La Provincia
Domingo 19 de Julio de 2015

Recuperar la amistad en la era de la acumulación de “me gusta”

Frente a la conexión virtual permanente, una especialista dijo que la clave es volver a encontrarse cara a cara

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO 
pfelizia@uno.com.ar


Un grupo de jóvenes estaba reunido en la Peatonal, todos juntos y cada tres segundos, al menos uno de ellos chequeaba el celular. Metros más adelante, había dos mujeres sentadas en un banco y la más joven hablaba con su amiga mientras miraba la pantalla táctil. En un bar a media cuadra, cuatro hombres adultos tomaban un café sentados alrededor de la misma mesa y cada tanto quedaban en silencio con la mirada perdida en sus propias realidades virtuales. En la era de la tecnología, en la carrera por la acumulación de “me gusta”, de contactos, de seguidores, de clicks, quizás es el momento de volver a mirarse cara a cara y animarse al reencuentro. 

Tampoco es para prenderle velas a Neil Armstrong, pero ese hombre puso un pie en la Luna un 20 de julio de 1969 y desde ahí festejamos el Día del Amigo; hay más comentarios que documentos donde se testifica que fue un argentino el que propuso la fecha y hoy puede ser una buena excusa para volver a ponerle un valor, un sentido, a esas relaciones con otras personas que necesitamos para sobrevivir en este mundo.  

Por supuesto que las redes sociales también permiten que una persona entre en contacto con otra, inicie una relación que incluso puede ser duradera en el tiempo. Sin embargo y ante el advenimiento de los celulares modernos, en 2007, un australiano inventó la palabra phubbing y se refiere al acto en donde una persona ignora su entorno por concentrarse en su tecnología móvil. En su barata etimología, se trata de la unión de dos palabras: phone (teléfono) y snubbing (despreciar) que en nuestra vida cotidiana es no prestarle atención a quien tenemos enfrente por mandar un mensaje de whatsapp, publicar una foto con el menú del bar donde vamos a comer o comentar la imagen que una persona publicó en la red mientras estamos con otros reunidos junto a cientos de actitudes similares.

Rosana Borini es licenciada en Psicología, es de Paraná y al momento realiza una maestría. Consultada por UNO, definió: “La amistad es una construcción que se da a través de un proceso de conocimiento. No se puede querer a un amigo si no se lo conoce”. Borini habló de la necesidad de dedicarle tiempo, de entender las relaciones como algo que no se da de un momento a otro y todas esas cosas que son ciertas, que creemos saberlas, pero que a veces no integramos cuando suena el celular. 

“No es lo mismo hablar de la amistad en otros tiempos a la conceptualización que hoy puede haber. Eso cambió en función  de las relaciones vinculares y no estamos ajenos a eso como sujetos históricos”, explicó.

Sostuvo que la amistad no surge de manera mágica y por eso también es importante cuidarla. 

“Entre los cambios, ‘lo nuevo’ son amistades que se forman a través de las redes sociales en donde una persona puede tener cientos de amigos que se dan a partir de un click. En realidad es un simulacro, a un amigo se lo conoce a partir de una relación que se establece en forma directa”.

Borini habló de la importancia de los gestos, de las entonaciones, de acciones que aparecen implícitas y que son necesarias para poder conocerse y que van junto con compartir momentos de la vida. “En las redes todo eso está ausente”, afirmó.

Por momentos parece obvio que la acumulación de “me gusta” no hace a la amistad, pero otra vez nos encontramos ahí, metidos en la cuenta.  Aunque parezca redundante no se habla aquí de lo interesante que es volver a encontrar en facebook a los amigos de la Primaria, saber en qué anda el vecino que se fue a vivir a otro país, leer noticias, utilizar plataformas para realizar una queja entre otros aspectos positivos. Hubo marchas de los indignados europeos de cientos de miles, convocados solo a través de Internet. Lo que aquí aborda es otra cosa. 

En su explicación, Borini mencionó un artículo de Enrique Pichon-Rivière y de Ana Quiroga sobre la psicología de la vida cotidiana donde dan cuenta que la moda es algo que se impone y que marca un status  ante la sociedad. Si bien el texto tiene más de 40 años, Borini lo integró a la actualidad y sostuvo: “No es lo mismo que alguien tenga 10 seguidores o 20.000. Pero no son amigos, amigo es alguien con quien uno comparte y se identifica, con quien se tienen metas, placeres y disgustos, críticas y autocríticas. La clave es entender que no hay amistad verdadera sin una construcción”.

A la hora del encuentro, cuando cada uno está sumergido en su celular, no puede mirarse a los ojos, decirle al otro que lo quiere, que hay algo que no le gusta, darle un abrazo.

“Quien está en un lugar abstracto e irreal, no existe. No es pasado de moda plantear que hay que volver a encontrarse”, definió.

Hay bares que ganaron popularidad por promocionar sus menús sin wi-fi, por ofrecer la posibilidad de dejar los celulares en una caja y por tener descuentos para quienes hablan solo con los que están en la misma mesa. Ya aparecerán mañana los mensajes genéricos de aquellos desconocidos que reivindicarán, resolutos en las redes, el poder constructivo de una verdadera amistad.

Aprender a dirimir conflictos a pelotazos

Fue una tarde de hace por lo menos 25 años. Los hermanos Santiago y Diego había construido con alambres una gomera algo débil. A la vuelta de su casa, vivían unos muchachones que no superaban los 13 años, ya fumaban y no nos dejaban jugar a la pelota. Nosotros teníamos no más de 6 años y dirimimos el conflicto a piedrazos: la actitud bélica fue la única forma que encontramos, el artilugio a la que nos había obligado por la negativa de dejarnos patear un rato en el único lugar posible, dentro del perímetro en que nuestros padres nos dejaban mover. 

El más grande de los nuestros fue el único en acertar en la rodilla de uno de ellos; el chico sangró y se puso a llorar; ya no lo dejaron salir a jugar y le tuvimos que pedir perdón. 

Pero tiempo después, ellos, los otros, los malos, los grandes, querían revancha y poner en juego la autoridad de la cuadra. Acordamos que un sábado a la mañana jugaríamos un partido de fútbol a muerte. Nosotros nos preparamos, entrenamos en el patio de mi casa con una pelota de plástico. Ese día, el crucial, el de la revancha, ellos, los otros, los malos, no se presentaron. Entonces pensamos que no se habían animado a las atajadas de Diego, a las gambetas de Santiago, a mis tristes y toscos pases al pie. A lo mejor se habían olvidado, no le habían dado a la contienda deportiva la importancia que para nosotros tenía, mucho más sana incluso de tirarse piedras en las rodillas. Sin embargo y ante su ausencia el día acordado, festejamos la victoria, nos hicimos de la cuadra y ellos, los otros, los malos, nunca más nos molestaron. 

Días atrás encontré una fotografía de aquellos años, había una torta y se veían seis o siete velas pequeñas sobre ella. En la imagen aparecemos los tres y hoy, a la distancia, me resulta impensado haber podido salir de mi casa, caminar un par de cuadras con esa edad y emprender un combate cuerpo a cuerpo e intentado otro pelota a pelota. A pesar de eso, creo que ahí, en esos días y por alguna razón no me olvido, le puse un sentido a la amistad. 

El fin de la historia es simple: los padres de ellos se mudaron, nunca más los vi y no recuerdo sus apellidos como para buscarlos por facebook. Solo me queda esa foto algo fuera de foco y con poca luz. Lo cierto es que los verdaderos amigos, los que perduran con el paso del tiempo, llegaron en la edad de la Secundaria y hasta el día de hoy, los de siempre nos juntamos cada tanto; si bien alguno ya opina sobre la educación o la crianza de sus hijos, aún nos reímos las mismas cosas.

No puedo imaginarme cómo hubiera sido la infancia sin la calle, esa arena donde se batían ciertos valores, donde uno se hacía fuerte, el exacto lugar donde se gana la certeza de la pertenencia. Hay días en que pienso que frente a la amistad, hay otros que pretenden que ese lugar de lucha y contradicciones se transforme en una computadora, en la posibilidad de compartir un juego simulado en una pantalla y donde los muchachones de la esquina pocas veces diriman un conflicto a pelotazos. Hay días en que uno se siente un poco antiguo, algo viejo y me puedo equivocar, pero tengo la sensación de que el sonido que se escucha cuando ingresa un mensaje, no tiene nada que ver con el timbrazo sin aviso de un amigo que llega a casa para ir a jugar.

Pablo Felizia

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