante Ley 25.255 en 2001), la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes en 2005 (instaurando un Sistema de Protección Integral, una Secretaría Nacional, un Consejo Federal y la figura de Defensor de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes). Recientemente, en 2008, se sancionaron la Ley 26.364 (referida a la trata de personas que involucra una de las peores formas de trabajo infantil) y la Ley 26.390 (que estableció elevar en 2010 la edad mínima de ingreso al empleo a los 16 años de edad). 

A partir de 2009 y expandiendo el existente Plan Familias, se implementó la Asignación Universal por Hijo, cuya transferencia de ingresos condicionada hace potencialmente viable una disminución de la participación de niños y adolescentes en las actividades laborales; un aumento de la asistencia de niños/as y adolescentes en el sistema educativo; y un incremento de los ingresos familiares.

A pesar de esos esfuerzos, el trabajo infantil continúa siendo una problemática preocupante en la ciudad y en el país.

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