A Fondo
Lunes 14 de Marzo de 2016

Que se joda por puta

Paula Eder/De la Redacción de UNO
Cuando iba a la Primaria había un nene que me hacía la vida imposible. Una mañana me puso el pie mientras caminaba y me hizo caer; me levanté, me sacudí las rodillas y me froté rápido, rápido para que me doliera menos, pero dos minutos después lo volvió a hacer, y esta vez no se hizo el distraído, sino que se burló de mi: “está duro el piso?”. Me morí de furia. En ese entonces aguantarse el llanto era lo más heroico que se conocía en materia de supervivencia en el patio de la escuela, sin embargo esa vez fui un paso más allá: me levanté del piso, apreté el puño, cerré los ojos como si algo estuviera por explotar, y tiré una piña. Le dí en la nariz, le saqué sangre. Me sentí la dueña del pabellón. El silencio después del clac de la nariz puso todo en cámara lenta. Un instante después, noté un círculo a mi alrededor, y vi a mis amigas alejándose de mí. Me miraban raro y murmuraban que yo era una machona, y una peleadora. 
Después, tener que explicar la historia una y otra vez; a la maestra, a la directora, y a las otras nenas, para que quisieran ser mis amigas de nuevo. Tener que pedirle perdón a ese hijo de puta con la sangre ya seca en el guardapolvo. A él le habían dicho mil veces “los varones no lloran” y ahí estaba, con la cara roja y lleno de mocos, sentado en la Dirección y esperando que lo buscara su mamá. Más tarde la maestra me dijo, impostando complicidad, que ese nene violento y abusivo, me peleaba porque gustaba de mí. Mirá vos, Susana. Para darles el gusto, pedí perdón y prometí no volver a pegarle a nadie, es decir: el conflicto terminó justo cuando aseguré no volver a correrme de mi lugar de nena. Durante algún tiempo, el episodio me dio cierta fama. Los varones me buscaban para hacerme enojar, y mis amigas se escondían, para que yo no las metiera en problemas. Una muestra hiperconcentrada del mundo espantoso que me esperaba puertas afuera. 
El machismo no es cosa de hombres. La cultura del macho ha sido institucionalizada por madres y maestras empecinadas en inculcar aquella desigual forma de llevar la vida, donde el varón es más varón si es bruto y la mujer es más mujer si es sumisa y en tanto pueda transformar la ira y la impotencia en un poema de ocho versos.
Si bien las estructuras han cambiado en pos de derribar algunos convencionalismos que amenazan la igualdad de género, sorprende cómo en la sociedad moderna son en su mayoría mujeres quienes siguen reproduciendo prácticas machistas y dañinas, sin reparar en la gravedad de sus manifestaciones, sin reparar en la cantidad de años que retroceden en una frase, replicando así esos modelos de dominación que cargamos de generaciones pasadas.
En la semana de la mujer, una modelo sufrió la viralización de algunas fotos que tomó en su intimidad. El presunto destinatario original de las imágenes se habría encargado de hacer circular esas imágenes y curiosamente -o no tanto- la llamada “opinión pública” puso en el banquillo de los acusados a la modelo. Así, repitiendo un ritual que ya nos resulta familiar, la modelo paseó por los estudios de televisión para dar las embarazosas explicaciones del caso a decenas de panelistas sin el secundario completo.
Que no debiera haberse sacado esas fotos, que no debiera haberlas enviado y que se joda por puta. Los comentarios de las mujeres, suelen ser tanto o más agresivos que los de los hombres. Pero ellas son las otras víctimas del patriarcado, víctimas alienadas por la educación recibida, colaboracionistas y cómplices de un comportamiento que debiera erradicarse y que por el contrario, parece tener la capacidad de metamorfosearse y camuflarse, pero nunca desaparece. Es necesario entender que la lucha feminista también es aliarse con las demás y hacerla propia, es romper el círculo alrededor de la víctima es la materia pendiente. 

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