A Fondo
Jueves 09 de Abril de 2015

Recordando al cura que misionaba en parapente

Vanesa Erbes  / De la Redacción de UNO
verbes@uno.com.ar

 


Viajar me sublima. Es la mejor forma de aprender cosas nuevas; de abrir la mente; de contactarse con la cultura, la historia y las tradiciones de un lugar.


Hace pocos días volví de Salta. Fui por primera vez a esa tierra a la que llegan colectivos llenos de todas partes del país para venerar a la Virgen del Cerro; donde son famosas las peñas y los paisajes exaltan una inmensidad y una belleza inusitadas, entre valles, cuestas y caminos que se abren paso entre las imponentes quebradas.


Con un slogan certero, la llaman “Salta, la linda”. Pero más allá de los prodigiosos atractivos que emergen a lo largo del horizonte en esta región del noroeste argentino, existen historias particulares que quedan tan marcadas en la memoria colectiva de un lugar y de su gente, que no se las puede eludir de los relatos cotidianos. Así fue que conocí la conmovedora y atípica biografía del padre Chifri. Se llamaba Sigfrido Maximiliano Moroder y llegó a los 34 años a Rosario de Lerma, un poblado situado a solo 29 kilómetros de Salta, ya ordenado sacerdote y dispuesto a misionar en aquellos parajes que se por momentos se tornaban inhóspitos, sobre todo en las cruentas noches frías de los cerros situados a casi 5.000 metros de altura sobre el nivel del mar, donde la temperatura que abrasada en los mediodías podía descender hasta 25° bajo cero.


Allí descubrió a los habitantes del lugar, muchas veces postergados, con una economía precaria basada en la subsistencia. En su momento contó que gran parte de los lugareños se alimentaban de verduras y frutas que cultivaban y de ovejas y cabras que criaban. Para revertir esta cuestión instaló invernaderos, creó comedores escolares, fomentó la producción de artesanías entre quienes residían dispersos entre los cerros e impulsó ferias en la capital salteña para que pudieran vender sus obras y obtener alguna ganancia. Muchos de ellos nunca habían estado en la ciudad, y tampoco en su vida habían visto un automóvil ni un billete.


Sus colaboradores recuerdan que el padre Chifri consiguió que le donaran un viejo colectivo, al que pintó de colores y bautizó “el colectivo de los sueños”, con el que recorrió las escuelas cada uno de los 27 parajes y 21 escuelas rurales de la Quebrada del Toro, llevando juegos didácticos para los chicos.


Allí fue que advirtió el desarraigo de los jóvenes de la zona, que al no tener dónde continuar sus estudios secundarios debían trasladarse a las urbanizaciones cercanas, insertándose en contextos totalmente diferentes y en ocasiones disímiles. Se propuso crear una escuela de nivel Medio y lo logró: este año egresa la primera promoción de 36 alumnos del Colegio Secundario Albergue de Montaña El Alfarcito.


Con su obra, intentó llegar a todos los hogares de los poblados aledaños realizando una intensa labor social y predicando la palabra de Dios, a través de caminatas que le llevaban hasta 12 horas. Sin embargo, halló un modo de traslado más veloz: había aprendido a volar en parapente y unió esta disciplina con su labor misionera, trasladándose más rápido y llegando a más lugares.


No obstante, en 2007 sufrió un accidente, al quedar atrapado en un remolino de viento y precipitarse al suelo desde una altura de 40 metros. El impacto lo dejó en silla de ruedas. Con fe y una gran fuerza de voluntad logró desplazarse con bastones, para continuar levantando una enorme obra religiosa y social, por la que recibió el premio Bandera Solidaria en 2010. Dejó su conmovedor testimonio en el libro Después del abismo, donde cuenta su vida y también narra las la peripecias de un sistema de salud transformado en un negocio y rozando lo inhumano en su proceso de recuperación.


Falleció de un infarto en noviembre de 2011, a los 46 años. Su muerte fue sorpresiva y llenó de tristeza no solo a la gente de Salta, sino de otros lados del país que conocieron se tarea.


En la actualidad su obra continúa a través de la Fundación El Alfarcito. Afortunadamente las buenas acciones se multiplican y la semilla que sembró echó fuertes raíces. Un ejemplo de vida que se contrapone a las miserias y mezquindades cotidianas de tantos que no conocen el placer de dar y de brindarse al prójimo a través de acciones solidarias en procura de una vida más digna.

 

 

Comentarios