Patronato
Miércoles 23 de Noviembre de 2016

Que vuelva la familia y se vayan los barras

La primera vez que fui a la cancha de Patronato tenía 13 años. Le pedí permiso a mis viejos para ir y, para mi sorpresa, me dejaron. Me tomé el 9 desde San Agustín, me bajé por la zona de la nueva terminal de ómnibus y desde allí a "pata" hasta el Grella. Fue en un partido con Gimnasia de Concepción del Uruguay, que si la memoria no me juega una mala pasada terminó 1 a 1. Dos cosas rescato de esa tarde-noche. La primera haber mirado varias veces a la tribuna de calle Grella (estaba en la platea) y ver una cantidad de público que me asombró. La segunda fue que a pocos minutos para el final se largó un aguacero pocas veces visto. Eran otras épocas. Días de la familia en la cancha, de partidos ante rivales desconocidos como Ñuñorco de Tucumán por ejemplo. Claro que ni por asomo se pensaba en vivir el venturoso presente que el Rojinegro atraviesa en la actualidad. Era un sueño inalcanzable para los hinchas. Con el tiempo, en menor medida seguí yendo a la cancha. Hoy con 39 años y por cuestiones laborales se hace más complicado.

Hay mucha gente que también dejó de ir. Pero por otras razones. Con Patronato en el fútbol grande el movimiento que hay en el club es diferente. De un tiempo a esta parte se han vivido situaciones que pensábamos lejanas. Hablar de una balacera alrededor de la cancha era una cuestión de clubes "porteños". Lamentablemente esos "vicios" ya están instalados en la capital provincial. Quizás por esto también no va la gente a la cancha. El paranaense es resultadista. De eso no hay dudas. Seguramente en los próximos años habrá más hinchas genuinos si el Santo sigue en Primera División. Es todo un proceso que lleva su tiempo. Para todos esto es nuevo. Por eso hay que aprender sobre la marcha. Y seguramente los dirigentes de Patronato también lo están haciendo. Se manejan otros intereses y hay mucho dinero de por medio. A esto los llamados "barras" lo saben y por eso cobraron un protagonismo peligroso en los últimos años. Claro está que lo hicieron con el guiño de algunos directivos que le permitieron ganar un espacio que no les pertenece. Simplemente por el hecho de manejarse como delincuentes. Porque eso son.

Ahí estuvo el error. De a poco ganaron su lugar y ahora resulta muy complicado correrlos. Se naturalizaron dentro del club y hasta los propios jugadores fueron responsables de eso. El lunes, en el partido ante San Martín de San Juan no estuvieron en la cancha. ¿Se los extrañó? Para nada. Algún desubicado puede que lo haya hecho, pero ese lugar vacío en la tribuna de calle Grella debe ser de la familia. De los que se alejaron por cuestiones que nada tienen que ver con el fútbol.

Celebro si la dirigencia que ahora encabeza Miguel Hollman se plantó en pie de guerra contra los barras. Hasta ahora parece que lo hace en forma silenciosa, y si la jugada le sale bien me parece perfecto. También espero que encuentren el apoyo necesario si la mano se pone brava. En los negocios de estos personajes puede haber varios involucrados y habrá que ver hasta dónde llegan. Por eso, espero que la familia vuelva a la cancha y que se vayan los barras.

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