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Domingo 04 de Enero de 2015

Robo de las manos de Perón: el testimonio de la última víctima

Maximiliano Guaita es el hijo de la pareja del primer juez que investigó el caso. Tras décadas del atentado, cuenta por primera vez las persecuciones

Cuando en 1987 profanaron la tumba de Juan Domingo Perón y le cortaron las manos a su cadáver, la investigación recayó en el juez Jaime Far Suau. Las amenazas, los atentados, la guerra de espionaje en torno a la causa empujaron al juez lentamente al borde de la desesperación.

Far Suau era un magistrado de la vieja escuela, acostumbrado a simples causas penales y de pronto se encontró en el centro de un infierno alimentado por los oscuros personajes de los servicios de inteligencia de la dictadura. Durante 17 meses frenéticos, Far Suau corrió sin éxito detrás de las pistas falsas que arrojaban en su camino.

Eran los años más turbulentos del gobierno de Raúl Alfonsín, cuando los grupos de ultraderecha se habían reciclado en bandas privadas que promovían secuestros de empresarios, colocaban bombas y promovían constantes amenazas para derribar el sistema político y volver el tiempo atrás.

Fueron también los meses en que el matrimonio del juez entró en crisis. Far Suau se separó de su esposa y retomó el romance con Susana Guaita, quien había sido una novia de juventud. Ella tenía tres
hijos. El menor era Maximiliano, de cuatro años. En noviembre de 1988, Far Suau decidió tomarse un descanso y viajar a Bariloche. Se subió a su Ford y pasó a buscar a Susana Guaita y a su pequeño hijo. Tras los dos años más dramáticos de su vida, el juez disfrutó unos días de calma en medio de la tormenta.

Al regresar, cuando atravesaba la ruta a la altura de Bahía Blanca, el auto volcó. Los cuerpos de Far Suau, Susana Guaita y Maximiliano salieron disparados por los vidrios. El vehículo se prendió fuego. El cadáver del juez fue encontrado a veinte metros del Ford, con el cráneo partido. Susana y Maximiliano estaban vivos pero gravemente heridos. Una ambulancia los llevó a ambos a un hospital de Bahía Blanca. Susana murió a las siete y media de la tarde. El chico fue el único sobreviviente. Durante tres décadas se guardó para su intimidad los recuerdos de aquellos días de locura que lo cambiaron para siempre. Ahora vive con su mujer y sus hijos en Villa La Angostura. Y cree que llegó el momento de contar su historia.

—¿Cuáles son los recuerdos más viejos que tenés del tiempo compartido con tu mamá y el juez?
—Recuerdo, por ejemplo, el día en que llegábamos a casa, en Moreno, y yo tenía la sensación de que iba a pasar algo malo. Los chicos tienen la percepción más a flor de piel, me parece. Era de noche. Y de pronto se escucharon unos tiroteos, hubo corridas, veía a los custodios del juez que bajaban y subían las escaleras, mi hermano gritando, mi hermana llorando y yo, que era un chiquito, asustado. Me pasó una bala por al lado de la oreja. Yo tenía cuatro años. Recuerdo que Teresita, que era la niñera, me escondió en el baño de la cocina y nos quedamos ahí esperando que todo pasara. Todavía hoy, cuando lo cuento, se me pone la piel de gallina y tiemblo.

—¿Eso ocurría en la quinta que tenían en Moreno?
—Sí. Ahí quisieron matar a Jaime, que era la pareja de mi mamá. El juez vivía en la Capital Federal pero pasaba la mayor parte del tiempo con nosotros en Moreno, en la calle Martín Fierro al 400. Ahí empezó a ocurrir todo, porque cuando estuvo con mi mamá, Jaime se encontraba en plena investigación por el robo de las manos de Perón.

—¿Y qué supiste? ¿Quiénes disparaban?
—Recuerdo que la puerta de la casa estaba abierta, había sido forzada. Estaban esperándonos. Fue un instante. Empezaron los tiros en la entrada. Y mi hermano me agarró y me hizo entrar por la puerta de atrás.

—¿Qué recordás del juez?
—Estaba siempre a las corridas. Lo custodiaban policías permanentemente. Me acuerdo de un Ford Falcon que pasaba a cada rato por delante de la casa. Llamaban a la casa para amenazarlo de muerte.

—¿Y del día de su muerte?
—Me acuerdo que veníamos por la ruta. Yo iba atrás. Adelante iban Jaime y mi mamá. Ella me estaba cantando para que me duerma. Y al instante en que me dormí se puso todo negro. Escuché una explosión. No sé cómo explicarlo. Como si explotara un calefón en tu casa. Y ahí no recuerdo nada más hasta que desperté en la clínica de Bahía Blanca.

—Es importante tu recuerdo de la explosión, porque la Justicia en su momento descartó el atentado y lo consideró un accidente, a pesar de las pistas que indicaban que las ruedas del automóvil habían sido alteradas para que reventaran.
—Sí, yo escuché una explosión.

—Hubo quienes dijeron que habían cargado con gas los neumáticos.
—Sí, está comprobado. Cuando crecí, me puse a investigar, a revisar cómo fueron las cosas, leí el libro de ustedes. El tanque de combustible lo encontraron intacto. El auto había volcado. Jaime y mi mamá murieron. Yo me salvé pero nadie me nombra.

—¿Qué sentís tanto tiempo después?
—No me quiero vengar de nadie. Pero se siente mucha impotencia y bronca. Yo no debería estar así. A mí me mataron a mi mamá. Quedé traumado. Todavía ahora tengo pesadillas. Me siento mal y me la agarro con mi mujer y mis hijos.

—Para vos, la muerte del juez y de tu mamá fue producto de un atentado. No te quedan dudas.
—Ninguna duda. En absoluto. ¿Qué accidente? ¿Gas en las cubiertas? Y toda la mafia que se movía detrás del robo de las manos de Perón. Jaime era una persona que sabía demasiado y lo querían hacer boleta. Yo era un chico. No tenía nada que ver pero pagué los platos rotos con mi vida.

—Vos te despertaste en un hospital de Bahía Blanca. ¿Y qué ocurrió después?
—Mucha gente que me vio en el hospital y que veo ahora en Villa La Angostura me dice: “No puedo creer que estés vivo”. Estuve internado varios meses. No me podían mover. Me quedaron las dos rodillas para afuera. Los médicos me dicen que es por el tiempo que pasé acostado. La verdad es que estoy vivo de milagro. Durante mucho tiempo fui al psiquiatra. Pegaba fotos de mi mamá por todos lados. A mí me decían que estaba enterrada. Pero yo la buscaba. Prendía velas. Pedía por favor que volviera.

—¿Por qué decidiste que ahora querías hacer pública tu historia?
—Porque leo en internet sobre Far Suau, sobre nosotros, y veo un montón de mentiras. Cosas que nunca pasaron. Mucha manipulación. Para empezar, que digan que mi mamá murió en un accidente. Me da bronca. Mis hijos no tienen a su abuela. Casi no me quedaron fotos porque entraron y revolvieron todo.

—¿Violentaron la casa de tu mamá?
—Sí, varias veces. Se llevaron todo. Y eso que el juez había decidido abandonar la investigación antes del viaje porque no daba más. Nos dejaban amenazas en el buzón.

—¿Eso pasó incluso después de la muerte del juez?
—Después de eso, mi hermano se quiso poner a investigar. Y empezó a recibir amenazas. Mi familia le pidió que dejara todo porque si no nos iban a matar a todos. Hoy no quiere ni hablar del tema.

—¿Quiénes creés que estaban detrás de todo esto?
—Creo que fue una gran mafia. Inteligencia militar. Licio Gelli. Los servicios. Yo no sé por qué se lo hicieron a Perón. Pero sé que a quienes les pagaron por hacer volar el auto fueron y lo hicieron. Y yo lo pagué.

—¿Por qué le escribiste una carta a Cristina Kirchner?
—Para que se entere de todo esto. Y para ver si tiene el corazón para darme la mano que me hubiera dado mi mamá si estuviera conmigo.

Fuente: Perfil

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