A Fondo
Domingo 12 de Julio de 2015

Rebeldía papal

Carlos Damonte/ Jefe de Redacción de UNO
cdamonte@uno.com.ar


Crecí teniéndole miedo a Dios. Habrá sido culpa del catequista que me lo inculcó, mi abuelo que aborrecía toda persona que llevara sotana, uniforme o simpatice con Perón; mi viejo que ignoraba a la Iglesia por completo o monseñor Tortolo que gobernaba la provincia en mis tiempos de adolescente. No lo sé. Pudo ser alguno de ellos o un combinado. Lo cierto es que nunca presté mayor atención a lo que digan papas, obispos o monseñores; más bien tenían mi atención en función de sus actos y sus posiciones políticas. La relación de la Iglesia con el Estado es el único asunto que realmente me cautivó, desde lo personal primero y laboral después. Y a los curas con compromiso social los asumí protagonistas de su propia historia antes que parte de una institución abocada a combatir la desigualdad.
Así fueron las cosas hasta que Jorge Bergoglio agarró la manija del Vaticano y expresó rebeldía. Empezó a decir cosas que me sonaron cercanas a los intereses de la gente. Hasta él, incluso con Juan Pablo II, sentí que solo se ocupaban por cuidar posiciones de poder (¡y combatir al comunismo!). Pero Bergoglio, ya ungido Papa, se mostró amable con las vivencias de las parejas divorciadas; al uso del profiláctico para preservar la salud y no procrear como conejos. Hace política de manera transparente; condena y quita protección a sus empleados procesados por delitos tan variados como el desfalco y el abuso sexual. También avisa que cuando se quede sin fuerza dará un paso al costado, que no permanecerá hasta su último suspiro para ser instrumento de otros. Es más, hasta dejó de hablar de la homosexualidad como el hecho maldito.
En un par de años este hombre le cambió la cara al poder del clero. Exageran quienes deslizan que revolucionó, reformó o aplican cualquier otro término para describir la gestión de Francisco. Acercó su discurso a las vivencias de millones de personas. Al mí me basta con saber que el dirigente argentino con más poder en el mundo tiene la voluntad de escuchar más allá de las opiniones de su personal, que por cierto es numeroso e influyente.
Por esas cosas de la vida tuve la oportunidad verlo de cerca ya con la opinión que ahora expreso consolidada. Confieso que me conmovió su esfuerzo por acercar el Vaticano a las personas, un poco más allá de los actos de fe como sucesos abstractos. Y lamenté que no haya sido Papa cuando yo tenía 15 años. Quizá entonces los catequistas hubieran sido menos ortodoxos, mi abuelo no los hubiera aborrecido tanto, mi viejo se sentiría más cerca de la Iglesia y Tortolo jamás habría sido cura. Pero el pasado, pisado. Hoy es tiempo de Bergoglio y lo que hace a mí me resulta suficiente, por ahora. Dios quiera que vengan más como él.     

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