La Provincia
Lunes 07 de Diciembre de 2015

Proponen una reforma bio-agraria para salvar al puma y al aguará guazú cuidando al humano

Descubriendo Entre Ríos. Constatación de los daños que produce un sistema de acaparamiento de retazos  del planeta en suelos feraces del Litoral, y de la necesidad de emancipación de las familias hacinadas en los barrios

Tirso Fiorotto / De la Redacción de UNO
tfiorotto@uno.com.ar


Por años pensamos, entre ecologistas, que debíamos proteger a la naturaleza para garantizar la subsistencia del humano. ¡Error!

El humano se salva si se pone a la par. Juntos a la par, como canta Pappo. ¿De qué se trata, sino de salvarnos de nosotros mismos?

Hoy veremos entonces una vía complementaria: asegurar el arraigo de las mujeres y los hombres para que el gran capital no arrase con la biodiversidad.

El puma y el aguará guazú necesitan vastas extensiones para sus carreras, que incluyen alimentación, juegos, reproducción, vista a la distancia. Y en este siglo fueron empujados al destierro en Entre Ríos, como tantos humanos. (Vale recordar que ninguna provincia argentina expulsa a sus hijos como la nuestra, y si decimos hijos, decimos pumas, aguarás, humanos, aves, peces).

No es fatalidad

Lo que pasa no es una fatalidad. Los panzaverdes podrían poseer cada uno una hectárea para cultivar, vivir e interactuar en la naturaleza sin quitar a nadie lo que le corresponde, y preservando el vuelo de una mariposa, el silencio de una siesta con el arrullo de las palomas.

Poseer una hectárea no significa propiedad absoluta ni individualismo ni minifundio. Hay mil maneras de interactuar con la naturaleza y cultivar alimentos sanos en comunidad y con eficacia. Tampoco significa hacer a un lado el monte, todo lo contrario.

Hoy nuestra región autónoma mal llamada provincia tiene unos pocos miles de hectáreas en reservas naturales en El Palmar, los humedales de Diamante, etc. Bellos lugares pero reducidos y dispersos, de manera que un guazuncho de aquí no le ve la cara a una compañera de allá, y eso impedirá la continuidad de la especie, dicen los biólogos; cuestión de tiempo nomás: están condenados.

Con otra atención sobre el humano, miles de especie hallarán alternativas.

La semana pasada murió en San Diego, California, una de las últimas tres hembras de rinoceronte blanco en el planeta. Los biólogos consideran que esa especie ya está extinta, porque dos hembras y un macho protegidos en Kenya no garantizan la supervivencia. Tremenda noticia: asistimos al funeral de estos hermanos, y lo decimos con enorme pesar.

Corredores verdes

Con muchas especies pasa lo mismo, ¿por qué seguir haciendo la vista gorda?

En Entre Ríos las cuencas pueden convertirse en reservas. Para ello hay que recuperar corredores verdes sin obstáculos artificiales, desde las nacientes de los arroyos y ríos hasta sus desembocaduras. Lo dicen los biólogos, de ahí lo aprendimos. Entonces la aguará popé de Gualeguay estará en contacto con su compañero de Federación; Entre Ríos, Corrientes y Misiones volverán a su unidad. Eso será sustentable, y nuestros nietos podrán conversar con una mariposa.

Allí regresará el puma, allí volverán por sus fueros el aguará guazú y el cardenal amarillo.

El cambio de concepto es imprescindible para la subsistencia del humano, pero no lo decimos por eso: las demás especies vegetales y animales tienen derechos propios, como la Pachamama, fuera de la mayor o menor “utilidad”.

¿Podemos cambiar? ¡Claro que podemos, y debemos! ¿Y quién lo impide?
 
Campesinos

Aquí vamos a demostrar que los entrerrianos podemos vivir sin apretarnos, trabajar en armonía, arraigar sin peligro de expulsión; y que el territorio podría albergar a diez poblaciones como la actual conservando la biodiversidad mejor que hoy.

El régimen sólo permite pocos habitantes, y a la vez destruye la naturaleza de manera feroz. Si resumiéramos en una jornada lo que hemos matado en cincuenta años, entonces tomaríamos conciencia de nuestra responsabilidad ante el mundo, nuestro despiadado ataque a la vida.

Todo se hará más doloroso al advertir que hicimos guerra a los habitantes del suelo (y al suelo mismo) para no vivir siquiera aquí. Una suerte de hideputez que no es colectiva porque la mayoría ignora las causas de la trampa y la trampa misma.

A los números

Si Entre Ríos tiene 7,8 millones de hectáreas y deja 3 millones para reservas en las cuencas, los montes, el humedal, quedarán 4,8 millones hectáreas donde vivir. Por supuesto, interactuando con el monte, el río, los peces.

Se imponen, claro, amplias superficies libres de humanos, considerando los riesgos de supervivencia de algunas especies en cercanía con la nuestra. “El hombre, de una mirada,/ todo ha de verlo al momento:/ el primer conocimiento/ es conocer cuándo enfada”, dice Martín Fierro. Nosotros agregaremos conocer cuándo sobra, saber dónde estamos nosotros mismos molestando.

Y bien: 3 millones para reservas (200 veces más que las actuales), y 4,8 millones para vivir y producir alimentos sanos. ¿Cuál es el problema?

Si los entrerrianos somos 1,2 millones, en 1,2 millones de hectáreas nos queda una hectárea para cada uno. Una familia del barrio Humito con 8 hijos tendrá sus diez hectáreas (diez manzanas), una por cada integrante de la familia. (Depende de suelo, clima, rubro, gustos, pero estamos haciendo una cuenta sencilla para no extendernos).

Va de suyo que se trata de organizaciones comunitarias, cooperativas, donde prevalece la solidaridad, el intercambio, la complementariedad, como en los ayllu.

En comunidad podríamos aprovechar servicios, herramientas, casas, vías de comunicación y comercio, intercambio de cultura y alimentos, en sintonía con esa vida comunitaria que se desarrolló aquí durante 12.500 años, mientras que el individualismo capitalista cumplirá 500 años en 2016, y sus resultados están a la vista.

Una ha per cápita

Luego de las 3 millones de ha para reservas y las 1,2 millones para todos los panzaverdes sin excepción, con amplio despliegue de las técnicas de la agroecología y los principios de la soberanía alimentaria, la austeridad y diversidad de energías limpias, nos quedarán todavía 3,6 millones de ha. (3 + 1,2+ 3,6= 7,8).

Es decir: todos con espacio, biodiversidad garantizada, chau hacinamiento, y aún quedarían 3,6 millones de ha.

Recordemos que en la actualidad subsisten unas 20.000 explotaciones agropecuarias en Entre Ríos. Para el régimen de hoy, muchas de ellas son “chicas” (lo que el régimen llama “minifundio”), y supuestamente no alcanzan para el auto sustento. (Sabemos, en cambio, que depende de varios factores).

Para el mundo en armonía del vivir bien (sumak kawsay) muchas explotaciones son en verdad muy grandes y esa acumulación de propiedades sí que nos avergüenza ante el planeta. Las estancias de 5 mil, 20 mil o 50 mil hectáreas en Entre Ríos son una estafa. No por los propietarios, que aceptan invertir en este régimen, sino por el régimen mismo.

La concentración de la propiedad y el uso de la tierra, y sus efectos, fueron denunciados aquí durante siglos, de modo que no estamos diciendo nada nuevo. Sólo vemos las consecuencias actuales de un antiguo mal, y acusamos a las autoridades porque ante la evidencia, y las muchas voces de alerta, continúan un régimen que lleva a millones a un estado de hacinamiento y servidumbre, es decir, hace de los ciudadanos objetos de descarte, privados incluso de trabajo digno y paz.

20.000 explotaciones

Entonces tomemos 2 de esos 3,6 millones de hectáreas para garantizar las 20.000 explotaciones que ya tenemos. Así, entre 1,2 millones de entrerrianos que ya tendrían parcelas comunitarias donde interactuar con la naturaleza (1 ha per cápita) y producir alimentos, 20.000 de esas familias añadirían otras 100 hectáreas cada una para cumplir con una producción en otra escala. Y siempre, claro, con organización comunitaria (es decir: diez familias podrían acceder a mil hectáreas compartidas para hacer, por caso, maíz).

Advertimos aquí, para quienes nos acusen de alimentar utopías, que sólo en una línea aérea que sirve principalmente a Buenos Aires el estado invierte 2 millones de dólares por día, con lo cual podría comprarse un millón y medio de hectáreas en diez años para una revolución. Y si se destinaran los pagos anuales de deuda fraudulenta por una década, alcanzaría para redistribuir, con otro criterio, un territorio tan extenso como tres Entre Ríos.

Debemos erradicar de nuestra conciencia la idea de que el suelo puede ser una mercancía; o el concepto naturalizado de que una familia puede acumular cinco, diez y hasta mil unidades productivas. Ahí está la fuente de muchos males, y la principal razón del desarraigo y el destierro y el hacinamiento que enferman al país y que nos avergüenzan ante la humanidad.

Extirparnos también la tan colonial noción de que sin organismos genéticamente modificados y sin riego de sustancias tóxicas vamos a hambrear al mundo, una mentira. Las chacras de la agricultura orgánica, de rubros alternados y reciclado de nutrientes son mucho más sanas y productivas en cantidad y calidad que el modelo a escala impuesto, y como si fuera poco dan un lugar al ser humano y pueden evitar riesgos de malformaciones en los embriones.

En esas 20.000 explotaciones que suman 2 millones de hectáreas, y en las otras centenares de miles integradas en red que suman otros 1,2 millones de hectáreas, todas complementarias; es decir, en esas 3,2 millones de hectáreas podrán producirse aves, granos, verduras, frutas, leche, hortalizas, todas las carnes, pequeñas industrias, y habrá lugar para todo tipo de organizaciones relacionadas con la vida social, económica, industrial, educativa, deportiva, aprovechando que estamos en un suelo feraz con un clima inmejorable y con un envidiable avenamiento de ríos, arroyos y acuíferos. Y allí volverá el humano a amar su entorno, no como algo ajeno sino como su complemento. Allí nos reencontraremos con la Pachamama, con nosotros mismos, base insustituible para la emancipación.

De papa y choclo

De las 260 razas de maíz producimos unas pocas, y transgénicas. De las 100 variedades de papas, pocas, y vienen de afuera. Si agregamos esa diversidad a las miles de especies y variedades que hoy el mercado mezquina, y los frutos silvestres que la cultura europeizada nos escondió, podremos ver la inconmensurable potencialidad de nuestro territorio.

Los imperios lo saben mejor que nosotros y le echaron el ojo hace rato. Por eso han proclamado a nuestro suelo zona de sacrificio, cancha libre para sus negocios y proyectos colonizadores imperiales, donde el humano sobra.

Cuando decimos imperios decimos países imperiales en sociedad con la alta burguesía metropolitana, en la que abrevan partidos mayoritarios de gobierno y oposición.

El paraíso

Los entrerrianos son desterrados o condenados a vivir hacinados en ciudades insufribles, con las enfermedades propias del hacinamiento, que son mortales.

Nos referimos a salud física, drogas, inseguridad, violencia, accidentes, depresión, que están a la vista; y también a una sinergia de males que destruye las comunidades.

Eso pasa desde hace décadas.

Pero volvamos al hilo: todos los panzaverdes con una hectárea cada uno, del bebé al anciano, sin distinción, y además la misma cantidad de explotaciones que contamos hoy. De modo que muchos tendrán una superficie considerable, y siempre garantizando, las 3 millones de ha para el monte y los humedales y toda la vida que se desarrolla allí. Digamos: un verdadero paraíso. (Hay áreas de reserva con producción que no estamos considerando para simplificar).

Hemos señalado en otras notas la necesidad de una nueva libertad de vientres, para aliviar a los recién nacidos de la mochila del hacinamiento.

El caso es que aún así estará “sobrando” 1 millón y medio de hectáreas. Eso permitiría duplicar la población actual, y garantizar 1 hectárea a cada uno. ¿Nos explicamos?

Es decir, estaríamos garantizando las 20.000 explotaciones actuales, más una hectárea para cada individuo de casi el doble de la población actual, y aún así estaríamos cuidando 3 millones de hectárea de reservas cuando hoy El Palmar tiene 8.000 hectáreas, por decir un ejemplo.

Soberanía particular

Esa superficie permitirá que muchos entrerrianos expulsados puedan volver. Lo mismo sus hijos, sus nietos, con lo cual ayudaremos a descomprimir ciudades hermanas (Buenos Aires, el Conurbano, Rosario, por caso), enfermas de macrocefalia, donde viven hoy hacinados, y reconoceremos en la práctica un derecho. Es decir, colaboraremos con los hermanos de al lado que hoy se muestran colapsados.

Hilando fino se nos preguntará, ¿si todo es para la naturaleza y la producción, dónde irán las casas? Intercaladas en todos lados, claro. Pero además, Entre Ríos no tiene 7,8 millones de hectáreas sino 7,87, de modo que aún nos quedan miles de hectáreas para agregar con caminos, plazas, viviendas, lugares para el arte y la recreación, en fin.

En esa vida de trabajo en la naturaleza, en ese tekohá (como dice el guaraní) estará el fundamento de la “soberanía particular de los pueblos” que proclamó José Artigas; el federalismo desde el pie, que decimos.

En resumen: si los humanos nos cuidamos, si nos curamos de la enfermedad de la acumulación y nos extirpamos la idea de que alguien puede adueñarse de un retazo del planeta, entonces la naturaleza se emancipará de nosotros y volverá la armonía ¿no?

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