La Provincia
Lunes 10 de Agosto de 2015

Queda un escenario abierto en medio de la pobreza dirigencial

El Frente Para la Victoria termina luciendo más sólido en lo provincial que en lo nacional

Antonio Tardelli / Especial para UNO
editor@uno.com.ar


Los argentinos se fueron a dormir anoche, primero, con información insuficiente; y, segundo, con la sensación de que nada está absolutamente definido. En el juego de las jurisdicciones, el Frente Para la Victoria (FPV) termina luciendo más consolidado en lo provincial que en lo nacional. Y con interrogantes muy serios en Paraná.

La holgura que alcanzó la victoria del peronismo kirchnerista en Entre Ríos expresa la noticia más importante que dejaron los comicios de ayer. Su ventaja nacional no es definitiva y en la ciudad capital, Paraná, la presidenta Municipal Blanca Osuna se verá forzada a desandar caminos si quiere, soldando el frente interno, aspirar seriamente a su reelección.

Pero en una contienda tan particular, con numerosas variables a atender, el resultado será en buena medida objeto de disputa en su interpretación.

¿Qué fue exactamente lo que ocurrió? Sería una gran cosa saberlo.

¿Son los guarismos electorales de la víspera la primera manifestación de un cuadro de situación que, según comprobaremos a finales de noviembre, desde el principio no tenía sino un resultado posible?

¿O son, en todo caso, el primer momento de una dinámica que desata procesos de trayectoria imprevisible?

Es que, en todo caso, el sistema de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (concebido para airear las estructuras partidarias y desnaturalizado en tanto no pudo reanimarlas sino más bien todo lo contrario) prometía fundamentalmente eso: ordenar el panorama, medir fuerzas y construir un escenario desde el cual el futuro se proyecte.

Saber si la jornada de ayer clausura un proceso o en cambio abre un juego nuevo sería conocer de antemano quién gobernará la Argentina en diciembre de 2015. Y acaso, también, quién se impondrá en los niveles subnacionales.

Como fuere, la idea de que todo se define en noviembre, y recién en noviembre, o sea en la segunda vuelta que el oficialismo procura evitar, da cuenta de un escenario abierto que preanuncia, desde mañana, un ciclo de 100 días de alta incertidumbre. Naturalmente, tener presidente en octubre –o tenerlo a Scioli en octubre consagrado como presidente– aclararía el cuadro de situación y calmaría las ansiedades, pero a la vez clausuraría gran parte de las expectativas de cambio.

La otra hipótesis, la de que las internas abiertas son el primer paso de un proceso a descubrir, es más acorde con la dinámica inherente a la política, donde los panoramas cambien inesperadamente o como producto de un acto tan relevante como las elecciones generales.

En ese contexto, en virtud de las victorias obtenidas por Daniel Scioli en el plano nacional y por Gustavo Bordet en el distrito entrerriano, cabe preguntarse por la especificidad de Paraná. 

¿Qué cosa ha sucedido en la ciudad capital como para que, al menos en cierto sentido, se desprendiera de la tendencia general? El oficialismo gana en la suma de sus diferentes candidatos a intendente pero el radical Sergio Varisco, de Cambiemos, resultó individualmente el más votado.

Es evidente que la imagen de la intendenta Osuna, dañada tras tres años y medio de gestión, afectó el desempeño electoral del FPV. Su caso es curioso: una sensación de disconformidad se esparce en torno de su desempeño. Pero esa no es la caracterización que, en general, efectúa la dirigencia. Por el contrario, los juicios que desde el mundo político se formulan sobre su tarea transitan, sin escalas, desde la censura total a la aprobación acrítica.

En el primer caso se subrayan las falencias en muchos de los servicios que debe prestar el municipio; en cambio, los exégetas de Osuna, al tiempo que hablan de su meritorio enfrentamiento con el sindicato municipal, destacan el nivel de inversiones realizadas (en buena medida atribuido a sus fluidos contactos con la Casa Rosada). Pero lo notable es que no hay términos medios.

Porque en la comparación con sus antecesores Osuna no resulta particularmente desfavorecida, durante las últimas semanas, cuando las encuestas ratificaron la preocupación del peronismo oficialista por su suerte, se barajaron diferentes explicaciones. En tiempo de discordias fuertes, las coincidencias son notables aún entre quienes defienden la acción de gobierno: el estilo de conducción de la Presidenta Municipal no coopera con las chances del oficialismo. 

Sus críticos –todos, pero fundamentalmente los despechados que, siendo kirchneristas, no gozaron del privilegio de la boleta única– hicieron a la vez un particular hincapié en el carácter no amigable de la gestión. Hablaron menos de política que de empatías personales. Los adversarios internos de Osuna prometieron generar con los vecinos un vínculo más amigable. Era un modo de plantear, delicadamente, un reproche a los actuales habitantes del Palacio Municipal.

Los guarismos de ayer, con sus efectos generales e internos, inauguran un espacio infrecuente. Unos y otros, kirchneristas y opositores, saben desde ayer que Varisco (tal vez el más peronista de los radicales de esta zona) saldrá a tentar peronistas mal predispuestos con la intendente. 

Esos peronistas, que representan un aporte clave para la futura suerte de la intendenta, que anoche mismo desde el Hotel Marán les envió un guiño, serán ahora objeto de intentos varios de seducción. Varisco podrá pescar algo ahí pero es consciente en que, para competir al efecto con la administración municipal, se halla en desventaja en materia de todos los recursos posibles.

Por lo demás, como un homenaje a la coherencia, la jornada electoral finalizó con un velo informativo que durante horas mantuvo en ascuas a la ciudadanía interesada: por espacio de mucho tiempo fue imposible hallar una sola agencia estatal que le informara al pueblo de la Nación (y de la provincia) acerca de en qué modo se había materializado el pronunciamiento popular.

Pero la desinformación no era problema de todos. No todos los ciudadanos la padecieron en igual medida. La desinformación mayoritaria era una cara de la moneda; la otra, una dirigencia que al mismo tiempo celebraba, lamentaba o analizaba los guarismos de los que, ella sí, disponía. Algunos al tanto; otros a oscuras. Algunos sabiendo; otros ignorando. Algunos controlando; otros siendo controlados.

Se sabe bien: la información es poder. Los políticos argentinos manejaron ayer la información como manejan casi todos los recursos de poder. En vez de distribuirla, la centralizaron. En vez de compartirla, se la guardaron, al menos por un buen rato.

En ese aspecto también se verificó la existencia de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Pero la democracia, esa que se presume celebramos ayer, es otra cosa.

Todo ello, incluida la necesidad de la esperanza, ese motor intuitivo que empuja hacia adelante, se diluye cuando se advierte que el futuro, aún cuando pueda estar generando las condiciones para una cultura política diferente, más dialoguista y menos confrontativa, tiene como protagonistas a dirigentes de una envergadura personal extremadamente limitada.

Los pobres discursos pronunciados anoche por los presidenciales con más posibilidades, sobre todo los de Scioli y Mauricio Macri, son bien demostrativas de la degradación de una dirigencia que, decadente, con escasa formación, limitada hasta en el lenguaje, se apresta a gobernar, en los próximos años, la suerte de los sufrientes argentinos. 

 

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