A Fondo
Martes 05 de Enero de 2016

Pudimos ser nosotros

Por Paula Eder | peder@unoentrerios

Fue cuando Bersuit Vergarabat dejaba de ser grito a puño cerrado en las calles y comenzaba a ser pasito bolichero. A eso de las 4 siempre sonaba “La danza de los muertos pobres”, y entonces -sin entender la ironía del caso- aprovechábamos a sacar el último bollito de federales para comprar una cerveza entre dos o tres. A mí ni siquiera me gustaba la cerveza, pero no alcanzaba para mucho más. En ese sentido, el bolichito de calle Angel Donado era un aliado: la entrada salía 1 peso, y aceptaban la cuasimoneda de mil amores. 

El que avisa no traiciona (tanto). El boliche se llamaba Laberinto y sus mentores no conocían de metáforas. Se entraba en fila india por una escalera / túnel por la que no volvería a pasar sin -al menos- 0,50 de clonazepam en sangre. Adentro, un serpentario de metal se encargaba de conectar los entrepisos. Angostas, movedizas, las escaleras parecían construidas con pinzas de prender ruleros; esa estructura, novedosa por los interminables desniveles y recovecos no aptos para claustrofóbicos, se promocionaba como la atracción principal del antro. 

Algunas paredes estaban cubiertas por un material amarillo y esponjoso que parecía acompañar la pretendida estética futurista del edificio. En realidad, se trataba de espuma de poliuretano expandido, un material extremadamente inflamable y tóxico; que además aislaba los ambientes del sonido, exactamente lo que se necesitaba para poder multiplicar pistas arriba, abajo y a los costados. Así que además de tener escaleras de hojalata, el local tenía veneno en las paredes. ¿Ventilaciones? tantas como los títulos que acumula Arruabarrena como DT: 0.

Ninguna salida de emergencia visible y un sólo balcón diminuto en alguno de los pisos. Hay versiones encontradas acerca de su habilitación, pero en un punto todos coinciden: el lugar fue una verdadera trampa mortal.


Después vino Cromañón. Un día antes de terminar el 2004 alguien metió 4000 personas en un lugar habilitado para 1500 y encadenó las salidas de emergencia para que ningún pillo entrara sin pagar. De ese laberinto, 194 pibes no zafaron. Después del humo, la muerte, el horror, sí, comenzó la ola de controles. A principios de 2005, de los 14 locales bailables que existían en Paraná, sólo 9 quedaron habilitados; 4 con trámites de habilitación y 1 clausurado: Laberinto.
Ese 31 de diciembre las cámaras de TV se apostaron en la puerta de los hospitales donde padres y madres esperaban abrazados las listas fatídicas. Todavía me acuerdo de los gritos mientras iban pasando los nombres. Micaela, Camila, Julián, Lucas, uno atrás de otro, los nombres sonaban a pibes de mi edad, y estaban muertos. Recién ahí entendí lo solos que habíamos estado siempre, y lo vulnerables. 
A muchos nos costó sacarnos esa sensación de la cabeza y entrar a espacios cerrados sin perder de vista la puerta de salida. Después llegó Budha, y el espacio abierto ayudaba a despejar los fantasmas de la muerte que sobrevolaban los boliches de la época. 
Hay una generación le debe la vida a los chicos de Cromañón y es por eso que resulta necesario dejar de llamar “tragedia” a una masacre que tiene responsables con nombre y apellido, responsables de la negligencia, la desidia y los vicios corruptores de un Estado que estuvo ausente y que sigue estándolo. Según publicó Página 12, en estos 11 once años 43 personas que habían logrado sobrevivir perdieron la vida; 17 de ellos se suicidaron y 26 murieron a causa de enfermedades oncológicas.
Callejeros adentro o afuera, la otra discusión es de qué forma el estado garantizará una mejor calidad de vida a los sobrevivientes de la masacre para que el contador se deje de mover.-

"Un verdadero Laberinto"
En enero de 2010 el edificio se prendió fuego. Adentro, las tres personas que habían tomado el edificio abandonado, estuvieron cerca de morir asfixiadas. Tres dotaciones de Bomberos Zapadores y otras tantas de Voluntarios trabajaron intensamente hasta poder ingresar a sofocar las llamas.  “Pudimos subir y sofocar el fuego que era bastante grande, pero el lugar es verdaderamente un laberinto", graficó Jorge Vallejos, entonces titular de Bomberos Voluntarios. 


 

Comentarios