La Provincia
Domingo 08 de Mayo de 2016

Sagrado Corazón: el hogar donde los curas pasan sus últimos años

Funciona en Italia 450 en Paraná, a cargo de las hermanas Siervas de la Divina Providencia. En la actualidad viven nueve sacerdotes ancianos o que necesitan algún cuidado. Allí también se recupera monseñor Karlic, tras su operación

Vanesa Erbes / De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar


Optaron por resignar el hecho de casarse y formar una familia. Siguiendo su vocación, se ordenaron como sacerdotes y entregaron su vida a la Iglesia Católica. En cada misa brindaron sus palabras de aliento a quienes más lo necesitaban, consolaron a los afligidos, compartieron algún consejo reconfortante con quien atravesaba alguna adversidad, celebraron numerosos matrimonios de parejas a lo largo de sus vidas y bautizaron cientos de hijos ajenos, entre tantas acciones de bien que esta elección de vida supone.

Los años fueron pasando y se transformaron en décadas. El tiempo pintó canas en sus cabellos, dejó marcas en la piel de sus rostros y en muchos casos hasta se apoderó de la memoria de alguno. Y mientras cuantiosas personas tienen hijos que se ocupen de ellas en la vejez, los curas están excluidos de esa posibilidad. Sin embargo, lejos de transitar sus días en soledad, en Paraná cuentan con un lugar para pasar sus últimos años, compartiendo su cotidianidad con sus pares, acompañados y cuidados. Se trata de la Residencia Sacerdotal Sagrado Corazón, situada en calle Italia 450, en la capital provincial.

Una de las personas que se ocupa del bienestar de los padres de edad avanzada es la hermana Graciela. La religiosa de 35 años, oriunda de Hasenkamp, pertenece a la congregación de las Hermanas Siervas de la Divina Providencia, cuyo carisma es la atención de personas con discapacidad y de sacerdotes ancianos o enfermos. “La Residencia se creó hace siete años y alberga a los sacerdotes ancianos o no ancianos pero que requieren de algún cuidado especial. Estamos con ellos, los acompañamos con mucha caridad. Ellos hicieron tanto bien, dedicaron su vida al Iglesia, y por eso ahora la Iglesia se ocupa también de ellos”, contó a UNO.

Amorosa y paciente, la religiosa que está pendiente de los nueve curas que actualmente viven en el lugar, da cuenta de la necesidad que a veces tienen de sentirse acompañados. “En ocasiones preguntan por aquellas personas a las que casaron, bautizaron o con las que compartieron algún momento trascendente de sus vidas. A veces hay momentos complicados y estamos al lado de ellos; pero en general viven con mucho gozo este proceso de pasar sus días acá”, contó la hermana Graciela. 

En el hogar hay una cocinera y un enfermero que se ocupan de los residentes. Cada uno tiene su habitación calefaccionada con baño privado, en un inmueble que cuenta también con un patio y un hermoso jardín. La rutina diaria es variada. Al respecto, la religiosa relató: “Depende de cada uno, de la capacidad y de la fuerza en ese momento de su vida. Algunos se levantan a las 5 de la mañana y otros son más remolones y hay que recordarles que se tienen que levantar, lo hacen máximo a las 9”. 

El desayuno es libre y cada uno lo toma en el horario que prefiere. Después realizan diferentes actividades: algunos salen y hacen compras, otros tienen sesión con el kinesiólogo, y otros reciben gente para la confesión o para charlar. Al mediodía se juntan a almorzar y compartir alguna charla previa a la siesta. A la tarde nuevamente las actividades son diversas, pero en la rutina cotidiana los controles médicos son una constante. A las 19 celebran la eucaristía, a cargo de alguno de ellos, y a las 19 cenan, rezan, escuchan radio, miran televisión o leen. 

Cuando algunos de los residentes cumple años y es el aniversario de su ordenación sacerdotal, suelen celebrarlo, al igual que a las fiestas de Navidad y Pascua. 

Acerca de la experiencia de acompañar a los sacerdotes en esta etapa de sus vidas, la hermana Graciela señaló: “Para mí es una experiencia sumamente enriquecedora. Estuve al principio, luego me fui y volví hace dos años y medio. Me siento un poco como la madre de ellos. Estoy en los detalles, corro de aquí para allá”

“Estoy muy contenta. Esta experiencia me enriquece mucho también como religiosa; recordarles que son sacerdotes, recorrer juntos este camino en las oraciones y el seguimiento a Jesús, con el mismo entusiasmo en mí que soy joven y en ellos a su edad, renueva continuamente mi vocación”, dijo a modo de conclusión.

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Una vida plena en comunidad 

En el hogar Sagrado Corazón residen seis sacerdotes de la Arquidiócesis de Paraná. Son los padres Diego Armelín, Julio Puga Ramírez, Ángel Riedel, José Decuyper, Silverio Cena y Raúl Molaro. También vive en el lugar el padre Ricardo Allende, de la Arquidiócesis de Lomas de Zamora; el padre Isidro Gallicet, de Gualeguaychú, y el religioso Oscar Carricaru. Además, en la actualidad se encuentra allí, en rehabilitación después de su operación, el cardenal Estanislao Karlic.

En los momentos en que comparten el mate o alguna charla, las bromas proliferan. “Cuántos siglos sumaríamos si sumamos las edades de los que estamos acá”, dijo entre risas uno de ellos, mientras pasaban un rato en el patio, disfrutando del sol que ayer bendijo a Paraná.

“El padre Molaro es una persona muy importante”, señaló con simpatía otro de los curas, y el padre Molaro –de 81 años– entre risas, respondió: “Lo que pasa es que soy el que mejor está”.

El buen humor da cuenta del bienestar de la comunidad, que la hermana Graciela se encarga de fomentar. “Hay una gran preocupación de su parte por que los sacerdotes no estemos siempre entre cuatro paredes. Ella organiza paseos y salidas recreativas, como a la pileta de natación en la casa de Paracao en verano, o al Predelta, a la escuela Almafuerte, a Villa Urquiza, o a otras parroquias que nos invitan a pasar el día con un rico y suculento asado. También algunos sacerdotes, en un acto de caridad y fraternidad sacerdotal, han traído asado para compartir aquí en la casa y agradecemos ese gesto fraternal”, comentó a UNO el padre Molaro.

Asimismo, señaló: “La Arquidiócesis de Paraná debe dar gracias a Dios y a las hermanas de la congregación Siervas de la Divina Providencia, que son transparentes del amor maternal de la Iglesia y como ‘ángeles de la guarda’, velan, cuidan y atienden con amor y sacrificio a los sacerdotes ancianos y enfermos; personas que han desgastado su vida y sus fuerzas en el servicio y tareas pastorales durante muchos años, y que hoy experimentan el cuidado de nuestro Padre Dios a través de esta comunidad. Esta obra de misericordia muestra alas claras que los sacerdotes ancianos o enfermos no quedan abandonados a las buenas de Dios”.

Por último, expresó: “Es importante también que los fieles no se olviden de sus sacerdotes y los acompañen en sus oraciones, realizando visitas o haciendo llegar mercaderías para el mantenimiento de la casa”.

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